domingo, julio 21, 2024

El velo de la ignorancia

(soberbia en el Himalaya intelectual/político)
Por Rafael Serrano

Pese a la derrota electoral, la oposición o el bloque opositor sigue aferrado a su pasado. No ha hecho una ruptura con sus posicionamientos (percepción/actitud) ni con sus comportamientos. Aferrados a su esquizofrenia y a sus fantasmas trasnochados, los opositores siguen explicando su fracaso desde la perspectiva del paradigma del priismo y su modelo del péndulo sexenal, acompañadas de las narrativas del “caos”. Cuando eran poder no hubo diferenciación ni “contrapesos” sino una simulación: una proliferación de “organismos autónomos” surgidos de una fantasmal “sociedad civil” administrada por una burocracia intelectual dorada que se asume, vaya cinismo, como “contrapeso” de la vida pública (¡¡). Y a eso llamaban “democracia” o “tránsito a la democracia”.

Es un discurso cuya fuente simbólica es la restauración del orden neoliberal embalsamada en retórica posmoderna. Cuyos relatos, si no seguimos el “curso histórico irreversible”, nos hará retornar al pasado autoritario y a la fábula del laberinto de la soledad; “desde un lugar en la selva de Palenque” se revivirán épocas aciagas: la sombra del caudillo y el poder detrás del trono (Maximato) dirigirá el país. Relato que abreva en el mito de que la historia se repite y que se acuña en la malograda frase: “NO se toca”. Cero reflexión y una autocrítica light que más bien redunda en un discurso autoritario donde no existe lo contrario, lo opuesto. El asombro/enojo/descalificación/ira ante una ciudadanía (pueblo) que tenía otra lectura del país y de su realidad. Lo expresó la niña/abuela “bien” Guadalupe Loaeza; en el avión a París todos coreaban: FUERA MORENA. El futuro está en las Galerías Lafayette, en el barrio de Salamanca en Madrid o en la avenida Mazarik de Polanco en CDMX. Así piensa la casta no necesariamente divina.

La oposición y su contradictorio bloque nunca nos mostró un proyecto de país: ¿lo tenían o sólo era oponerse desde el odio cerval a AMLO?; ¿eran unos simuladores que ofrecían la restauración del orden neoliberal conformando una alianza alucinante entre partidos que habían perdido su dignidad y respetabilidad? Condujeron a una encabritada clase media conservadora a las calles y las ilusionaron con un “remake” de las revueltas de los insumisos o los chalecos amarillos, desde un Starbucks con vestimenta deportiva. Escogieron, con dedazo, a una candidata que fue una caricatura llena de ocurrencias naive regidas por un ego sublimado, cuya dramaturgia consistía en decir blanco o negro (ser troskista o empresaria transa) creyendo que la banalidad y trivialidad eran “ser del pueblo” entre risas adolescentes.

Sus “estrategas” pensaron que la ciudadanía era un ganado ovino alimentado por un pastor mesiánico que no reflexionaba ni era capaz de hacer “abstracciones”. No se dieron cuenta que habían perdido la batalla cultural. AMLO hizo pedagogía política y politizó al pueblo a través de más de 1000 mañaneras que confirmó con una buena gobernanza. No es sólo hablar sino hacer. Esto no lo reconoce la oposición. Por supuesto, ha habido errores, excesos u omisiones de la 4T. Sin embargo, los logros y los resultados son mayores. Esa fue la percepción y el comportamiento del electorado el 2 de junio. Lo que llaman división y odio de clases se convirtió en un reclamo de justicia y de equidad. La desigualdad social se manifestaba y se manifiesta en los privilegios de una oligarquía: en la gigantesca corrupción que se vivió, como nunca, en 36 años de “prosperidad” neoliberal. Y la ciudadanía “premió” a la 4Ty le dio un bono para transformar el país radicalmente.

