Gloria Analco
Trump comenzó este domingo con dos enormes ficciones energéticas que podrían acarrearle a Estados Unidos consecuencias muy graves. Pretende engañar a su público para que vuelvan a comer de su mano, lanzando afirmaciones completamente fuera de la realidad que en poco tiempo quedarán al descubierto y elevarán muy alto el precio que tendrá que pagar por semejantes desatinos.
Según él, con el acuerdo de petróleo con Venezuela Estados Unidos ya controla el mercado mundial de crudo, y con ese mismo petróleo promete llenar unas críticas reservas que su mismo gobierno ha reducido: un doble engaño que ni el mejor ilusionista de Las Vegas se atrevería a acometer.
Lo primero que conviene subrayar es que estas ficciones no son simples exageraciones de campaña: son apuestas estratégicas que ponen en riesgo la seguridad energética de Estados Unidos y su futuro económico y financiero en forma casi inmediata.
Trump juega, de manera casi infantil, con la ilusión de que puede manipular el mercado mundial a su antojo, pero lo hace sobre un terreno minado, con reservas menguadas y con aliados cada vez más escépticos.
La distancia entre su discurso y la realidad, en estos casos en particular, es tan grande que cada palabra va a convertirse en un bumerán que regresará con tal fuerza que incluso puede desmoronar a su propio gobierno.
Lo que puede suceder es que el mercado bursátil caiga precipitadamente en cuanto los inversionistas se den cuenta de que se trata de una doble mentira lo que ha planteado Trump.
Ese desplome podría provocar una crisis no vista desde 1929, con pérdidas masivas, quiebras en cadena y una depresión que arrastre a Estados Unidos y al mundo entero.
Las ficciones energéticas no se sostienen por mucho tiempo, y cuando se derrumban, lo hacen con violencia: destruyen confianza, paralizan inversiones y envenenan la convivencia internacional.
El petróleo venezolano que Trump presume simplemente no existe en los términos en que él lo vende. Son reservas pesadas y extra pesadas, enterradas en un subsuelo sin inversión ni infraestructura, que requieren años de trabajo y miles de millones de dólares para convertirse en producción efectiva.
Incluso si mañana se iniciaran los proyectos de extracción, el horizonte realista apunta hacia 2030 para alcanzar apenas dos millones de barriles diarios, y recién hacia 2040 para aspirar a tres millones. Es decir, cuando esos pozos empiecen a producir de verdad, Trump ya no estará en el poder… y quizá ni siquiera esté vivo.
La ironía es bastante desconsoladora para todo estadounidense que aspire ver a su país otra vez de pie.
Aún más grave es la situación interna: la Reserva Estratégica de Petróleo de Estados Unidos ha descendido a niveles críticos, por debajo de los 300 millones de barriles, el más bajo desde 1983. Trump ordenó liberar más de 170 millones de barriles para colocarlos en el mercado y contener la escasez, buscando frenar el alza de precios.
Pero esa maniobra dejó el inventario en torno a 243 millones de barriles y, según especialistas, la extracción acelerada ha alterado las cavernas de sal donde se almacena el crudo.
El riesgo es que parte del petróleo ya no pueda extraerse nunca más. En otras palabras: la reserva podría quedar mutilada de manera irreversible, y el colchón de seguridad energética de Estados Unidos reducido a polvo.
Hasta ese extremo de riesgo de escasez ha llevado Trump a Estados Unidos por su guerra muy mal calculada contra Irán y porque se niega a reconocer su derrota, contra viento y marea.
Lo cierto es que Estados Unidos está muy lejos de poder controlar el mercado mundial del petróleo.
Son solo cuentas alegres que se derrumban frente a la ostensible baja de sus reservas estratégicas, que ya no le permiten exportar a los altos niveles en que venía haciéndolo.
Su pretensión de controlar el petróleo iraní, como él mismo lo ha declarado abiertamente, está también muy lejos de la realidad.
Irán produce con solidez, protegido por alianzas con Rusia y China, y blindado contra las fantasías de Washington.
Trump se imagina sentado en la cima de la producción mundial, como si fuera un rico McPato dibujado sobre una montaña de barriles de petróleo, pero la verdad es que ni está en el pico más alto ni lo estará por mucho tiempo.
Presume ser el rey del petróleo, cuando en realidad se sostiene en reservas incluso en peligro de no poder ser extraídas y en promesas que podrían tardar varios lustros para ser cumplidas sin una certeza absoluta.
Este mismo domingo, mientras Trump se subía él solo al trono imaginario de “rey del petróleo”, ordenaba atacar a una de las islas iraníes, convencido de que podía imponer su ficción energética con misiles.
La contradicción es paradójica: presume controlar el mercado mundial mientras vacía sus reservas y al mismo tiempo provoca a Irán con golpes militares que no tienen sentido estratégico.
Y lo que sigue es inevitable: Irán responde de inmediato, lanza misiles contra bases estadounidenses en Catar y Jordania, y revela daños significativos en infraestructura militar.
Así se derrumba la ilusión trumpiana: el supuesto rey del petróleo queda reducido a un aprendiz de brujo que desata fuerzas que no puede controlar.
Estados Unidos pierde más al atacar sin sentido que lo que gana. No controla el petróleo, no intimida a Irán, no refuerza su posición internacional.
Al contrario: queda debilitado, expuesto y ridiculizado. Trump sueña con trofeos energéticos, pero lo único que consigue son boomerangs bélicos que regresan con más pérdidas que beneficios.
La ficción se derrumba frente al misil, y el imperio que presume fuerza termina mostrando fragilidad.
Mientras tanto, el público estadounidense, ese que Trump cree que puede hipnotizar con frases de “llenar reservas” y “controlar el mundo energético”, se enfrenta a la realidad de que su país no solo no controla nada, sino que se expone a respuestas que ponen en riesgo a sus soldados, a sus bases y a su poco prestigio internacional.
La economía se resiente, la diplomacia se tambalea, y la credibilidad se evapora como humo de feria.
En conclusión, mientras Trump engaña a su público y a los mercados bursátiles con espejismos de poder, Irán demuestra que la realidad no se negocia con propaganda. La guerra no se maquilla, los misiles no se esconden, y las mentiras energéticas terminan por provocar disturbios en la economía, en la diplomacia y en la credibilidad de Estados Unidos.
El domingo que Trump quiso vender como triunfo ficticio se convirtió en el día en que Irán le recordó al mundo que cada agresión tiene respuesta, y que el imperio, por más que grite, ya tiene escasas municiones.


