Gloria Analco
- Cuba bajo asedio: la narrativa torcida de Ricardo Salinas Pliego
El empresario Ricardo Salinas Pliego demuestra, una vez más, una ignorancia que raya en la temeridad. Tener dinero no garantiza ni ilustración ni decencia; su trayectoria, marcada por aprovecharse de todo aquello que se le pone enfrente, deja claro que no está acreditado para emitir juicios sobre crisis humanitarias o sobre lo que millones de personas viven a diario.
Afirmar que Cuba “no necesita ayuda” es, además de incorrecto, un ejercicio de desinformación flagrante.
La isla enfrenta hoy un asedio económico que estrangula a la población, prolonga apagones, limita el acceso a alimentos y medicinas, y expone a sus ciudadanos a una miseria tangible y forzada.
Ese asedio no es abstracto ni lejano: durante la administración de Donald Trump, se han aplicado medidas más estrictas para cortar el suministro de petróleo a la isla, particularmente desde Venezuela, lo que ha impactado directamente en la disponibilidad de combustible, alimentos y medicinas.
A ello se suma un discurso público de una crudeza inquietante: el propio Trump ha hablado de que tendría el “honor de tomar Cuba” o que “muy pronto haremos algo con Cuba”, expresiones que no son simples bravuconadas, sino reflejo de una visión donde se asume -con una ligereza casi obscena- el derecho de decidir el destino de un país entero.
No es solo política: es la exhibición de un poder que se concibe a sí mismo sin límites, casi como si el mundo fuera un tablero personal.
Lo que Cuba padece hoy es comparable a las ciudades sitiadas de la historia y la literatura, presas de un yugo invisible que devora lentamente la vida de la gente, y aun así, Salinas Pliego se atreve a culpar al comunismo.
Su opinión carece de base, sensibilidad y, sobre todo, humanidad; y eso, en estos tiempos, es un lujo peligroso y retrógrado.
La historia de Cuba con Estados Unidos lo confirma: más de seis décadas de embargo económico, un bloqueo político internacional que busca aislarla, amenazas permanentes de agresión directa, presión para impedir el comercio de petróleo y alimentos, y constante interferencia en su economía y diplomacia.
Cada episodio revela una estrategia sistemática para estrangular a un país entero, imponer condiciones y castigar a un pueblo por decisiones soberanas, todo bajo pretextos de seguridad o ideología.
Nada de lo que hoy sufre Cuba puede atribuirse al comunismo como sistema.
Lo que marca su historia y su presente es un cerco externo impuesto por Estados Unidos, que estrangula la economía y limita la vida cotidiana de millones.
No son las ideas socialistas ni la estructura interna las que provocan apagones, hambre, escasez de medicinas o miseria: son las sanciones, el bloqueo económico, las amenazas de invasión, la presión política internacional y la interrupción de suministros básicos.
Cada medida coercitiva que restringe comercio, petróleo, alimentos o medicinas es una acción externa que genera sufrimiento real, y culpar al comunismo es desviar la atención de la causa verdadera.
Hoy, mientras la isla lucha por sobrevivir, la acción solidaria de México y del propio Andrés Manuel López Obrador adquiere una dimensión ética que trasciende cualquier cálculo político: enviar barcos con alimentos y medicinas, convocar a la colecta ciudadana, responder al sufrimiento de millones de personas que viven bajo un cerco histórico.
Frente a quienes distorsionan la realidad, la solidaridad se levanta como resistencia moral: ayudar al prójimo cuando su vida y bienestar están en juego.
Y es precisamente frente a esta humanidad que se mide la magnitud de la responsabilidad de Estados Unidos:
el bloqueo, las sanciones y las amenazas trascienden la política y entran en el terreno de los crímenes mayores, afectando a millones de personas inocentes, golpeando su derecho a la vida, a la alimentación y a la salud.
Negar asistencia, estrangular una economía y amenazar con apropiarse del destino de un país no son actos diplomáticos: son crímenes que la historia recordará y jamás perdonará.