Al combatir la corrupción encontramos que los grandes empresarios, “machuchones”, no pagaban impuestos; que las aduanas estaban tomadas por el crimen organizado o por grupos de intereses (stakeholders mafiosos); que desde Pemex se administraba el huachicol; que la electricidad estaba en manos de empresas extranjeras que abastecían a precios bajos a empresas nefastas como OXXO; que PEMEX fue devastada y se esfumaron miles de millones de dólares durante el auge petrolero (Fox) hasta casi quebrarla (Peña Nieto); que los servicios de salud y las medicinas estaban en manos de oligopolios donde algunos políticos medraban en contubernio con farmacéuticas leoninas; que el sistema de justicia está corrompido estructuralmente: desde los ministerios públicos y fiscalías hasta el sistema de las cárceles privatizadas, pasando por un sistema judicial podrido que no es expedito ni da certeza jurídica y que parece aliado de los poderes facticos (oligopolios y partidos políticos) con sueldos y prebendas ofensivas; que México fue un narco Estado en la época de Calderón (García Luna affaire); que teníamos unos organismos “autónomos” que administraban enormes recursos con una gran ineficacia/corrupción, llenos de privilegios que son ofensivos para un país tan injusto como México; y un largo etcétera. De esto se dio cuenta el “pueblo” y también se dio cuenta que ese dinero robado o esos “recursos” expropiados impedían el desarrollo social y la prosperidad compartida. Y mandató: cambio de Régimen.

Paradójicamente, la oposición, ahora, pide que el nuevo gobierno, de Claudia Sheinbaum, “rompa” con AMLO y la 4T reviviendo el paradigma de los sexenios virreinales del priato; eufemísticamente hablan de “diferenciarse” y de ser “contrapeso” ante una mayoría que los confinó a la marginalidad. Confunden la construcción del consenso con la imposición de la voluntad de las minorías sobre la voluntad de las mayorías, a eso le llaman evitar la “tiranía de la mayoría”. Prevalece en la “intelectualidad” conservadora el añejo discurso de tufo priista: muere el presidente saliente y nace una presidenta…ha muerto el rey… viva la reina… borrón y cuenta nueva. Todo se rige por el péndulo oligárquico. Cambia pero no cambia (Lampedusa dixit). Para los conservadores de hoy, como los de ayer, el porvenir es la restauración, regresar al pasado o la jaula del iracundo Roger Bartra: ante tanta “deriva” autoritaria”, “la pérdida de contrapesos” (sic) y el “desmoronamiento” de las instituciones no cabe más que enjaularse. Cuanta pobreza reflexiva y miseria moral.

Uno de los capos de la intelectualidad conservadora, Aguilar Camín ha señalado que sus bastiones para restaurar el “orden democrático” son los órganos “autónomos” y el Poder Judicial y añadiría: el poder mediático y la oligarquía académica que se ha adueñado de las universidades e instituciones de educación superior. En esos cotos, madrigueras, está la resistencia a la 4T y a su propuesta de un nuevo Régimen y una nueva República. Para ello habrá que dar una batalla cultural y política. Será dura y esperamos que pacífica.

El velo de la ignorancia del bloque opositor

Siguiendo a Gastón Bachelard (“Formación del Espíritu Científico”) la ruptura es abandonar una percepción, una actitud o un comportamiento para asumir otros enfoques y otra agenda. Cambiar de paradigma implica reconocer que los errores políticos no son solo achacables a los adversarios sino a los errores propios que se muestran en los fracasos electorales. Bacherlard les llamó obstáculos para conocer (epistemológicos). En política, identificar y superar los obstáculos epistemológicos requiere de un acto de contrición y una propuesta de redención. Rawls, un filosofo conservador, habla de que el velo de la ignorancia impide ascender a la racionalidad y superar la falsa conciencia: “…implica que las personas ignoran su posición real en la sociedad cuando determinan los principios que regirán sus vidas”. La derecha recibió un golpe de realidad pero una buena parte todavía ignora su posición real. Caminan ciegos y miopes. Si observamos, en la clase política solo unos cuantos han hecho un autocrítica severa (destaco a Damián Zepeda y en menor medida a Aurelio Nuño y Roberto Gil Zuarth). Pero en general, la derecha más bien se convulsionó y se llenó de ira: negó lo sucedido y después descalificó a los votantes acusándonos de descerebrados (ideologizados por AMLO), comprados por los programas sociales y encadenados de nuevo por “la tiranía” (Dresser).

