Gloria Analco
- Fidel en su centenario, espejo de América Latina colonizada
Este 13 de agosto, Fidel Castro cumpliría 100 años, y su figura vuelve a interpelar la historia.
Durante décadas se le acusó de “dictador”, una palabra repetida hasta el cansancio para ocultar lo esencial: que devolvió a su pueblo la verdadera libertad, la que no se mide en discursos vacíos sino en soberanía, educación, salud y dignidad.
América Latina, en este 2026, se encuentra en el mismo punto en que estaba Cuba antes de 1959, y por eso recordar a Fidel no es un ejercicio de nostalgia, sino una advertencia viva.
Cuba padecía la dictadura de Fulgencio Batista, cruel y despiadada, sostenida por Estados Unidos. Washington no solo gobernaba Cuba: era su dueño. La isla era sangrada en sus recursos, convertida en casino y prostíbulo del imperio, mientras la miseria se extendía entre los cubanos.
Esa “libertad” que proclamaba el discurso norteamericano era en realidad sometimiento.
Fidel, joven estudiante en La Habana y luego abogado, comprendió que no había salida dentro del sistema.
Decidió hacer la Revolución: organizó el asalto al Moncada, sufrió prisión, partió al exilio en México, regresó en el Granma, resistió en la Sierra Maestra y condujo a su movimiento hasta el triunfo de enero de 1959. De principio a fin, su vida fue la historia de un hombre que devolvió la soberanía a su país.
La palabra “libertad” se convirtió en campo de batalla.
Para Estados Unidos, era un eslogan vacío, usado para justificar dictaduras como la de Batista.
Para Fidel, en cambio, libertad significaba que Cuba dejara de ser sangrada, que el pueblo pudiera leer, curarse, vivir con dignidad.
La Revolución convirtió esa palabra en hechos concretos, y por eso fue objeto de un menosprecio mediático sistemático: los logros sociales se ocultaban, la etiqueta de “dictador” se repetía, y el objetivo era evitar el “efecto contagio” en el Tercer Mundo.
La Revolución sobrevivió porque su dirigencia fue incorruptible. Fidel y Raúl eran intocables incluso para la CIA, que centró su estrategia en encontrar el “tercer hombre en el poder” para sobornarlo.
Lo encontraron en Carlos Aldana, quien intentó aprovechar un viaje de Fidel a España en los años noventa para consumar un golpe de Estado.
La maniobra, sin embargo, fue neutralizada por la propia dirigencia revolucionaria, que cerró filas para evitar que el intento trascendiera y generara una crisis política.
Poco a poco, Aldana fue apartado de la cercanía habitual con Fidel, hasta que finalmente fue destituido del Buró Político. El episodio demostró que la Revolución no toleraba fisuras: la traición fue sofocada antes de nacer.
Y todo esto bajo un asedio desmedido: más de seis décadas de bloqueo, aislamiento diplomático, campañas mediáticas y más de 600 intentos de asesinato contra Fidel.
Nunca pudieron con él. Resistió cada embate, cada conspiración, cada atentado. Murió a los 90 años, tranquilo, en su cama, después de haber visto sobrevivir a su Revolución. Esa sola imagen basta para comprender la magnitud de su figura política.
Hoy, América Latina está en el mismo punto que Cuba antes de 1959. Donald Trump busca convertir la región en lo que Cuba fue bajo Batista: un territorio sometido y sangrado.
En Colombia, el nuevo presidente restableció relaciones con Israel, trasladará la embajada a Jerusalén y reconoció los Altos del Golán como propiedad israelí, señal de que Estados Unidos e Israel caminan juntos.
En Venezuela, Estados Unidos se ha hecho dueño del petróleo, como en su tiempo fue dueño de los principales latifundios en Cuba.
Y en Brasil y México, las dos principales economías de la región, la subordinación no se ha consumado, pero por eso mismo están sometidos a fuertes presiones del gobierno estadounidense.
Cada país con gobiernos de derecha corre el riesgo de repetir el destino de Cuba bajo Batista: repúblicas convertidas en colonias.
Fidel no fue el dictador que los medios quisieron imponer, sino el líder que devolvió la verdadera libertad a su pueblo.
En su centenario, su vida es espejo y advertencia: América Latina corre el riesgo de repetir el pasado cubano, antes de la Revolución de Fidel Castro. La pregunta que queda abierta es la que da fuerza a esta columna:
¿Cuántos Fidel Castro va a necesitar América Latina para liberarse de este yugo, teniendo en cuenta que ni 600 intentos de asesinato pudieron acabar con él?




