Gloria Analco
- Trump aplica la diplomacia con Rusia… demasiado tarde.
La diplomacia estadounidense se revela en su forma más opaca: disfrazar con palabras como “hoja de ruta” y “productivo” lo que en realidad es un intento desesperado de impedir que Rusia corone su triunfo en Ucrania.
Washington no busca paz, busca ocultar la derrota.
Donald Trump pretende que Ucrania, aunque debilitada y de bajo perfil, siga siendo territorio bajo su dominio para futuros ataques contra Moscú.
Ese es el propósito político de Washington: impedir que la historia registre lo que ya es evidente, que la guerra que ellos mismos propiciaron la han perdido, más todavía a menos de dos meses de las elecciones intermedias de Estados Unidos.
Luego de una semana completa de bombardeos consecutivos -seis días seguidos, luego una séptima jornada antes de que Putin ordenara una pausa de 72 horas para recibir a los enviados de Trump-, la ofensiva rusa dejó claro que los días de la guerra podrían estar contados.
Washington, desesperado, se empleó a fondo para mover sus fichas, tratando de ser “muy diplomático”.
La llegada intempestiva del jefe de la CIA, John Ratcliffe, aterrizando blindado en Moscú como si llegara a una zona de guerra, fue la primera señal de esa desesperación.
De la misma forma apresurada, Marco Rubio salió a hablar de una “hoja de ruta” para alcanzar la paz en Ucrania, justo cuando los misiles rusos seguían cayendo sobre Kiev.
El inquilino de la Casa Blanca, de un día para otro, envió a su yerno Jared Kushner y a su socio inmobiliario Steven Witkoff, ambas figuras clave en su círculo cercano, para entrevistarse con Vladimir Putin.
El líder ruso, en un gesto de tolerancia, los recibió, pero dejó claro que la Operación Militar Especial no se detendrá hasta alcanzar todos sus objetivos.
Cabe suponer que Trump, desesperado, hasta pidió a su socio inmobiliario que fuera lo más zalamero posible con Putin.
Y Witkoff se pasó de la raya con su frase: “Conversar con usted será una de las mejores y más memorables experiencias de mi vida.” Un halago tan desbordado que, si se observa bien, colocó a Putin por encima del propio Trump.
Putin, imperturbable, esta vez no hizo compromisos: se dedicó a explicarles los avances de Rusia en el campo de batalla y reservó para sí los nuevos planes.
Lavrov, en paralelo, reafirmó que no habrá pausa ni engaño posible. La memoria del episodio de Alaska pesa: Putin reconoció que fue engañado entonces, pero ahora no se dejará atrapar.
El antecedente de Anchorage, Alaska, pesa como advertencia.
Allí, en la Base Conjunta Elmendorf-Richardson, Trump prometió a Putin una nueva era de grandes negocios bilaterales, asociaciones económicas y prosperidad compartida.
Nada de eso se concretó: fue un engaño. Putin terminó llamándose a engaño y, años después, lo reconoció públicamente.
Esa confesión se convirtió en advertencia: “No lo intenten de nuevo, porque no me dejaré engañar una segunda vez.”
Y para tratar de coronar esos esfuerzos, de lograr que Rusia detenga sus incisivos ataques, Trump recurrió a la llamada telefónica a Putin. Pero Moscú ya aprendió la lección: no habrá concesiones, no habrá tregua, no habrá pausa.
Mientras tanto, Odessa y el mar Negro se convierten en símbolos del desenlace: Rusia ha cerrado de facto el acceso marítimo a Ucrania, bloqueando exportaciones y dejando a Kiev sin salida al mar. Un hecho silenciado en los medios occidentales, porque revela lo que nadie quiere admitir: la guerra está perdida para Ucrania.
Europa, atrapada en su papel de comparsa, se exhibe como un continente militarmente débil, dependiente de Washington y sin capacidad de respuesta. Los discursos de Bruselas suenan huecos frente a la realidad: con un solo soplido ruso, cualquier ejército europeo quedaría sembrado en el campo de batalla.
Un coro apagado que repite frases huecas mientras Moscú decide el ritmo de la guerra.
Trump, por su parte, quiso disfrazar su derrota con diplomacia tardía, pero lo único que consiguió fue exhibirse.
Zalamerías inmobiliarias, “hojas de ruta” improvisadas, llamadas telefónicas desesperadas: todo un arsenal de gestos vacíos que no movieron un ápice a Putin.
El Kremlin ya decidió: la operación seguirá hasta cumplir todos los objetivos trazados desde el inicio.
En definitiva, Trump frente a Rusia ya perdió, y no hay forma de recomponer eso.




