El quiebre de la impunidad

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Federico Berrueto

El país a paso lento sigue por un camino sinuoso. El silencio cómplice cede ante la realidad, ante las develaciones que se sobreponen al engaño y a la estafa política. El país va mal, pero sigue su ruta, y podría pensarse que el tiempo será favorable. La cuestión es que ahora, como nunca, se vive en la impunidad. Se prescindió de la legalidad privilegiando el interés del grupo en el poder por encima del país; porque el crimen ganó terreno y porque, recientemente, el régimen político resolvió eliminar el sistema de justicia sin medir las consecuencias: condenar al país al atraso y a las personas y quejosos a un estado de indefensión.

La impunidad, en sus variadas formas, es el signo de nuestros tiempos. Deseable que tuvieran razón quienes ven en el encarcelamiento del alcalde de Tequila, Jalisco, un punto de inflexión; pero, la reserva se impone debido a su reemplazo. La restauración del Estado de derecho no es tal; se reproduce lo contrario por dos razones: el tejido institucional está descompuesto y no existe capacidad para restaurarlo; la prioridad es la reproducción del régimen, no la recuperación del sentido de legalidad. Para la justicia no hay coartadas como se pretende; requiere de una institucionalidad y que se hagan respetar las reglas, particularmente frente al poderoso.

La marcha del país se dificulta por la impunidad. No total, porque el poder no puede controlarlo todo; ni puede silenciar el testimonio de actores relevantes que fracturan el cerco del silencio y exponen faltas graves en el ejercicio del poder, incluso entre quienes aspiraban a la condición de redentores. Como suele suceder a lo largo de la historia, los cruzados son peligrosos, porque en su guerra santa son los más propensos al abuso y a las atrocidades.

La impunidad ahora queda exhibida, y ese es el principio de algo distinto. Al quedar al descubierto la criminalidad desde el Estado, se rompe la narrativa moralista del régimen. Tapar el sol con un dedo sirve a quien lo intenta, no al conjunto. Las revelaciones de Julio Scherer Ibarra marcan ese inicio. El régimen se afana en descalificar al emisario; sin embargo, el dicho ahí está, y el emisor fue el colaborador más cercano al presidente, también su compañero en la larga épica de arribo al poder.

Andrés Manuel, el líder opositor poderoso y persistente, se sirvió con creces de una promesa de cambio propia de un redentor moral y social. Ya en el poder, se traicionó a sí mismo, más que a nadie más.

El descontento es un supuesto necesario para el cambio; su aritmética es inequívoca: conforme mayor es, más elevada resulta la inclinación popular y de los sectores medios para abrazar propuestas radicales. En este entorno, la intransigencia del opositor despierta devoción y hace sentir que se lucha por una causa superior que vale todo. La seducción alcanza a muchos y cautiva incluso a personas excepcionales, caso de Julio Scherer García.

El primer tercio del libro del hijo ilustra el tránsito del obradorismo en la incertidumbre y la adversidad. Resulta reveladora la admiración del padre —un hombre curtido como agudo observador crítico y hasta víctima de la política— por López Obrador.

La traición de López Obrador fue temprana, casi inmediata. No se percibió porque todos validaron la continuidad de la mística opositora ya en el poder. La militarización fue la primera gran traición. Ignorada quedó la debilidad del falso redentor, basada en la sumisión y la obediencia. Nunca hubo moderación.

La cuota de lealtad sobre capacidad representa una irresponsabilidad extrema ante la complejidad del gobierno. La lealtad siempre será discutible, porque cada uno la entiende a su modo. En el fondo, significa desprecio por el profesionalismo y el mérito, postura propia de quienes por ello se sienten amenazados. El principio se mantiene vigente, y una muestra es la calidad del presidente de la Corte, Hugo Aguilar, y de quien le sucederá al concluir su gestión, Lenia Batres, íconos de mediocridad profesional.

La impunidad está fracturada porque el régimen político quedó exhibido en su empeño por ocultar. De poco sirve insultar al mensajero o imputarle intenciones aviesas. Central es la veracidad de su testimonio. Preocupa y sugiere una complicidad sistémica que el poder se refugie en el insulto en lugar de proceder a su depuración. Es la respuesta de un régimen político más que enfermo, desahuciado.

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