Hacia un nuevo orden mundial y la creación de una religión artificial de la “Nueva Era”

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Por Lizbeth Woolf
CIUDAD DE MÉXICO.- El choque de civilizaciones que Estados Unidos y sus validos están tratando de fabricar como cobertura para una guerra preventiva por petróleo y hegemonía contra Iraq va a dar lugar supuestamente a un triunfo para la construcción nacional democrática, el cambio de régimen y la modernización forzada “a la americana”. No importan las bombas ni los estragos de las sanciones que no se mencionan. Esta será una guerra purificadora cuya meta es derrocar a Sadam y a sus hombres y reemplazarlo con un mapa redibujado de toda la región.
Edward  Said .

El plan establecido por el sionismo a través de la NASA y la ONU, que utiliza tecnología de hologramas para simular una invasión alienígena falsa, falsos milagros religiosos (como el regreso de Jesús) y proyecciones masivas en el cielo para aterrorizar a la gente y establecer un gobierno mundial único (Nuevo Orden Mundial). Destruir todas las religiones e introducir en su lugar una religión artificial de la “Nueva Era”.

La estrategia de desintegración que están  poniendo en práctica Estados Unidos  e Israel  en el Mundo Árabe  se encuentra en una etapa decisiva particularmente en Palestina e Iraq a causa de diversas variables conectadas que se entrelazan y potencian recíprocamente en sus motivaciones  y efectos. La  primera de ellas está relacionada con los intereses del sionismo, las otras están vinculadas, con las necesidades energéticas norteamericanas, la imposición del nuevo orden mundial y la globalización cuyos efectos devastadores arrojan una dramática estadística en ambas sociedades.

En lo que atañe al primer factor, tiene su origen en la percepción del sector más radical de la política israelí  por la cual la seguridad de Israel no puede darse a largo plazo si no se destruye la identidad árabe-islámica regional o si siguen existiendo en la región Estados o entidades árabes relativamente potentes. La seguridad  del Estado sionista requiere la transformación de la identidad civilizacional de la región en una identidad geoestratégica y  económica  medio-oriental, así como la transformación de sus estructuras políticas y sociales en un mosaico localista y dividido en estaduelos subordinados. Por ello, la seguridad del Estado sionista a largo plazo requiere la puesta en práctica de un proyecto de disgregación con el objeto de crear un vacío regional que permita a la entidad sionista jugar en el terreno político, económico, cultural, y de la seguridad el papel de poder regional.

El plan sionista de desintegración se enmarca en el proyecto de globalización neoliberal, cuyos límites vienen impuestos por las multinacionales y las instituciones internacionales, caso del Banco Mundial o el FMI , la OMC  y los medios de comunicación. El establecimiento de este nuevo orden regional pasa por la extinción de la identidad civilizacional de la región y la transformación de identidad árabe en una identidad medio oriental , como habíamos señalado en el párrafo anterior y,  por la destrucción de los grandes estados árabes del entorno con el objetivo  de  eliminar los obstáculos existentes en la zona para el logro de sus intereses, siendo indudablemente Egipto, Siria, Arabia Saudita, por ser los países que dirigen la toma de decisiones a nivel árabe desde la segunda guerra del Golfo.

El mapa del “nuevo orden regional”, que se pretende imponer, es un viejo trazado norteamericano-sionista, cuya existencia se puede verificar en varios documentos de los departamentos de estado  norteamericano e israelí. . El subsecretario de defensa de EEUU,  Paul Wolfowitz y el resto de los halcones de la guerra están sin duda en deuda con el historiador de Princeton, Bernard Lewis quien  no solo ha proporcionado una justificación histórica para la “guerra contra el terrorismo” de Washington, sino que ha emergido como el principal ideólogo para la recolonización del mundo árabe a través de la guerra contra Iraq.

La obra de Lewis, especialmente su libro What Went Wrong: Western Impact and Middle Eastern Response, ha sido la principal fuente de lo que es prácticamente un manifiesto para quienes abogan por la intervención militar de EEUU para “establecer la democracia en Oriente Medio”. Al declarar que los pueblos de Oriente Medio (es decir, los árabes y los persas) han fracasado en alcanzar la modernidad y han caído en “una espiral de odio y rabia”, Lewis exculpa de un plumazo a las políticas imperiales estadounidenses y proporciona un imperativo moral a las doctrinas de los “ataques preventivos” y del “cambio de régimen” del Presidente Bush.

