ESCARAMUZAS POLÍTICAS

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Gloria Analco

  • La guerra de Donald Trump contra los gobiernos progresistas

Con su reunión elitista en Miami, Donald Trump le declaró la guerra política a los gobiernos progresistas de América Latina y el Caribe.

No se trató simplemente de un encuentro contra el narcotráfico, como se quiso presentar, sino del anuncio de una confrontación entre dos proyectos de región: el de los gobiernos que han priorizado programas sociales, gasto público y mayor control de los recursos nacionales, y el de una visión abiertamente orientada al mercado y a la expansión de las grandes corporaciones.

Ese patrón ya había quedado en evidencia cuando Trump intervino abiertamente en los recientes procesos electorales de Argentina y Honduras, insinuando que Estados Unidos no apoyaría a los pueblos que optaran por gobiernos que no se alinearan con su visión.

Esta vez, sin embargo, fue más lejos: bajo el pretexto de combatir al narcotráfico llegó a insinuar el uso de misiles. Formalmente habló de atacar a los cárteles, pero para buenos entendedores el mensaje parece dirigido a toda la región.

El caso de México ilustra con claridad esa tensión.

Desde la misma reunión en Miami, Trump afirmó que ese país es el “epicentro” de la violencia de los cárteles y volvió a insinuar la posibilidad de acciones militares. Pero la presidenta Claudia Sheinbaum respondió con firmeza: México coopera con Estados Unidos en inteligencia y seguridad, pero no permitirá la intervención de tropas extranjeras en su territorio.

Y le recordó algo que suele omitirse en ese discurso: que buena parte de las armas utilizadas por los cárteles provienen de Estados Unidos, un flujo que Washington no ha logrado -o no ha querido- frenar con eficacia, y que el enorme consumo de drogas en ese país sigue alimentando el negocio que después pretende combatir. En otras palabras, mientras Donald Trump habla de misiles, Sheinbaum le recordó que también hay responsabilidades del otro lado de la frontera.

El tono de la reunión dejó claro que no se trataba sólo de seguridad.

Durante la llamada cumbre del “Escudo de las Américas”, celebrada en Miami, Trump no sólo habló de misiles y de una nueva coalición militar regional contra el narcotráfico; también dejó ver una actitud de abierta superioridad hacia los países latinoamericanos “elegidos”.

En un momento del encuentro incluso afirmó, entre risas, que no pensaba aprender español porque no tenía tiempo para “aprender su maldito idioma”, una frase que retrató con crudeza el tono del evento.

En ese mismo discurso arremetió nuevamente contra Cuba, asegurando que su sistema político está en “sus últimos momentos”, repitiendo así la vieja obsesión de Washington por doblegar a la isla, a la que durante más de seis décadas ha intentado someter sin éxito.

Detrás de ese endurecimiento también aparece un trasfondo económico difícil de ignorar.

Trump redobla la presión sobre la región en un momento en que Estados Unidos enfrenta una deuda pública cercana a los 40 billones de dólares.

En ese contexto, América Latina y el Caribe vuelven a aparecer en la mirada de Washington como un espacio estratégico para asegurar recursos, mercados e inversiones favorables a las grandes corporaciones.

No se trata únicamente de combatir al narcotráfico ni de reforzar la seguridad hemisférica, sino de garantizar que los países de la región permanezcan dentro de un esquema económico funcional a los intereses estadounidenses.

Lo ocurrido en Miami, por tanto, va mucho más allá de la retórica contra el narcotráfico. Lo que realmente quedó sobre la mesa fue la intención de reordenar políticamente a América Latina y el Caribe bajo parámetros favorables a Washington.

En esa lógica, los gobiernos que prioricen programas sociales, soberanía sobre sus recursos o políticas económicas independientes serán vistos como un obstáculo.

De ahí el tono de amenaza, las insinuaciones militares y la presión política abierta. En otras palabras, la advertencia lanzada por Trump desde Miami parece clara: los países que no se alineen con el modelo económico que promueve Estados Unidos deberán prepararse para enfrentar nuevas presiones.

Los países no asistentes respiraron algo de alivio, pues en su mayoría cuentan con un fuerte respaldo popular, el arma primordial para enfrentar cualquier embestida externa.

Esa fuerza ciudadana es lo que mantiene a los gobiernos progresistas en pie frente a las presiones de Washington, y lo que convierte en vano cualquier intento de amedrentamiento desde Miami.

Mientras Trump organiza su “Escudo de las Américas” para apuntalar a aliados de su modelo económico extractivo, los países que defienden políticas sociales y soberanas siguen construyendo resistencia desde sus propias sociedades.

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