Gloria Analco
- Trump y el fracaso en Ormuz: la cólera de un político arruinado
Donald Trump llegó a la cumbre de la OTAN con un plan claro: presumir ante los líderes europeos que no los había necesitado, que él solo había conseguido abrir una brecha en el estrecho de Ormuz. Ordenó que tres buques intentaran cruzar por la costa de Omán justo en medio de la reunión, para exhibirlo como un trofeo político y echarles en la cara que su empeño de semanas finalmente rendía frutos.
Pero Irán le arruinó el espectáculo: atacó los barcos y frustró por tercera vez consecutiva la maniobra. El fracaso lo sacó de quicio. Montó en cólera, perdió el control y ordenó ataques inmediatos contra Irán, poniendo en riesgo la paz en Medio Oriente y pasando por alto incluso su propio interés electoral de mantener enfriado el conflicto hasta después de las elecciones intermedias.
El contraste europeo Antes de entrar a la reunión cerrada con sus colegas europeos, Trump había arremetido contra ellos con dureza: habló de Groenlandia como si fuera parte de Estados Unidos, les reprochó no haberlo acompañado en sus intentos previos de abrir Ormuz, y repartió insultos. Una vez dentro, cambió el tono: se mostró afable, dicharachero, buscando proyectar camaradería. Pero esa fachada se derrumbó en cuanto recibió la noticia del nuevo fracaso en Ormuz. La contradicción fue brutal: el político que sonreía frente a los europeos se transformó en el líder colérico que insultaba a los iraníes llamándolos “escorias” y ordenaba ataques militares.
La tentación nuclear Los analistas geopolíticos sostienen que a Trump no le conviene una guerra total contra Irán porque perdería las intermedias. Pero este episodio demuestra lo contrario: no hubo cálculo, sino impulso emocional. Y ese impulso, amplificado por el entorno internacional, lo llevó a dar órdenes de ataque sin pensar en las consecuencias.
Un político descontrolado no debería tener acceso a los códigos nucleares. Porque la tentación nuclear deja de ser un recurso estratégico y se convierte en un riesgo psicológico: está en manos de alguien que reacciona con furia ante la frustración y que, en ese estado, puede desencadenar una catástrofe global.
A reserva de lo que Irán decida, si se contenta con el feroz ataque que realizó contra instalaciones militares estadounidenses, cabe esperar que vuelva a suceder lo que en las dos ocasiones anteriores: Trump sale a la palestra en tono conciliador, como si nada hubiera pasado, intentando recomponer la fachada diplomática.
Pero detrás de esa máscara queda expuesta la verdad: un político que perdió el control en medio de la cumbre de la OTAN, que Irán le arruinó su plan de presumir un trofeo en Ormuz, y que puso en riesgo la paz en Medio Oriente por un impulso colérico.
El plan de Trump en Ormuz El esquema consistía en enviar embarcaciones que cruzaran el estrecho de Ormuz por una pequeña franja en la costa de Omán, sin pedir permiso a Irán. La intención era abrir un corredor alterno que le permitiera presumir que ya controlaba parte del estrecho.
En las dos ocasiones anteriores, el resultado fue el mismo: Irán detectó la maniobra y respondió atacando los buques luego de advertirles del peligro y que hicieron caso omiso. El mensaje fue claro: Irán no se chupa el dedo y no iba a permitir que Washington impusiera un pasillo paralelo en el Estrecho de Ormuz.
El tercer intento, realizado en medio de la cumbre de la OTAN, buscaba ser el trofeo político de Trump frente a los europeos. Pero el fracaso volvió a repetirse, y esta vez lo desbordó emocionalmente, llevándolo a ordenar ataques inmediatos contra Irán.
Trump se mueve entre dos gestos contradictorios: extiende la mano de la negociación y se presenta como conciliador, pero al mismo tiempo urde trampas para saltarse los acuerdos y forzar un control unilateral de Ormuz.
Esa oscilación entre fachada diplomática y maniobra encubierta expone la realidad de un político que, más que estratega, actúa como jugador desesperado, dispuesto a arriesgar la paz por un trofeo que nunca consigue.
El enojo y frustración de Trump es tan severo que, tras los bombardeos estadounidenses y la respuesta iraní, antes de terminar el miércoles aumentó su retórica contra Irán y aseveró: “Cada vez que nos golpeen, nosotros vamos a golpear 20 veces”, dando a entender que Irán no tiene derecho a defenderse.