Por su parte las fuentes israelíes dan  cuenta de la misma estrategia .En un articulo publicado  en la revista Kfanim  (Tendencia), informa la posición oficial de la Organización Sionista Mundial, insistiendo en   la necesidad de desarticular a los países árabes, tales como Egipto, Siria, Iraq y Arabia Saudita y del establecimiento de un estado que sustituya a la actual Jordania. Este proyecto de desintegración del área se enmarca dentro del proceso de inserción de la zona  en la economía mundial. El discurso utilizado hace referencia a los paradigmas de democracia, derechos humanos, lucha contra el terrorismo, guerra preventiva, entre otros.

Desde su creación en 1948, Israel ha debido hacer frente a la realidad de ocupar por la fuerza un territorio —el palestino— para cuyo desarrollo ha sido imprescindible la asistencia financiera de EEUU. El desarrollo de la economía israelí —asociado al mito del modelo colectivista de los kibutzes y a la transformación del desierto en un vergel por los colonos judeo-europeos— sólo ha sido posible gracias a la inyección de miles de millones de dólares norteamericanos, previo desalojo masivo y militar de la población oriunda palestina.

Sin embargo, mientras el proyecto colonial del sionismo sólo ha podido realizarse desarrollando un desproporcionado potencial militar, – de nuevo gracias a la ayuda norteamericana,- que le hace hegemónico en la región. Israel tiene 5,8 millones de habitantes, es decir, una milésima parte del conjunto de la población mundial. Entre los años 1949 y 1998, EEUU ha proporcionado un total de 84 mil millones de dólares en ayudas a Israel, cifra  que excede la ayuda proporcionada a todos los países del África Subsahariana, de América Latina y del Caribe juntos, que cuentan con una población total de más de mil millones de personas.

La inserción de la economía israelí en los mercados árabes constituye una de las claves que, junto a la apertura a la penetración económica de las grandes multinacionales propugnada por el neoliberalismo del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, integran el diseño económico norteamericano del “Nuevo Orden Regional” para el Mundo Árabe. Este proyecto, que ha encontrado la aceptación de la mayor parte de los regímenes  árabes, supone contrariar toda la lógica de la resistencia árabe al proyecto histórico del sionismo, que ha nutrido durante décadas la cultura política de los  pueblos árabes y que está indisolublemente asociada al rechazo a la ocupación israelí y a la reivindicación de los legítimos derechos nacionales palestinos.

Operando al margen de los escasos avances políticos que ha tenido el proceso negociador palestino-israelí, la inserción de Israel en las estructuras económicas árabes ha progresado en varios países árabes, gracias a la aceptación con que sus regímenes la han asumido bajo la batuta estadounidense. Sin embargo, la normalización de todo tipo de relaciones con Israel encuentra en los pueblos árabes su más firme opositor y cobra en ellos el símbolo de la resistencia, pues en el rechazo a las aspiraciones hegemónicas israelíes, su expresión popular sintetiza y conjuga la oposición al proyecto global neocolonizador del espacio árabe.

El Plan estadounidense orientado a garantizar el dominio de los importantes recursos energéticos de la región del Golfo Pérsico-Cáucaso-Asia Central -utilizando no únicamente sus instrumentos de política exterior, grandes capitales y empresas, sino también una cada vez mayor presencia militar directa- comienza a mostrar una naciente correspondencia en regiones del África Subsahariana, especialmente en la zona del Golfo de Guinea. Curiosamente, en ambas proyecciones, también aparece un importante nivel de conexión israelí.

La resolución de utilizar a Iraq como segundo capítulo  en la actual lucha contra el terrorismo y contra otros actores internacionales, tales como  Irán y Corea del Norte, [9] que Washington considera como amenazas a la seguridad internacional, tiene como objetivo paralelo hacer avanzar los intereses norteamericanos de acceso y control sobre los enormes recursos energéticos de toda la región del Golfo Pérsico, el Asia Central y el Cáucaso. Este propósito se incorpora a toda una estrategia global que contempla un mayor involucramiento en las regiones del mundo que posean importantes reservas de petróleo y gas natural, esquema dentro del cual África Subsahariana comienza a  cumplir un progresivo rol.

Las perspectivas y estudios de pronósticos  tocantes a cómo se comportará el mercado de los energéticos en los próximos años, indican regulares incrementos en el consumo global de todos los tipos de energía para los próximos 30 años, siendo los más notables los del petróleo y el gas, por lo que ambos continuarán teniendo una importancia trascendental para todos los actores internacionales.

