El tufo amargo de la venganza

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Federico Berrueto
El rencor personal envenena el alma: es un pesado fardo para transitar por la vida. Algo similar pasa cuando este sentimiento domina la política. Se convierte en una ponzoña que inhibe hacer lo mejor y abre espacio a la venganza, con frecuencia contra enemigos imaginarios. El pasado dejó de existir y la única manera de darle vigencia es el intento de cobrar cuentas pendientes. El odio se impone, y ha sido el asiento de la polarización que tanto ha perjudicado al país.
A López Obrador lo intoxico la derrota de 2006. En perspectiva, fue una pena para todos: de haber ganado aquella presidencia, probablemente habría sido muy distinta de la que ejerció a partir de 2018. Llegó con la obsesión de hacer rendir cuentas a Felipe Calderón y a todo lo que se asociara con él. En marzo de 2019, en la mañanera, al lado del titular de la UIF, decidió bloquearle cuentas de empresarios directivos del CCE vinculados al financiamiento del documental del populismo y de algunos más que nada tenían que ver.
Antes, la cancelación de la obra del nuevo Aeropuerto fue una forma de revancha a los empresarios asociados al poder, muchos de los cuales terminarían siendo igualmente cercanos a su gobierno y beneficiarios en exceso y sin transparencia de la obra pública obradorista.
La venganza alcanzó a los medios de comunicación. La mayoría se allanó; periodistas y editorialistas quedaron expuestos. Algunos fueron despedidos, otros optaron por el colaboracionismo. Pero para el presidente no había término medio: o sometimiento o persecución. Los criminales que ensangrentaron al país nunca fueron objeto de sus admoniciones matutinas, sí, y con exceso y recurrencia, líderes de opinión independientes.
El gobierno actual ha heredado, con formas más sutiles, ese mismo sentimiento: rencor, animadversión y rechazo. Persiste la idea de que incluir al otro equivale a traicionar la causa. Desde luego, el poder matiza estas actitudes. Se administra según convenga: con quienes se necesita —los grandes empresarios— o a quienes se teme —Donald Trump o los capos—. Para los demás, rechazo, calumnia y exclusión.
En lo sustantivo no hay cambio; al contrario, se agrava. Un ejemplo es el uso de la figura de la violencia política de género para convertir al tribunal electoral en cancerbero del régimen frente a la libertad de expresión, incluso ante comunicaciones privadas.
El llamado Plan B está redactado desde la lógica de la venganza, no es morralla de la anterior iniciativa. El INE, en nombre de la austeridad y el ahorro, recibiría un nuevo golpe, ahora más severo. De todo lo que allí se plantea destacan dos manzanas envenenadas: incluir los temas electorales entre los asuntos sujetos a consulta popular y modificar la fecha de las elecciones.
Con lo primero, el régimen podría obligar al Partido del Trabajo y al Partido Verde Ecologista de México para imponer lo que en esta ocasión frenaron. Ambos han dado su aval al plan B, con ello han abierto la posibilidad de quedar excluidos de la ya disminuida pluralidad política resultado de la consulta popular.
Pero más pernicioso sería el cambio de fecha para la consulta popular para la ratificación del mandato. “Tengan para que aprendan”: es el principio de la ponzoña obradorista. La presidenta Sheinbaum hará campaña mientras todos —aliados y opositores— enfrentarían una elección en la que las instituciones del Estado, ahora más que nunca, estarían al servicio de un partido, de una boleta y de unas siglas.
Es malo para la democracia, entendida como competencia justa, pero peor para el país, porque profundiza una realidad preocupante: la ausencia de Estado, de legalidad y de una autoridad al servicio del interés general o del bien común.
Queda al desnudo el ethos del obradorismo: reproducirse en el poder concentrando lo público y ejerciendo su voluntad a partir de la supremacía que le da el control del aparato estatal. Los votos se convierten así en un mecanismo para avalar una realidad impuesta desde la verticalidad y del poder sin límites o contrapesos.
Una parte importante de la opinión independiente se ha concentrado en rechazar a López Obrador, como una forma de eximir y avalar a la presidenta Claudia Sheinbaum. No advierten que se trata de lo mismo.
La apuesta del régimen es que esa postura continúe: aceptar lo que existe y repudiar a quien ya se fue, aunque siga siendo factor de cohesión, devoción y, en cierta forma, de mando para la causa gobernante.
El Plan B tiene un rancio tufo de venganza. La marca de la casa.

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