Gloria Analco
La guerra que Irán sí entiende… y Occidente no
Para sorpresa del mundo, Irán ha desplegado una estrategia militar que parece sacada de un manual de guerra futurista, al tiempo que reconfigura silenciosamente la geopolítica de Medio Oriente y empieza a desplazar la influencia de Estados Unidos.
Tras siglos de historia milenaria, y décadas recientes de agresiones, sanciones, guerras y sabotajes por parte de la superpotencia norteamericana -debido a su ubicación estratégica y a sus vastas reservas petroleras-, el país persa aprendió lecciones que otros gobiernos occidentales parecen ignorar: un poder aéreo superior puede aniquilar estructuras centralizadas; los ataques relámpago no quiebran la voluntad de un pueblo; y cualquier dominio exterior puede ser desafiado si el poder militar se dispersa y se adapta.
De esas lecciones nació su arquitectura militar: misiles enterrados en silos profundos, bases subterráneas protegidas como fortalezas invisibles, lanzadores móviles que se desplazan con sigilo y una red de comando autónomo capaz de continuar operando incluso si el liderazgo central es eliminado.
A ello se suma una fuerza naval no convencional -lanchas rápidas, minisubmarinos y drones- que convierte el Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz en un espacio prácticamente impenetrable.
La doctrina es simple y letal: guerra larga, desgaste gradual y resiliencia frente al ataque.
Irán no busca enfrentar directamente a la fuerza aérea estadounidense ni a su marina tradicional. Sus sistemas representan otra lógica: dispersión, adaptación y permanencia. Cada objetivo está diseñado para sobrevivir, cegar al adversario, agotar su logística y obligarlo a combatir en un terreno que no controla.
Mientras Estados Unidos y sus aliados se aferran a cronogramas cortos y demostraciones de fuerza, Irán ha cavado su resistencia bajo tierra, convirtiendo cada ataque en una oportunidad de aprendizaje. No apuesta por la victoria inmediata, sino por la imposibilidad de la derrota.
A propósito de este punto, quien ha seguido con particular atención la evolución del conflicto es Alastair Crooke, exdiplomático británico y antiguo asesor de la Unión Europea en Medio Oriente, durante años vinculado a contactos con movimientos regionales. Actualmente dirige el Conflicts Forum y sus análisis han ganado influencia en ciertos círculos estratégicos, donde suele subrayar la lógica de la guerra asimétrica en la región.
En una conversación con el juez Andrew Napolitano, ayer lunes, abordó con crudeza algunos de los escenarios en curso:
¿Está Donald Trump tratando de proyectar que Irán está acorralado y buscando negociar? -pregunta Napolitano.
-Claramente no. Trump no tiene un plan para terminar esta guerra. Está bajo presiones crecientes y busca una forma de declarar victoria y salir -responde Crooke.
¿Y los iraníes?
-No tienen intención de aceptar nada sin un cambio radical de Estados Unidos. Desde su perspectiva, esto apenas comienza y será una guerra larga.
¿Estamos midiendo mal esta guerra?
-Completamente. Occidente sigue pensando en términos de bombardeos, destrucción del mando, “shock and awe”. Pero Irán está luchando otra guerra: dispersa, asimétrica, diseñada precisamente para sobrevivir a eso.
¿Y por qué no lo vieron venir?
-Arrogancia. Y una incapacidad estructural para salir de su forma de pensar.
¿Qué está cambiando ahora?
-Algo profundo. En Israel hay señales de inquietud. En Irán, en cambio, hay cohesión, determinación. La sociedad se ha unificado. Y eso cambia la naturaleza del conflicto.
El intercambio no es menor. Refleja con claridad el desfase entre la forma en que Occidente concibe la guerra y la manera en que Irán la está librando.
Bases subterráneas, túneles bajo montañas, sistemas capaces de evadir interceptores y una población que no colapsa ante el castigo, evidencian que un país puede resistir la destrucción sin perder su capacidad de acción.
No es casual que Irán haya desarrollado estas capacidades. Sanciones que estrangulan su economía, guerras indirectas, operaciones encubiertas, intentos de desestabilización y presiones diplomáticas constantes han obligado al país a reinventar su estrategia de supervivencia. La adversidad, en este caso, ha sido escuela.
En esta historia, la resiliencia no es sólo militar: es histórica, cultural y política. Irán ha aprendido que la verdadera defensa no se mide en la destrucción que inflige, sino en su capacidad para sostenerse en el tiempo.
Para Israel, en cambio, el margen de error es mucho menor. Su doctrina estratégica no contempla guerras prolongadas de desgaste, sino acciones rápidas y decisivas. Ahí reside una de las tensiones más peligrosas del conflicto.
El nivel de escalada potencial ha comenzado a cruzar umbrales que hace poco parecían impensables. Voces como la del economista Jeffrey Sachs han advertido que, en un escenario extremo, Israel podría incluso contemplar el uso de armas nucleares contra Irán. Más allá de su probabilidad inmediata, el solo hecho de que esta posibilidad se discuta revela hasta qué punto el conflicto ha entrado en una fase de riesgo sistémico.
No se trata únicamente del impacto militar de una decisión de ese calibre, sino de sus consecuencias políticas: un paso así colocaría a Israel en una condición de aislamiento internacional sin precedentes, en la que su viabilidad como interlocutor legítimo quedaría severamente comprometida ante la comunidad internacional y la opinión pública global. Porque en el mundo contemporáneo, incluso la fuerza más devastadora tiene un límite: la legitimidad.
Mientras tanto, Donald Trump asegura no estar listo para un acuerdo con Irán, aunque sus propias declaraciones revelan la presión por contener un conflicto que amenaza con desbordarse. Desde Teherán, la respuesta ha sido tajante: nunca han pedido un alto el fuego ni negociar.
El origen de esta confrontación no se encuentra únicamente en la Revolución Islámica de 1979, sino en 1953, cuando la CIA y los servicios británicos derrocaron al primer ministro Mohammad Mossadegh tras la nacionalización del petróleo. El regreso del sha Mohammad Reza Pahlavi, sostenido por Washington, marcó dos décadas de represión que dejaron una huella profunda en la memoria política iraní.
Ese antecedente explica el resentimiento que estalló en la Revolución Iraní, encabezada por Ruhollah Jomeini, y que rompió definitivamente la relación con Estados Unidos.
La fortaleza estratégica de Irán no reside en competir en poder militar convencional, sino en su capacidad para transformar su debilidad relativa en una guerra de desgaste capaz de alterar incluso el equilibrio energético mundial.
Irán no es el actor caótico que durante décadas ha descrito el discurso occidental, sino un Estado que ha construido una estrategia coherente de resistencia, apoyado además por una red regional que amplifica su capacidad de respuesta.
Aunque a menudo se le ubica dentro de un eje respaldado por Rusia y China, su arquitectura estratégica no nació en Moscú ni en Pekín. Fue diseñada en Teherán, a partir de dos experiencias traumáticas: la guerra con Irak y la invasión estadounidense de 2003.
De ambas extrajo lecciones claras: no depender de estructuras convencionales, dispersar el poder y prepararse para una guerra asimétrica prolongada.
Irán diseñó así su propia estrategia de supervivencia estatal. El respaldo externo puede reforzarla, pero no la explica.
Porque, al final, lo que está en juego no es sólo un conflicto regional, sino dos formas de entender la guerra: la de quien necesita ganar rápido para demostrar poder, y la de quien está dispuesto a resistir el tiempo necesario para no perderlo todo.
Y en ese terreno -el de la paciencia estratégica-, Estados Unidos no siempre ha demostrado ser el mejor jugador.