En el caso particular de Estados Unidos, debemos tener en cuenta que en el año 2001, este país importó el 54% de sus necesidades energéticas. Un 48% provino del hemisferio occidental, el 30% del Golfo Pérsico (dividido en 18% para Arabia Saudita, 9% de Iraq y 3% de Kuwait), y un 15% de África. Esta tendencia de dependencia importadora seguirá aumentando hasta alcanzar un 62% en el año 2020. Para el caso europeo, las cifras son aún más alarmantes, pues se estima que para el 2030, el viejo continente, importará el 92% del petróleo que consuma y el 81% del gas.

Esta preocupante contexto, ha sido recogido ya sea en el documento National Energy Policy del Presidente Bush, como en el llamado “Informe Cheney”, en los que se reconoce el impacto que la importación de energéticos tiene sobre el esquema de la seguridad nacional de Estados Unidos, por lo que se recomienda incrementar la producción nacional, explotar nuevas áreas, así como expandir y diversificar las fuentes de suministros energéticos.

Aunque es cierto que los intereses del sector de la energía aparecen representados abrumadoramente en la actual administración estadounidense, por figuras tales como Bush, Cheney, Rice, Norton, Evans, Khalilzad y muchos otros, podemos señalar que este factor no es de interés exclusivo de la misma, sino que tiene un carácter mucho más estructural. EEUU seguirá necesitando de estos recursos y le será imposible alcanzar la utopía del “freedom from foreign oil” (“libres del petróleo extranjero”).

Dependencia energética y vulnerabilidad
EEUU está verdaderamente motivado y en condiciones de seguir reorientando su mercado para lograr suministradores múltiples y evitar con ello una dependencia elevada de algún punto potencialmente vulnerable como lo puede ser el Oriente Medio, pero ello nunca significará que se aleje de la zona con las reservas más importantes del mundo, por el contrario afinará sus mecanismos de influencia y dominio.

Es imprescindible, para todo análisis,  considerar que la zona del Golfo Pérsico o Árabe posee el 65% de las reservas mundiales comprobadas de petróleo (unos 679 mil millones de barriles), y cuenta además con el 35% de las reservas de gas natural. Por otra parte, la región del Cáucaso y el Asia Central tienen reservas petroleras confirmadas cercanas a los 35 mil millones de barriles, aunque los más recientes estudios llegan a elevar los estimados posibles hasta 235 mil millones de barriles, que si bien son mucho menores que las del Pérsico, sin duda alguna se convertirían en los segundos volúmenes más importantes a nivel mundial. Respecto al gas, si se suman las reservas del Cáucaso, Asia Central y Rusia, ellas representarían aproximadamente un 34% de las reservas mundiales, casi iguales a las del Pérsico.

La Guerra que ya comenzó
La guerra contra Iraq representa a escala regional  la apertura de un nuevo ordenamiento geopolítico que afectará a todo el espacio árabe, a sus pueblos  y a sus recursos, y a nivel internacional, el desmoronamiento del orden jurídico que ha regido las relaciones internacionales desde hace cincuenta años.

Una vez legitimada la nueva doctrina militarista de guerra preventiva, tras la guerra global contra el terrorismo iniciada por la   administración  de Estados Unidos en Afganistán, con la preparación de la intervención contra Iraq EEUU.  ha puesto al descubierto sin rubor sus ambiciones  hegemónicas y su determinación de ejecutarlas.

La Administración de Estados Unidos parece determinada a hacer de la guerra contra Iraq, no tan solo como la ejemplificación de su nueva doctrina militarista internacional de “guerra preventiva”, sino como  el detonante que inaugure la vía para una amplia remodelación del conjunto de Oriente Medio, que incluiría el aplastamiento final de los palestinos, la aparición de nuevos Estados y la pérdida de influencia de los viejos aliados,Arabia Saudí y Egipto. Los pueblos del Oriente Medio Árabe, serán sometidos a una nueva y prolongada etapa de dominación imperialista, a un nuevo Sykes-Picot para el siglo XXI.

Esta remodelación, en la que puedan conjugarse la pretensión histórica estadounidense: el control del suministro y precio del petróleo y, con ello, la consolidación de su hegemonía política, económica y militar frente a potencias medias que -como la Unión Europea, Rusia o China- pugnan por penetrar los mercados de la región.

