Entregar el alma al diablo

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Federico Berrueto
El Nobel de Economía, Paul Krugman, afirma que los pactos fáusticos con Donald Trump siempre acaban mal para todos, menos para él. No tiene llenadera: pide más y más y más. Nada es suficiente. Krugman se refiere a los empresarios y, en especial, a Scott Bessent, secretario del Tesoro, quien de representante de Wall Street en el gabinete ha pasado a ser un empleado que se humilla cada vez que habla; a cambio, no se sabe de qué, decidió convertirse en el sicario al que también se le encarga ir por los refrescos. El desfiguro de Trump, Bessent y Lutnick en Davos no guarda precedente.
El tema es relevante para México porque nadie en el mundo ha hecho más por Trump que la presidenta Sheinbaum. A ella debe el mayor logro —el freno casi total de la migración ilegal—. El país ha entregado ilegalmente a un centenar de narcotraficantes para ser exprimidos en Estados Unidos y dejar a algunos impunes no obstante sus crímenes en el país, todo al margen de las garantías constitucionales previstas en el tratado y en la ley de extradición. También la disminución del ingreso ilegal de drogas a territorio norteamericano se debe a las autoridades mexicanas. México impuso aranceles a China, que mereció el aplauso de Peter Navarro, asesor comercial, un halcón y autor de la estrategia arancelaria de Trump. Asimismo, se ha cedido en temas como el agua, el gusano barrenador, la incursión de drones sobre territorio nacional y el gravamen a las remesas. México, obediente, seguramente atenderá otras exigencias, como suspender o disminuir las dádivas que el gobierno de Morena entrega al régimen castrista de Cuba.
La presidenta le ha vendido el alma al diablo. Lo hizo con Andrés Manuel y con Trump. Quien a dos diablos sirve, en su salud lo hallará; dilema crítico. Trump no tiene llenadera; López Obrador tampoco. Trump, como López Obrador, ignora la ley. Trump y López Obrador no creen en la justicia formal. Trump ni López Obrador atienden otra razón que las propias. La presidenta está en problemas por vender su alma por partida doble.
La historia no termina ahí. Andrés López Beltrán tuvo la peregrina idea de recurrir al registro corporativo a semejanza del viejo PRI para cumplir la meta de más de diez millones de adherentes de Morena. Mejor habría hecho en imitar a Roberto Madrazo, entonces secretario de Organización del PRI, cuando Colosio le encomendó tarea semejante, vació los directorios telefónicos y evitó que organización alguna entregara los padrones de sus miembros. Al final, la gente vota como le viene en gana, lección dolorosa para el PRI y para Salinas, cuando los veinte millones de votos prometidos se tradujeron en apenas la mitad, buena parte proveniente del sector campesino y uno que otro inventado o votante del camposanto.
El corporativismo fue la obsesión del siglo pasado. El arreglo fáctico o institucional entre el gobierno y los sectores productivos resultó fundamental en la modernización del país. Los militares fueron expulsados de la política y se creyó que el corporativismo bastaría. La historia mostró que los compromisos de los dirigentes no se trasladan a la base social, así que por la vía electoral entró agua.
Lo que viene es de pronóstico reservado. Trump es irresponsable en extremo, como revela su determinación de anexar Groenlandia. Los contrapesos que frenan el abuso del poder presidencial no están operando con la rapidez necesaria. Peor en México: simplemente ya no existe una Corte independiente y no hay juez capaz de hacer valer la constitucionalidad en un asunto de interés presidencial. Los poderes fácticos, incluidos los medios, se oponen a Trump, pero él no sólo los ignora, los persigue y los combate. En México, en cambio, aplauden como focas, porque el capitalismo de cuates define la relación con empresarios y dueños de medios. Más de siete años sin escrutinio al poder, salvo excepciones.
Trump tiene su tiempo contado. De aquí a entonces puede causar mucho daño, pero se sabe que la pesadilla terminará, quizá con la elección intermedia de noviembre y con toda seguridad al concluir su segunda presidencia, de la que nadie, ni siquiera el candidato republicano, querrá acordarse: un presidente de la ignominia y posiblemente bajo juicio.
En México, el porvenir es lúgubre, porque se destruyeron las instituciones; porque quienes pudieron frenar la devastación callaron, algunos incluso aplaudieron, y no faltó quien la promoviera. Abrumador futuro. Todos los populismos concluyen en drama y en tragedia.

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