LOS ÁNGELES, CALIFORNIA.- Se sabe que el único hijo varón de William Shakespeare, Hamnet, nació junto a su hermana gemela Judith en 1585, y que fue enterrado en 1596. Se sabe también que, pocos años después, su padre escribió una de las grandes obras de arte de la historia, Hamlet, y que en esa época los nombres Hamlet y Hamnet eran sinónimos. Ahora, la nueva película de Chloé Zhao sugiere que aquel texto fue vehículo a través del cual el bardo confrontó su propio dolor y ayudó a su esposa Agnes a aliviar el suyo, y mientras lo hace resulta devastadora, demoledora.
La duda que lleva meses planeando sobre ella es si su poderío emocional es complejo y productivo o si, por el contrario, se limita a explotar nuestro pavor colectivo a la muerte para sonsacarnos la lágrima. ¿Podemos confiar en el duelo cuando se nos muestra con la crudeza que Hamnet despliega? Irónicamente, la pregunta está también en el corazón de Hamlet, que habla de venganza pero también de un dolor que lo consume todo y de la incertidumbre sobre cómo se debe vivirse el luto adecuadamente.
El libro de Maggie O’Farrell en el que Hamnet se basa está lleno de pensamiento interior y exuberantes descripciones del mundo físico, y eso convierte a una observadora penetrante de la naturaleza y su conexión con quienes la habitan en una cineasta idónea para la película.
Es cierto que aquí se echa en falta la humildad que su mirada transmitía en The Rider (2017) y Nomadland (2020) dada la tendencia de sus movimientos de cámara y composiciones a llamar la atención sobre sí mismos, pero al mismo tiempo evita trufar la película de indicios solemnes de la futura grandeza de Shakespeare sin dejar por ello de sugerir cómo su vida familiar alimentó su arte, y logra que los discursos de Hamlet resulten reveladores pese a ser algunos de los más manidos de todos los tiempos.
En cuanto irrumpe la tragedia, Hamnet se vuelve más sombría de la mano de sus dos interpretaciones protagonistas, ambas apabullantes aunque no en el mismo grado. Paul Mescal tiene, por primera vez en su carrera, la oportunidad de mostrar toda la amplitud de su registro, de lo seductor a lo resquebrajado, pero es Jessie Buckley quien se apodera de la película, usando el rostro como lienzo sobre el que proyectar primero la ferocidad de la pasión, después el entusiasmo de la maternidad y, por último, el dolor insoportable.
Cierto, Hamnet no escatima primeros planos de los actores mientras lloran, gritan, anhelan y pierden el control intensamente; considerando que hablamos de Shakespeare, eso sí, sería injusto sugerir que cierto histrionismo está fuera de lugar.
Cuando, al final, tanto nosotros como Agnes presenciamos el estreno de Hamlet, sus paralelos con la desolación de la pareja se revelan con mesura, y es entonces cuando Zhao deja claro que el propósito de la película no ha sido simplemente hacernos sufrir, sino meditar sobre la capacidad humana para enfrentarse a la crueldad de la muerte a través del arte, y del amor compartido. El poder de la creación se pone de manifiesto de forma inequívoca, y algo increíblemente privado se hace universal.
AM.MX/fm
