Especial para No a la Violencia)
Por Soura Sonia Formental Hernández. Psiquiatra. Diplomada en Salud Sexual y Práctica Clínica Sexológica del Centro Nacional de Salud Mental
CIUDAD DE MÉXICO / SemMéxico.- El erotismo es una capacidad humana construida a lo largo de la vida y se refiere a toda práctica relacionada con el tocamiento y disfrute del cuerpo, de las zonas erógenas, las fantasías sexuales, el contacto bucogenital, los besos, las caricias, el intercambio con otras personas, del autoerotismo y el placer; todo ello experimentado en las fases de la respuesta sexual humana. En este sentido, el erotismo es el elemento movilizador del deseo.
En esta línea, erotismo y deseo son inseparables en la búsqueda del placer y de aquellas sensaciones de disfrute, goce, complacencia y satisfacción.
Todos estos procesos integran la sexualidad y se construyen con la intervención de aspectos biológicos, psicológicos, sociales, culturales y políticos; vivenciados y expresados con significados simbólicos y concretos.
En esta combinación de aspectos incorporados desde la infancia, y reforzados socialmente a partir de mandatos y aprendizajes socioculturales, se arma la relación cuerpo-deseo-placer-erotismo. En ese mismo entramado se producen y reproducen desigualdades de género que, de manera abierta o silenciosa, facilitan distintas formas de violencia. Se trata de una construcción social asimilada, aprehendida y generadora de preocupaciones relacionadas con las prácticas eróticas.
De ahí que se necesita un análisis crítico que cuestione cómo estos aprendizajes operan en contextos donde el silencio, la normatividad y la asimetría de poder regulan el comportamiento erótico. En un escenario social atravesado por una cultura patriarcal persistente que presiona, estigmatiza, divide, cosifica y subordina a las mujeres y garantiza el dominio de los hombres, sin desprenderse del enfoque binario y de la heterosexualidad obligatoria.
En este caso, el trabajo clínico grupal con parejas cubanas que presentan preocupaciones y trastornos sexuales visibiliza los malestares eróticos a partir de la exploración de percepciones, creencias, significados y modos de relación en torno al cuerpo.
En este grupo, la forma en que se aprende —o se evita aprender— sobre el cuerpo y la sexualidad propicia los malestares eróticos. Se observa que las brechas educativas asociadas a la educación sexual restrictiva
–que evita el cuerpo, reduce la sexualidad al riesgo o anula la conversación de estos temas–, intervienen en la manera en las personas regulan los vínculos consigo mismas y con otras.
El descubrimiento del cuerpo necesita exploraciones, palabras, intercambios, referencias, permisos simbólicos. Ante estas brechas, el erotismo se fragmenta o queda silenciado. En consulta, las personas no acuden con preguntas directas sobre educación sexual. Advierten ansiedades, depresiones, problemas de autoestima, relatos de incomodidad y de culpa.
Al revisar esas demandas, aparece una constante: no reconocen su propio cuerpo como fuente de placer; es un tema no valorado, no tratado, no nombrado, no explorado, desconocido, evitado, lo cual queda evidenciado en la exploración personal con frases que se repiten:
“Algo no funciona y no entiendo qué puede ser”, “tengo una sensación de opresión y en otros momentos lloro”, “no sirvo para nada”, “siempre sentí mi cuerpo como algo ajeno, como si no fuera mío”, “no es dolor, es incomodidad…pero no sé explicarme”, “hay momentos en que el cuerpo vibra, se tensiona, pero no entiendo que sucede”.
“Estoy con mi pareja, pero no logro entregarme”, “siento que hago algo que no debería”, “no sé si lo que hago está bien o mal”, “es algo que pasa, no lo cuestiono”, “el cuerpo se tiene que cuidar y controlar, no disfrutar”, “lo que siento no es importante”, “nunca me dijeron cómo funciona el cuerpo”, “es como si hubiera aprendido sin mirar adentro”.
En muchas ocasiones, se manifiestan aprendizajes para adaptarse y se reproducen desigualdades, aunque en estos procesos las exigencias son distintas, pero llevan implícito empobrecimiento del deseo y no disfrute de prácticas eróticas enriquecedoras. Más que aprender a conocer, escuchar y disfrutar el cuerpo, las personas aprenden a adaptarse a lo esperado, a lo normado y a lo pautado en la sociedad.