Este proyecto – para cuya ejecución, la Administración de Estados Unidos pretende echar por tierra el ordenamiento legal internacional y político-territorial regional imperante desde la I Guerra Mundial, – está siendo actualizado fundamentalmente por el vicepresidente Dick Cheney y el Secretario de Defensa Rumself, máximos ejecutores de las directrices políticas y militares.

Estos dos halcones de la Administración estadounidense han recibido el asesoramiento de un grupo de expertos entre los que se incluyen el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, su asistente, Douglas Faith y el ideólogo del Comité Asesor del Pentágono, Dick Perl. De acuerdo con Alex Fishman, Perl habría solicitado al Instituto Rand -una Institución que durante décadas ha asesorado a las administraciones estadounidenses- un estudio sobre la estrategia de EEUU para Oriente Medio a la luz de  la intervención contra Iraq. El estudio realizado, concluye explícitamente que ” […] la intervención militar contra Iraq es un ‘objetivo táctico’; Arabia Saudí es un ‘objetivo estratégico’ y Egipto es la ‘gran presa’.

Arabia Saudí, el objetivo estratégico
Afianzado el dominio político y económico sobre  Iraq tras la instauración de un gobierno favorable a su estrategia, EEUU podría impulsar un cambio político en el interior de Arabia Saudí. La intervención contra Iraq, no solo prefigura un cambio de régimen político en Bagdad y, con ello, un cambio de funcionalidad geoestratégica de este país en el escenario de Oriente Medio, sino con toda seguridad remodelaciones fronterizas y cambios asimismo en el papel regional de otros Estados. Desde  el  mas característico discurso globalizador , los expertos de la administración estadounidense  entienden que la amenaza  que afronta  la cultura de EEUU — el terrorismo  internacional  — surge y se ubica en los modelos educativos , sociales y políticos que representan estos  estados,  muy particularmente de Arabia Saudita.

Según el documento del Instituto Rand, el sistema político impuesto en este país por la familia de los Sa’ud, aliada histórica de EEUU, ha resultado ser contraproducente para los intereses estadounidenses, pues a fin de asegurarse el control político interno y neutralizar las aspiraciones árabes de los proyectos progresistas y nacionalistas árabes, el régimen saudita ha sido el instigador de una ideología islamista extremadamente conservadora, el wahhabismo, que gracias a los recursos financieros que han proporcionado los petrodólares, ha podido extenderse en las últimas décadas en el espacio árabe y en otros estados de mayoría musulmana, Afganistán y Pakistán principalmente.

Así, al igual que le ocurriera a Jordania en la crisis de 1990-91, el régimen saudí contempla con estupor cómo  Washington cuestiona su preeminente papel como histórico aliado regional, que podría ser transferido a un nuevo Iraq recolonizado, en concreto en lo tocante a la gestión del mercado petrolífero mundial.

La negativa de Riad a ceder esta vez la base Príncipe Sultán  o sus valoraciones sobre la posible fragmentación de Iraq y los beneficios que de ello obtendría Irán (que, a través del apoyo directo que brinda a la fuerza opositora Shií, Congreso Supremo de la Revolución Islámica en Iraq, pasaría a controlar la zona meridional de Iraq) han sido respondidas desde la administración estadounidense con filtraciones a los medios de comunicación sobre la vinculación financiera de la familia real saudí con la red al-Qaeda y la categorización del reino como “enemigo de EEUU” en un informe luego matizado por la Casa Blanca.

Más preocupante aún, es la filtración sistemática en los últimos meses de planes detallados para la división del Reino en tres zonas, se asocia con la creación de un gran Reino Hashemí en Jordania y la parte central de Iraq que podría incorporar asimismo la franja occidental de la actual Arabia Saudita, incluidas las ciudades santas de Meca y Medina.

Esta remodelación, en la que puedan conjugarse la pretensión histórica estadounidense: el control del suministro y precio del petróleo y, con ello, la consolidación de su hegemonía política, económica y militar frente a potencias medias que -como la Unión Europea, Rusia o China- pugnan por penetrar los mercados de la región.

