ESCARAMUZAS POLÍTICAS

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Gloria Analco

 

  • Carta y corte, la jugada maestra de AMLO y el ruido que no se traga

Cuando Trump tuvo conocimiento de la carta, una media sonrisa debió dibujarse en sus labios y decirse: “Esto es obra de AMLO”. Esa voz, aparentemente menor, trascendió porque era hijo de quien es. AMLO habilitó a Andrés Manuel López Beltrán para decir lo que la institucionalidad no podía pronunciar, y el efecto fue inmediato: incomodó a Washington, pero también lo obligó a contenerse.

Trump, que suele tratar con desdén a líderes mediocres, respetó a AMLO porque midió su estatura soberanista. Por eso, no desechó la carta como irrelevante: reconoció la jugada maestra de su ex colega.

La oposición, ilusionada, esperaba insultos como si fueran caramelos en piñata… pero se quedaron mirando al cielo sin que cayera nada. Solo Landau salió tibio, con su ocurrencia de las “palomitas”, como espectador ingenuo de cine barato, y luego tuvo que tragarse sus propias palomitas para rectificar. El silencio de Trump fue más devastador que cualquier palabra.

Ayer mismo, Claudia Sheinbaum recordó que la oposición que corre a Washington repite la lógica de los conservadores del XIX que pidieron la intervención de Napoleón III.

Con ello confirmó que la cancelación de la visa a López Beltrán es un acto político, no jurídico, y que la oposición vuelve a exhibirse como traidora a la soberanía.

La ironía es que, mientras Trump se contuvo y reconoció altura en AMLO, la oposición se arrodilló ante Washington, como siempre, con la frente en el suelo.

El supuesto vínculo de López Beltrán con el huachicol proviene de una entrevista donde se menciona a un “Andy” sin apellido ni contexto. La insinuación es tan endeble que revela su propósito: golpear al hijo para afectar al padre. Aquí no aplica “tal palo tal astilla”, sino al revés: de tal astilla el palo.

El ruido mediático contra López Beltrán forma parte de un guion cocinado en Washington: la DEA habla de terrorismo, el secretario de Guerra anuncia ataques por tierra, y el Departamento de Estado repite que cada visa es decisión de seguridad nacional. No es información, es narrativa de intervención, escrita como libreto de serie mala por muy repetitiva.

A Trump no le gustó nada que su administración fuera calificada de la peor manera en la carta de López Beltrán, a sabiendas de que esa voz viene de AMLO, como sostengo.

La reacción en México hizo que la administración Trump se percatara del error cometido: quitarle la visa a López Beltrán no estaba debilitando a AMLO, sino encumbrando políticamente a su hijo, colocándolo en el primer plano nacional.

El objetivo era disminuir la figura del ex presidente, no crearle un sustituto.

Al advertirlo, la primera salida burlona de Christopher Thomas Landau con las “palomitas” quedó en desuso: percatarse de que estaban creando un nuevo monstruo político los obligó a echar marcha atrás.

Entonces vino la rectificación: un discurso solemne de Landau, llamando a mejorar y cuidar la relación bilateral.

Esa rectificación muestra el verdadero efecto de la carta: incomodó a Trump, obligó a su administración a contenerse y convirtió a López Beltrán en la voz del partido en el poder.

En lo sucesivo será él quien lleve la batuta de esas críticas, porque la maniobra de quitarle la visa produjo ese efecto político irreversible.

Las acusaciones contra López Beltrán son absurdas. Los hijos de AMLO saben que la oposición les pisa los talones y no serían tan torpes de ponerle la mesa.

Cargan sobre sus hombros el peso de tener un padre incorruptible, al que han querido embarrar sin éxito porque consagró su vida a mejorar las condiciones de México.

AMLO eligió la grandeza de las cosas difíciles, no la facilidad de robarle al pueblo, práctica cotidiana de la oposición.

En su misiva, López Beltrán no se limitó a denunciar violaciones jurídicas: calificó el proceder de Washington como hitleriano, aludiendo a la arrogancia y brutalidad con que se imponen decisiones que atropellan pueblos enteros.

Señaló que la administración Trump había convertido la fuerza en norma, la intervención en hábito y el saqueo en política exterior.

Esa comparación, tan dura como simbólica, fue lo que terminó de incomodar a la Casa Blanca: no era solo un hijo hablando, era la voz habilitada de AMLO colocando a Estados Unidos en el banquillo de la historia, con uniforme de villano.

El propio Trump sabe el alcance de sus graves violaciones al derecho internacional y por eso mismo busca desaparecer a la Corte Penal Internacional.

No es un capricho: es un cálculo de supervivencia. Encargó a su secretario de Estado, Marco Rubio, la tarea de “desmantelar” el tribunal, al que califican como amenaza para la soberanía de Estados Unidos.

En realidad, lo que quieren blindar es la impunidad de quienes cometen crímenes de guerra, incluso en territorios de países miembros de la CPI. Esa embestida revela que Trump no solo se siente culpable, sino que actúa como si borrar la justicia internacional fuera la única manera de salvarse.

El corolario de faltas al derecho internacional de Trump 2.0 es devastador y apenas lleva un año y medio en funciones de su segundo mandato.

Como señala Stephen Walt, profesor de Harvard, Washington ha renunciado de hecho a ese instrumento. La Administración ha utilizado la fuerza militar en más de media docena de países y sigue matando a presuntos narcotraficantes en el Caribe y el Pacífico sin pruebas concluyentes, admitiendo que esas acciones tendrán poco efecto para los supuestos propósitos que los animan.

Abandonó la diplomacia y lanzó una guerra innecesaria contra Irán, bajo la errónea suposición de que el régimen se derrumbaría rápidamente.

A ello se suma su arremetida contra la democracia en América Latina, al interferir abiertamente en procesos electorales para asegurarse gobiernos afines que contribuyan al saqueo de recursos naturales.

Así ocurrió en Argentina, Chile, Honduras y Colombia, y la cereza del pastel fue Venezuela, país al que directamente robaron su petróleo, como si fuera souvenir de la gira imperial.

Este catálogo de abusos confirma que la embestida contra la Corte Penal Internacional no es un capricho, sino la necesidad de blindar la impunidad de un gobierno que viola sistemáticamente el derecho internacional y la soberanía de los pueblos.

Cabe la pregunta si México ya tiene una nueva figura política de altos vuelos: López Beltrán.

La jugada de Washington, combinada con la inspiración de AMLO, lo encumbró y lo colocó en el primer plano nacional, pero su verdadero destino dependerá de la real estatura que este político logre construir más allá del apellido.

Hoy es símbolo de soberanía y voz habilitada por Washington; mañana deberá demostrar si puede sostener ese papel con contenido propio. Lo cierto es que, guste o incomode, la política mexicana ya no se explicará sin él.

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