En las mujeres, el aprendizaje del cuerpo no se construye desde la libertad, la exploración, el intercambio, el autoconocimiento, sino desde la necesidad de ajustarse a las expectativas externas, desde los silencios, las represiones, los límites y la no legitimización del placer, vulnerabilidades que favorecen la violencia.
Se aprende a acomodarse, a qué se espera de ella; son estrategias para sostener vínculos, evitar conflictos, reducir culpa o rechazo. Adaptación expresada en consultas con frases simples, pero ilustrativas, como estas:
“Nunca supe qué era lo me gustaba”, “para mí, era normal no sentir nada”, “adaptarme y satisfacerlo era lo que entendía como amar”, “no se pregunta ¿qué siento?, sino ¿qué debo hacer?”, “tengo que complacerlo y no incomodarlo”, “lo que me sucede a mí no es importante, por eso no se dice”, “pensé que así era, que tenía que acostumbrarme”, “yo no elijo, yo aguanto”.
En los hombres, la adaptación toma otra forma; pero el efecto es similar, con restricciones, presión constante, ansiedades, dificultades para registrar el propio deseo, reafirmación permanente de los mandatos de la masculinidad hegemónica: no fallar, siempre rendir, no expresar afectos ni comprometerse, negar dudas o malestares, y la desconexión emocional para responder. Se trata de un cuerpo presente, pero con sufrimiento; que ejerce violencia contra las mujeres, contra ellos mismos y contra otros hombres con masculinidades no hegemónicas, lo cual queda referido en el trabajo clínico:
“Tengo que responder aunque no tengas ganas”, “no puedo fallar”, “no sabía que se podía parar”, “no se puede mostrar dudas porque eso me hace vulnerable”, “hago lo que toca”, “decir que no, eso nunca, eso no es una opción”, “pensé que no había alternativas”, “mi pene es mi zona erógena”, “el ano y las tetillas no se tocan, son zonas prohibidas”.
Los análisis antes expuestos demuestran que el erotismo se desprende de la dimensión de intercambio y se vuelve una experiencia desigual, condicionada por aprendizajes sexuales diferenciados que generan relaciones atravesadas por asimetrías que alternan: adaptación-respuesta o silencio-poder; todas ellas declaraciones de violencia con ansiedades, depresiones, disfunciones sexuales, en respuestas a historias donde el cuerpo expresa lo que no se comunica de manera abierta.
El trabajo clínico grupal con parejas cubanas con situaciones relacionadas con el erotismo permite observar que estos mandatos intervienen en la sexualidad y se manifiestan brechas de conocimiento en torno al cuerpo, la respuesta sexual, el no disfrute de prácticas eróticas placenteras, respecto a creencias negativas, mitos y tabúes.
En esos espacios emergen percepciones, significados y formas de relación en torno al cuerpo, el deseo y el poder, no como teoría, sino como vivencia. La educación sexual se mantiene centrada en advertencias, prohibiciones, consecuencias y riesgo. Así, en la praxis clínica se declara:
“Yo soy mujer y tengo un hueco para penetrar y defecar”, “masturbarse es de hombres y es morboso”, “los hombres somos poderosos, pues cinco veces cada noche tengo sexo”, “mi masculinidad dicta que mete y saca es la técnica”, “el sexo oral es sucio”.
El consentimiento y las prácticas eróticas consensuadas aparecen como consignas, no son producto del aprendizaje progresivo ligado al autoconocimiento, a la comunicación, al respeto, al goce y cuidado del cuerpo, de la salud y de una autoimagen positiva. En ese escenario, el erotismo se mantiene sujeto a interpretaciones confusas y desiguales.
Educar y nombrar el cuerpo también es prevenir
En la práctica clínica, se requiere enseñar a nombrar, poner palabras, nominalizar para reordenar, reconstruir y mejorar la vivencia erótica; también fortalecer la capacidad de elegir, respetar, poner límites, comunicar lo que excita, incomoda o apaga; retirarse de situaciones dañinas, reconocer que el cuerpo necesita ser enseñado y que el deseo no se centra en amenazas.
La educación sexual integral desde edades tempranas –entendida como un proceso que incluye cuerpo, emoción y vínculo– es una herramienta de prevención en salud mental, sexual y violencia de género. Educar para el erotismo consciente garantiza el diálogo, el intercambio, el autoconocimiento del cuerpo; el silencio pierde fuerza y se reduce la desigualdad con la que se vive y expresa la sexualidad. Todo ello protege y respeta los derechos sexuales, con el empoderamiento de las personas como sujetos de su propio desarrollo y bienestar.
AM.MX/fm