Este proyecto – para cuya ejecución, la Administración de Estados Unidos pretende echar por tierra el ordenamiento legal internacional y político-territorial regional imperante desde la I Guerra Mundial, – está siendo actualizado fundamentalmente por el vicepresidente Dick Cheney y el Secretario de Defensa Rumself, máximos ejecutores de las directrices políticas y militares. Estos dos halcones de la Administración de EUhan recibido el asesoramiento de un grupo de expertos entre los que se incluyen el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, su asistente, Douglas Faith y el ideólogo del Comité Asesor del Pentágono, Dick Perl.

De acuerdo con Alex Fishman, Perl habría solicitado al Instituto Rand -una Institución que durante décadas ha asesorado a las administraciones estadounidenses- un estudio sobre la estrategia de EEUU para Oriente Medio a la luz de  la intervención contra Iraq. El estudio realizado, concluye explícitamente que ” […] la intervención militar contra Iraq es un ‘objetivo táctico’; Arabia Saudí es un ‘objetivo estratégico’ y Egipto es la ‘gran presa’.

Arabia Saudí, el objetivo estratégico
Afianzado el dominio político y económico sobre  Iraq tras la instauración de un gobierno favorable a su estrategia, EEUU podría impulsar un cambio político en el interior de Arabia Saudí. La intervención contra Iraq, no solo prefigura un cambio de régimen político en Bagdad y, con ello, un cambio de funcionalidad geoestratégica de este país en el escenario de Oriente Medio, sino con toda seguridad remodelaciones fronterizas y cambios asimismo en el papel regional de otros Estados. Desde  el  mas característico discurso globalizador , los expertos de la administración Bush  entienden que la amenaza  que afronta  la cultura de EEUU — el terrorismo  internacional  — surge y se ubica en los modelos educativos , sociales y políticos que representan estos  estados,  muy particularmente de Arabia Saudita.

Según el documento del Instituto Rand, el sistema político impuesto en este país por la familia de los Sa’ud, aliada histórica de EEUU, ha resultado ser contraproducente para los intereses estadounidenses, pues a fin de asegurarse el control político interno y neutralizar las aspiraciones árabes de los proyectos progresistas y nacionalistas árabes, el régimen saudita ha sido el instigador de una ideología islamista extremadamente conservadora, el wahhabismo, que gracias a los recursos financieros que han proporcionado los petrodólares, ha podido extenderse en las últimas décadas en el espacio árabe y en otros estados de mayoría musulmana, Afganistán y Pakistán principalmente.

Así, al igual que le ocurriera a Jordania en la crisis de 1990-91, el régimen saudí contempla con estupor cómo  Washington cuestiona su preeminente papel como histórico aliado regional, que podría ser transferido a un nuevo Iraq recolonizado, en concreto en lo tocante a la gestión del mercado petrolífero mundial. La negativa de Riad a ceder esta vez la base Príncipe Sultán  o sus valoraciones sobre la posible fragmentación de Iraq y los beneficios que de ello obtendría Irán (que, a través del apoyo directo que brinda a la fuerza opositora Shií, Congreso Supremo de la Revolución Islámica en Iraq, pasaría a controlar la zona meridional de Iraq) han sido respondidas desde la administración estadounidense con filtraciones a los medios de comunicación sobre la vinculación financiera de la familia real saudí con la red al-Qaeda y la categorización del reino como “enemigo de EEUU” en un informe luego matizado por la Casa Blanca. Más preocupante aún, es la filtración sistemática en los últimos meses de planes detallados para la división del Reino en tres zonas, se asocia con la creación de un gran Reino Hashemí en Jordania y la parte central de Iraq que podría incorporar asimismo la franja occidental de la actual Arabia Saudita, incluidas las ciudades santas de Meca y Medina.

Palestina es Jordania
Si EEUU opta por un ataque militar contra Iraq, sin sanción del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, Israel, a diferencia de lo que ocurrió en la Guerra del Golfo de 1991, intervendrá abiertamente en la guerra, no ya solo en el frente iraquí, sino quizás también contra Hezbollah en Líbano y sin duda contra los palestinos en Gaza y Cisjordania, poniendo fin a dos años de Intifada.

Ciertamente, la percepción palestina es que el ataque contra Iraq irá acompañado de una ofensiva final del ejército israelí en Gaza y Cisjordania  que incluirá la eliminación definitiva de las instituciones palestinas surgidas de los Acuerdos de Oslo (1993), quizás la eliminación física -cuando menos política, con  un forzado exilio- del Presidente Arafat y la expulsión militar (o, como se suele denominar, transfer) de un contingente de población palestina que podría alcanzar hasta el medio millón de personas, particularmente de aquéllas que retornaron a las áreas autónomas en estos años y de buena parte de los habitantes palestinos de la zona de Qalquilia y Tulqarem, lindante con el Estado de Israel y alta densidad poblacional, a fin de configurar tres cantones palestinos aislados y bien definidos en Hebrón, Ramala y Nablus, tras la anexión de zonas de Belén al área metropolitana de Jerusalén.

