Elvis Presley: de ícono a tragedia, la historia de sus últimos días

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MEMPHIS, TENNESSEE.- Durante la década de 1970, Elvis Presley ya no conservaba el estatus de ícono revolucionario que había redefinido el escenario musical global en los años 50. Afectado por una serie de excesos personales y un creciente aislamiento, su deterioro físico y emocional era evidente. Aunque su voz mantenía su característica potencia, su condición física reflejaba un claro declive, marcando el agotamiento y la decadencia de un artista que luchaba por vivir a la altura de su propia leyenda.

El cuerpo de Elvis se convirtió en su prisión. En sus últimos años, llegó a pesar más de 110 kilos, muy lejos del ídolo atlético de los 50. Retenido por el abuso de medicamentos, apenas dormía y su dieta era una caricatura del exceso sureño: hamburguesas, helado y su famoso sándwich de mantequilla de maní con plátano. La salud del Rey se deterioraba, pero el show debía continuar.

Elvis no era un drogadicto callejero: su perdición tenía receta médica. Según los informes posteriores, consumía una media de doce tipos de fármacos diarios —anfetaminas, barbitúricos y analgésicos— administrados por su médico personal, el “Dr. Feelgood” George Nichopoulos. En 1977 se calculó que había tomado más de 10.000 pastillas en un solo año. Su energía en el escenario era química, no divina.

Encerrado en su mansión de Memphis, rodeado de guardaespaldas, familiares y aduladores, Elvis se convirtió en una especie de emperador recluso. Las giras se habían vuelto rutinarias y su círculo cercano vivía de mantener al mito en pie. En Graceland, las cortinas siempre cerradas y los televisores encendidos daban la sensación de un mundo detenido en los años dorados del rock.

El 26 de junio de 1977, Elvis ofreció su último concierto en Indianápolis. A duras penas podía moverse, pero su voz aún conmovía. Cantó ‘Unchained Melody’ con una intensidad casi agónica, mientras el público lo aclamaba como si aún fuera el rebelde que había conquistado Las Vegas. Nadie imaginaba que sería su despedida. Dos meses después, el Rey dejaría su trono vacío.

Ese día, Elvis Presley fue hallado inconsciente en el baño de Graceland por su novia, Ginger Alden. Tenía 42 años. Los médicos certificaron su muerte por un colapso cardíaco, aunque los informes toxicológicos revelaron la presencia de varios fármacos. El ídolo que había hecho temblar al mundo murió solo, en pijama, con una Biblia en la mesita y demasiadas pastillas en el cuerpo.

La noticia paralizó a Estados Unidos. En las primeras 24 horas, se vendieron más de 20 millones de discos de Elvis. Miles de fans se reunieron frente a Graceland; algunos desmayados, otros llorando con fotos y velas. En Memphis, las emisoras de radio repitieron ‘Love Me Tender’ sin descanso, mientras la industria del espectáculo comprendía que acababa de perder a su mayor fenómeno.

El 18 de agosto, más de 80.000 personas acudieron al funeral en Graceland. El ataúd de cobre macizo, el llanto de Priscilla y Lisa Marie, y una procesión interminable por las calles de Memphis dieron forma a una ceremonia casi bíblica. Cuando el féretro fue trasladado al cementerio de Forest Hill, los fans rompieron las vallas para tocarlo. Luego sería trasladado definitivamente al jardín de Graceland, donde aún hoy descansan sus restos.

La muerte de Elvis dio lugar a una religión paralela: la de los que se negaban a creerla. Surgieron testimonios de supuestos avistamientos —en aeropuertos, gasolineras o islas del Caribe— y revistas que juraban tener fotos recientes del cantante. Algunos aseguraban que había fingido su muerte para escapar de las presiones de la fama. Hasta hoy, más del 7% de los estadounidenses dice creer que Elvis sigue vivo.

Décadas después, Elvis Presley sigue vendiendo millones de discos al año y atrayendo peregrinos a Graceland —más de 600.000 cada año—. Sus grabaciones como ‘Suspicious Minds’ o ‘Can’t Help Falling in Love’ suenan en bodas, películas y bares de carretera. Murió el hombre, pero no el símbolo: el chico pobre de Tupelo que hizo del rock un imperio, y del exceso, una advertencia eterna.
AM.MX/fm

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