La oposición no ha abandonado sus viejas ideas; al contrario, se aferra a sus atavismos y sus clivajes. Después del diluvio (2018-2024) que los llevó a navegar en un arca llena de animales políticos viejos y enfermos ha encallado en un desierto. El triunfo de la 4T los enfrenta a recorrer seis años más las dunas sociales; sin Tablas de la ley ni vara de Abraham que los guie, sin vestimentas ni camellos para resistir el sol ardiente el Sahara social que les espera. La travesía en el desierto presagia el fin de los partidos tradicionales. Mientras sobreviene su extinción, el “bloque” opositor se fuga hacia delante o se exilia virtual o presencialmente en sus oasis sociales y en sus melancólicas y vitriólicas tertulias: “se van del país” a vivir en las democracias “avanzadas” y “seguras” (síndrome argentino) como Canadá o Estados Unidos y en alguna ciudad exuberante y excesiva como Toronto, Vancouver, Miami o San Diego llena de Malls y de consumismo libertario; otros se “quedan en el país” para “dar la batalla” y no dejar sus negocios que no han dejado de ganar en estos años de “colectivismo” zurdo. La clase media que tanto alaban la abandonan o la dejan cuidando sus changarros (empresas), “pertenecen a la cultura del esfuerzo”: “a trabajar…”
El velo de ignorancia se vuelve burka; o como decía Bachelard, en términos elegantes, los opositores y buena parte de la “marea rosa” tropiezan y no saltan sobre los obstáculos epistemológicos. No abandonan ni rompen con su discurso. No han abandonado el pasado y vuelven a la jaula que les construyó el converso Roger Bartra: una melancolía depresiva que explota en ira, negación e irracionalidad vestida de racismo, clasismo y homofobia. Como se expresa en ese “Chorus line” mediático compuesto por los bustos parlantes de Alazraki, Dresser, Loret, Brozo, Alatorre, Loaeza, Vale, Ferriz, Marín, Lopez Dóriga, Aristegui, Cárdenas, Zuckerman, Riva Palacio, Sarmiento, R. Delgado, Gómez Leyva, Micha, Warkentin, Uresti, Hernández, etcétera. Un casting cortado a la medida del viejo sistema mediático. La mayoría de estos “libertarios” del micrófono y de la pluma repiten un mantra: el presidente los insulta, los agravia y, dicen, se vive en un sociedad que mata periodistas; que vive una crisis económica latente, tomada por el crimen organizado. Difunden sin rubor bulos y señalan que estamos en una extraña “deriva autoritaria” que les permite todo: hablar de todo, opinar con desenfreno, mentir e injuriar; transitar, reunirse para complotar o marcar el rumbo del país, creer en lo que quieran y seguir cobrando fortunas para hacer de fogoneros del viejo régimen. Están en tránsito a su disolución. Mientras lo padeceremos.

La votaciones del 2 de junio mostraron que estamos viviendo un cambio de Régimen no solamente un cambio de gobierno. El país es otro y no puede ser visto con los ojos del pasado y con los paradigmas de los intelectuales que edulcoraron términos o los adaptaron mañosamente. Conceptos como democracia, transición, contrapesos, populismo, institucionalidad, estado de derecho, respeto de la minorías, “deriva autoritaria”, “elección de estado”, “totalitarismo”, fueron reconvertidos o descafeinados. Los intelectuales orgánicos fallaron en sus diagnósticos y estrategias; y después del tsunami electoral, hicieron mutis o repartieron culpas y con soberbia, evadieron la autocrítica. Dejaron sola a la marea rosa, sin el báculo sabio de Abraham que indica el camino. Los intelectuales no saben perder ni reconocer sus errores, mucho menos avergonzarse de sus desmesuras. Su soberbia los pierde.

Ahora ya sabemos que México no es lo que pensaba Octavio Paz o Roger Bartra. Ni lo que postulan los nuevos capos intelectuales: Enrique Krauze o Héctor Aguilar Camín. Ellos viven en un clivaje mental que les impide ver y respetar a la ciudadanía o el pueblo llano tal cual es. Estos visires entorpecen y confunden. Hacen todavía daño. Debieran jubilarse o irse a meditar sobre sus errores “estratégicos” que permitieron unir al pasado nefasto (PRI) y la voracidad de los neo-derechistas que se apoderaron del PAN que alguna vez fue un partido demócrata. El “bloque” opositor, hoy un amasijo de intereses donde cabe todo, se esmera en construir una narrativa numantina que se niega a reconocer que ya se vive un cambio de régimen.

Vivimos momentos cruciales: un reemplazo de todas o parte de las instituciones del Estado. Sobre todo, los aparatos de justicia y seguridad del Estado. Se avecina el desmantelamiento del orden mediático y el arribo de una nueva opinión pública construida desde los ninguneados públicos; y finalmente, se avizora el reordenamiento de las escuelas que prohijaron profesionales sin compromiso social ni ética. Tal como lo previó Baumann ya vivimos en una sociedad líquida. Viene el Tsunami. Ya comenzó. ¿será una avalancha? Esperamos liberadora y pacífica. Para aterrar al establecimiento. Fin de su mundo y de sus instituciones que terminarán por irse al … diablo.

 

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