Este escenario aparece igualmente recogido en el informe del Instituto Rand, cuyo capítulo dedicado a esta cuestión se titula muy clarificadoramente “Palestina es Israel”, explicitando con ello que el territorio del Estado de Israel (desde 1948 sin fronteras definidas) debe ser entendido en los límites de la Palestina histórica, es decir, el actual Estado israelí más los Territorios Ocupados en 1967, Cisjordania y Gaza.

Para ello, en lo que a Palestina respecta, EEUU ya ha dado vía libre a Israel para que, tras el fracaso del proceso negociador de Oslo y, con éste, de su pieza clave, el proceso de normalización económico árabe-israelí —es decir, la inserción  económica de Israel en la región árabe y de ésta en la economía globalizada—, imponga una solución militar a la Intifada y a la cuestión palestina.

Esta solución,  se  ha intensificado desde el 11  de setiembre del 2001 al abrigo de la“campaña contra el terrorismo”, que ha permitido al gobierno de Ariel Sharon y a la Administración de EUcriminalizar el derecho a la resistencia palestina identificándola perversamente como terrorismo, cambiando las reglas del juego impuestas hace diez años a los palestinos y anulando los referentes legales alcanzados en Oslo: la legitimidad de la Autoridad Palestina y de sus instituciones ha quedado anulada y es ahora Israel y EEUU, con la complicidad de la Unión Europea (UE) y de las propias NNUU, quienes pretenden designar la representación política palestina imponiendo un proceso de reforma política interna en el  peor de los escenarios posibles, el de la represión brutal y el de la ocupación militar israelí.

A la espera de que el nuevo ordenamiento regional que abrirá la intervención armada contra Iraq permita reconducir el proyecto más ansiado del sionismo —la consolidación de Israel como potencia militar, económica y tecnológica regional a través de su inserción en el espacio árabe—, Israel gana tiempo y, vía represión y más ocupación, avanza en la ejecución de hechos consumados sobre el terreno para favorecer  un nuevo éxodo masivo de población palestina que eufemísticamente se ha denominado transfer—  que habría de provocarse a la sombra de la nueva guerra contra Iraq. y  que contribuya a garantizar el control efectivo —territorial y demográfico— de la toda la Palestina histórica.

Un  Reino Hashemita Unificado
La creación de esta nueva realidad jurídico-política supone asumir que el territorio natural de un futuro estado Palestino deberá ser la actual Jordania, reactualizando con ello,la pretensión histórica del sionismo, que ya desde los años 70, promovió diversos planes en los que se hacía de Jordania el territorio donde se pudieran realizar las aspiraciones nacionales del pueblo palestino. Una “solución final” de la cuestión palestina que pase por Jordania obligaría así, necesariamente, a reformular también la función de la monarquía hashemí, que pasaría a ser el nuevo aliado estratégico árabe de EEUU -desplazando a Arabia Saudí y Egipto- junto a Israel.

Derrocado militarmente el actual régimen iraquí, la fórmula sería unificar bajo la Monarquía jordana hashemí de Abdallá, los territorios de la actual Jordania y la parte central de Iraq, de mayoría sunní, dejando como “enclaves autónomos” federados a Bagdad las regiones kurda, al norte, y shií, al sur, que son además las áreas de actual explotación petrolífera en Iraq y de máximo interés para Washington. Con ello se alcanzarían al menos dos grandes  objetivos comunes a Israel y EEUU:
– El primero, encontrar una alternativa “legitimada” para un futuro gran Estado en Oriente Medio bajo control de EEUU, evitándose una guerra civil por el control del país entre sus comunidades kurda, shií y sunní. La Administración de EUno ha determinado cómo mantener Iraq unificado y bajo control, tras la caída del régimen iraquí, es decir, quien gobernará el país tras la intervención, y desconfía de que un personaje como Ahmad Chalabi, que preside el Congreso Nacional Iraquí (plataforma de grupos opositores financiada por EEUU y que incluye, entre otros, a las dos formaciones kurdo-iraquíes UPK y PDK) pueda cumplir tal misión.

