Globalización y salvación del alma en Nueva España

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Norma L. Vázquez Alanís

Conferencia de la doctora Cristina Torales Pacheco

(Segunda de tres partes)

 

El empresariado novohispano no se limitó a su ciudad, a su región, ni al virreinato de la Nueva España; estuvo inserto en una economía mundial a través de sus redes de agentes y representantes en Europa y Asia, y dentro de América en el reino de Perú, y así operaban en un sistema económico global, aseguró Cristina Torales Pacheco, doctora en historia por la Universidad de Leiden, Holanda, al dictar la conferencia “Empresarios novohispanos en el siglo XVII”, como parte del ciclo ‘Los empresarios en la historia de México. De la colonia al porfiriato’ convocado por el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM) de la Fundación Carlos Slim.

Para entender a estos empresarios españoles se debe tomar en cuenta que eran parte del reino más poderoso de Europa, y Nueva España era una parte de esa monarquía global que tenía incidencia en América, Asia, Europa y África, hecho del cual deriva su mentalidad económica universal.

En el siglo XVII, en el centro de la ciudad de México estaba El Parián, lugar donde se encontraban los “cajones” (expendios) de estos grandes empresarios. Ahí se vendían productos de importación asiáticos y europeos, y además congregaba a criollos, indígenas, europeos y africanos, porque la sociedad novohispana no puede clasificarse en europeos conquistadores e indígenas marginados solamente; fue muy compleja y hubo oportunidades de desarrollo empresarial en los distintos sectores.

Alonso de Villaseca, empresario destacado

Varios fueron los empresarios importantes en Nueva España durante los siglos XVI y XVII, dijo la doctora Torales Pacheco, quien se ha especializado en Historia de las elites novohispanas. El más importante a finales del XVI fue Alonso de Villaseca, conocido por haber patrocinado a la provincia mexicana de la Compañía de Jesús.

De Villaseca regaló a los jesuitas las primeras propiedades que tuvieron en Nueva España, donde construyeron su Colegio Máximo de san Pedro y san Pablo, así como su iglesia al norte de la catedral, pero les advirtió que debían buscar su autosustentabilidad a través de la inversión en tierras y en hacerlas producir, con lo cual obtendrían sus propios recursos para construir sus colegios sin depender de las limosnas.

Por tal acción obtuvo el patronazgo de ese Colegio y a su muerte los jesuitas le hicieron allí un monumento funerario, pero tras la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767 fue desmantelado y llevado a la parroquia de san Miguel en la ciudad de México, donde una parte fue adosada a la fachada y quedó como un retablo.

Villaseca hizo su fortuna básicamente en el centro del país, en los alrededores de la ciudad de México, en las zonas mineras que hoy pertenecen al estado de Hidalgo y en las áreas de producción agraria del valle de Puebla y Tlaxcala; fue un ganadero que después invirtió en las minas de Ixmiquilpan y Pachuca. Está considerarlo entre los hombres más ricos de Nueva España.

Para lograr el patronazgo de una orden religiosa era indispensable seguir un proceso que llegaba hasta Roma, donde se decidía si se aceptaba al individuo propuesto. En caso afirmativo se expedía un documento formal de patronato por el que los integrantes de la orden religiosa se comprometían a rezar por el alma de su patrono, y éste a sostener financieramente el proyecto elegido, explicó la historiadora Cristina Torales Pacheco.

La poca información que hay sobre este personaje está en las crónicas de los jesuitas, que lo describen como muy sobrio, no dilapidador de su fortuna y muy exigente con la administración de sus bienes; a los jesuitas les pedía cuentas constantemente y estaba muy al pendiente de sus gastos.

Villaseca murió en 1578 pero su obra aún existe. La iglesia es actualmente el Museo de las Constituciones, y del Colegio sólo queda la mitad, que hoy día ocupa el Instituto Nacional de Bellas Artes para restaurar ahí sus obras de arte, porque es una verdadera fortaleza. La importancia de este edificio radica en que es el punto de partida de la arquitectura sólida en la ciudad de México.

Y es que, cuando llegaron los jesuitas, se impactaron al ver que la ciudad estaba casi hundida, que los edificios construidos antes de su llegada estaban todos sumergidos. Entonces uno de ellos, Juan Sánchez Baquero, quien era cosmógrafo, matemático e historiador graduado en Artes en la Universidad de Alcalá, es decir, hombre de ciencia y técnica, observó en los edificios de los indígenas unas pequeñas balsas por los lados, pero también percibió que el tezontle era una piedra muy sólida y muy ligera, así que los jesuitas empezaron a construir el Colegio con tezontle y con pilotes que no llevaran a un soporte a través de cimientos, que era lo que provocaba el hundimiento, y a partir de entonces todos los edificios de la ciudad de México fueron construidos así. Todo esto está relatado en las crónicas de Sánchez Baquero, agregó la ponente.

Fortunas para la salvación del alma

Uno de los nietos de Villaseca se incorporó a la Compañía de Jesús y fue beneficiario de ésta, pues los empresarios de entonces no buscaban generar una fortuna estrictamente para su descendencia, sino que sus hijos ingresaran a las órdenes religiosas porque su objetivo era invertir en la salvación de su alma, explicó la conferenciante.

Eso explica también por qué sus capitales fueron invertidos en iglesias, conventos, custodias y cálices, es decir, en obras para la práctica religiosa, porque estaban gestionando su trascendencia. “Recordemos que el católico no sólo se salva por su fe, sino también por sus acciones”, dijo Torales Pacheco.

Es decir, estos empresarios no acumulaban sus fortunas para el desarrollo de una familia y un solo linaje, pues si bien eso lo garantizaban a través del envío de recursos a España y construían sus casas para que sus parientes tuvieran buena vida, sus fortunas estaban pensadas para el bien común. Así, la inversión de todos estos empresarios quedó en los magníficos monumentos que le dejaron como legado a México; los hacendados del siglo XVI eran todavía individuos que venían de Europa y desarrollaron aquí sus fortunas a través de inversiones agrícolas o mineras, aseguró la historiadora Cristina Torales.

(Concluirá)

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