Por Glen Rodrigo Magaña / HOMO ESPACIOS
La dirección de arte en un filme logra que la locación actúe como el protagonista geográfico: brinda la narrativa romántica de un atardecer o el frenesí de la vida nocturna, convirtiéndose en un narrador sensorial según la emoción que se busque proyectar. Sin embargo, no existe lente alguno que logre superar la experiencia de vivir esos escenarios con nuestros propios pasos. Así que dejamos las butacas para adentrarnos en cinco destinos que, además de servir como telón de fondo para obras galardonadas por la Academia, brillan por su cultura, sus sabores y una hospitalidad de película.

El Padrino (1972, Estados Unidos). El encanto rústico del Mediterráneo siciliano
“Te haré una oferta que no podrás rechazar…”
Considerada entre las cinco mejores películas de todos los tiempos y galardonada con el Premio Oscar a “Mejor Película” en 1973, esta obra nos transporta a Savoca y Taormina en la Sicilia italiana. Francis Ford Coppola eligió estos poblados porque parecían haberse detenido en el tiempo, poseedores de la textura rústica y el entorno rural necesarios para retratar el exilio de Michael Corleone.
Sicilia, conocida como un santuario del buen vivir, muestra a su Savoca casi intacta, perfecta para disfrutar de una granita de limón -un refrescante raspado muy tradicional de la isla- en la terraza del Bar Vitelli. Por su parte, su vecina Taormina, suspendida sobre el mar Jónico y con vistas al volcán Etna, invita al slow food a través de la degustación de auténticos cannoli rellenos con dulce crema de ricotta, arancini -doradas esferas de arroz empanizadas con corazón de ragú de carne- y pastas con sardinas frescas, perfumadas con hinojo silvestre y piñones, todo ello maridado con los vibrantes vinos volcánicos de la región. Los antiguos monasterios y palacios de la zona se han convertido en hoteles boutique que ofrecen terapias de spa con esencias de cítricos locales, el entorno ideal para dejarse llevar por los sonidos de “Brucia la terra” de Nino Rota.

El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey (2003, Estados Unidos / Nueva Zelanda). Fantasía enarbolada en la Fiordland neozelandesa
“No todos los que deambulan están perdidos…”
Coronada con 11 Premios Oscar, esta cinta, con sus épicos paisajes, nos dirige a Milford Sound, en la Isla Sur de Nueva Zelanda: un capricho geológico de acantilados verticales y cascadas de ensueño, perfecto para los viajeros que buscan reconectar con la naturaleza. La región es pionera en refugios ecológicos de alto lujo, mejor conocidos como luxury lodges. La experiencia culinaria consiste en sentarse frente a la chimenea para degustar un cordero lechal de granja asado lentamente a las hierbas, las famosas ostras frescas de Bluff y las aclamadas copas de Pinot Noir de la región de Central Otago, un tinto elegante de notas afrutadas y terrosas.
Peter Jackson impuso como regla para la realización de esta saga que la Tierra Media debía sentirse como un lugar histórico real, y no como una fantasía literaria, entre fiordos y acantilados.

Ray (2004, Estados Unidos). El ritmo del Barrio Francés de Nueva Orleans
“Escucho de la misma forma en que ustedes ven…”
Biopic del “rey del soul” Ray Charles y ganadora de dos premios Oscar en 2005, esta película fue grabada en gran parte en el Barrio Francés de Nueva Orleans, poseedor de una energía cruda y nostálgica que surge al anochecer. Calles adoquinadas, el neón de los letreros históricos y las fachadas de Frenchmen Street, que datan de mediados del siglo XIX, se combinan con el aroma a especias cajún -una intensa y picante mezcla de pimentón, ajo y pimienta de cayena- y sus beignets -esponjosos buñuelos cuadrados, fritos, cubiertos de azúcar glas y recién horneados-.
La ciudad se distingue por el estruendo festivo de las brass bands improvisando en sus esquinas, iluminado por sus clubes con alma de antaño y el lamento de un saxofón con la cadencia del blues de Luisiana. Todo ello se vive mientras degustas un auténtico cóctel Sazerac -mezcla de whiskey de centeno, absenta y toques amargos- al compás del contrabajo, para finalmente descansar en sus clásicas mansiones criollas.
El director Taylor Hackford necesitaba que la locación reflejara la música de Ray; aunque la historia del músico abarca todo Estados Unidos, Nueva Orleans ofreció la arquitectura sureña perfecta para esta película.

África Mía (1985, Estados Unidos). La sabana infinita de Shaba y Masái Mara en Kenia
“La tierra fue creada redonda para que no podamos ver muy lejos el final del camino…”
La postal de un espectacular atardecer keniano, las tomas aéreas de una nube rosada de flamencos en el lago Nakuru o la visita al barrio de la escritora Karen Blixen, dan muestra de la maestría del director de fotografía David Watkin, quien ganó el Oscar por esta cinta.
La experiencia toma forma en campamentos de safari exclusivos, diseñados con ingeniosas tiendas de lona que cuentan con elegantes camas con dosel, alfombras persas y bañeras de cobre con vistas a las llanuras. Los días transcurren entre expediciones para observar la fauna local y la tradición de brindar con un sundowner, un clásico gin-tonic o cóctel refrescante servido en medio de la sabana salvaje justo al caer el sol, con parrilladas tradicionales y platos de fusión suajili -fragantes guisos que mezclan leche de coco, tamarindo y especias árabes-, mientras un rugido lejano resuena al ritmo de “Flying Over Africa” de John Barry.

Duna (2021, Estados Unidos). Belleza desértica entre arenales rojizos de Wadi Rum en Jordania
“Para entender el desierto, debes caminar con él, no contra él…”
Ganadora de seis premios Oscar, esta cinta utilizó como locación el Valle de la Luna, un desierto que funge como el paraíso para el turismo de asombro y el escenario definitivo para el “glamping”. El destino cuenta con sitios increíbles para hospedarse, destacando sus domos transparentes bajo un manto estelar prístino. Durante el día, la experiencia se corona con un auténtico zarb beduino, un festín de cordero y vegetales marinados con especias orientales, cocinados lentamente en un horno de brasas enterrado bajo la arena del desierto. Los recorridos más icónicos incluyen maravillas como el puente de roca natural Burdah Rock Bridge y el Cañón Khazali, donde las estrechas paredes esconden petroglifos milenarios.
El director Denis Villeneuve pasó semanas estudiando cómo se comportaba el sol en el desierto para programar los rodajes de exteriores únicamente en los momentos en que las sombras captaran el misterio en la lente. El paisaje rocoso de Wadi Rum dictó, literalmente, toda la paleta de colores ocre y gris del filme.