– El segundo, permitiría que este nuevo “Reino Hashemí Unificado” mantuviera una mayoría de población árabe sunní, no palestina, pudiendo con ello acoger el nuevo éxodo palestino desde Cisjordania, dado que los palestinos serán minoría demográfica en el nuevo Estado y podrían, con ello, quedar debidamente sometidos. La monarquía hashemí, que hoy reina sobre un Estado de mayoría palestina , no reconocida y en quiebra financiera, pasaría a gobernar  sobre una potencia demográfica y económica de primer orden.

Este maquinación, que pudiera parecer especulativa, ha sido discutida durante un encuentro entre el príncipe heredero Hasán de Jordania y miembros de la oposición iraquí en Londres el pasado mes de julio, y según fuentes israelíes está siendo valorado seriamente por la Administración de Estados Unidos, siendo sus principales partidarios, el vicepresidente Cheney y el vicesecretario de Defensa Wolfowitz : un gran reino hashemí sería un Estado que otorgaría a EEUU un control estratégico definitivo -político, militar y económico- sobre Oriente Medio, desde el cual amenazar a los vecinos Irán y Siria (también en el punto de mira de la “guerra global contra el terrorismo” de Washington) y hacer declinar definitivamente la influencia regional de los antiguos aliados Egipto y Arabia Saudí.

Las entidades kurda y shií, asociadas a este nuevo Estado pro estadounidense o con un estatuto particular de protectorado, abrirían a las compañías petrolíferas estadounidenses las principales zonas de explotación de crudo del actual Iraq . A fin de garantizar la seguridad en ambos enclaves y su vinculación política con el nuevo reino hashemí -tranquilizando con ello a Turquía sobre un Kurdistán independiente y previniendo a Irán de cualquier veleidad sobre la zona shií-, EEUU podría justificar el despliegue y estacionamiento prolongado de sus tropas en la zona. Ciertamente, Turquía teme que EEUU consolide una alianza con los kurdos-iraquíes (especialmente con el partido de Talabani, la UPK) que la margine en este reordenamiento regional que habrá de darse necesariamente tras la guerra.

Turquía ha expresado su preocupación ante la creación de una entidad kurda al norte de Iraq, no tanto porque ésta sea inicialmente la pretensión de los dirigentes kurdo-iraquíes que han reiterado su compromiso con un Iraq unificado y buenas relaciones con Ankara, sino a fin también de obtener concesiones territoriales tras la guerra sobre las provincias de Mosul y Kirkuk (Suleimaniyah), con población turcomana y ricas en agricultura y petróleo, que reclama históricamente como suyas desde el acuerdo anglo-francés de Sykes-Picot de 1916, tema que está siendo tratado como parte de las condiciones planteadas por Turquía a EEUU para apoyar la intervención.

Un nuevo Sykes-Picot para el siglo XXI
Como puede advertirse, la intervención contra Iraq no solo determinará la sustitución ilegal del actual régimen iraquí por otro aliado de EEUU, sino un proceso encadenado de cambios que habrá de redibujar el mapa de la zona en función de los intereses estratégicos de Washington. El conjunto de los pueblos árabes de Oriente Medio árabe, si se desencadena la guerra y es derrocado el actual régimen iraquí, está condenado a una nueva y prolongada etapa de dominación imperialista, de recolonización efectiva: un nuevo Sykes-Picot para el siglo XXI.

La acción de EEUU reproduce explícitamente el modelo colonial  que a comienzos del siglo XX sumió a los pueblos árabes y a sus aspiraciones nacionales de soberanía e independencia bajo la dominación política, económica y militar de las  potencias  Europeas. La historia se repite ahora  ochenta años después,  EEUU se consolida, como potencia hegemónica en la región. La dinámica abierta contra Iraq por la Administración de EUsignificará, el desmoronamiento —sin objeción real de la comunidad de Naciones— del sistema legal que ha regido las relaciones internacionales desde hace más de 50 años. Ello es relevante,  no solo por lo que significa en cuanto a quiebra de un orden que, por lo demás establecido por las potencias occidentales emergentes tras las dos guerras mundiales del siglo XX, ha beneficiado fundamentalmente a sus intereses hegemónicos, sino porque anula de hecho todas las normas legales que garantizaron, desde entonces, la inviolabilidad de las fronteras y los principios de independencia y soberanía de los Estados.
AM.MX/fm

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