LOS ANGELES, CALIFORNIA.- Después de más de tres años de conversaciones reservadas, un grupo de alrededor de 120 personas vinculadas a Hollywood y Silicon Valley hizo público un primer marco para discutir el uso de inteligencia artificial en la producción audiovisual.
La iniciativa reúne a cineastas, actores, ejecutivos de estudios y especialistas en tecnología, y busca algo bastante básico: establecer un lenguaje común para hablar de IA y diferenciar usos que hoy aparecen agrupados bajo una misma etiqueta. Las reuniones las convocaron la productora Kathleen Kennedy y Susan Ruskin, decana del American Film Institute, y empezaron en noviembre de 2023, en plena resaca de las huelgas.
La propuesta central no es un principio general sino una taxonomía, y su criterio ordenador es el copyright. El documento distingue tres formas de uso cuando se trata de material que llega al metraje final.
La primera son las técnicas utilitarias y la IA embebida en el software profesional: reducción de ruido, escalado y enfoque, separación de pistas de audio, rotoscopiado, extracción de información de profundidad, captura de movimiento sin trajes de marcadores, borrado de cables.
El rasgo común es que resuelven preguntas con una respuesta correcta definida, poco sujetas a interpretación creativa. Muchas están en las herramientas desde hace años y casi nadie las declara como uso de IA. Sus resultados son registrables.
La segunda son los Human Generative Workflows (HGW), que dan nombre al documento: procesos en los que modelos generativos entran dentro de las herramientas profesionales, pero bajo control granular del artista, que define parámetros, aporta insumos y evalúa cada devolución. Frecuentemente con modelos pequeños entrenados sobre la obra propia del equipo antes que sobre internet abierta. También registrables.
La tercera es la generación por máquina (MG): rostros, voces, interpretaciones o relatos producidos por prompt, que sustituyen el trabajo creativo humano. Acá el documento es tajante: no son registrables. Y agrega la precisión que sostiene toda la distinción: la pregunta relevante no es cuán creativo sea el prompt, sino si el usuario ejerce control suficiente sobre los elementos expresivos concretos del resultado.
El documento se apoya en los criterios publicados por la Oficina de Copyright de Estados Unidos, y vale repasarlos: el copyright no cubre material puramente generado por IA ni aquel donde el control humano sobre los elementos expresivos resulta insuficiente; los prompts, con la tecnología hoy disponible, no otorgan por sí solos control suficiente; cada caso se analiza individualmente; la expresión humana que permanece perceptible en un resultado asistido sí está protegida, igual que las modificaciones humanas originales y la selección, coordinación y disposición de material humano y generado; y —el punto más relevante— la inclusión de elementos generados por IA dentro de una obra mayor de autoría humana no afecta la registrabilidad de esa obra mayor.
El aporte más transferible del documento es de método. En lugar de preguntar si se usó IA, propone preguntar dónde, por quién y con qué grado de control. Y señala el momento exacto donde eso se vuelve consecuente: cuando una herramienta pasa de la exploración al flujo final. Esa transición suele ocurrir rápido y de manera informal, y es ahí donde empiezan a aplicar el consentimiento, el crédito y el copyright.
En el sector editorial muchas de estas preguntas ya están apareciendo, pero por separado y sin vocabulario común: autores y organizaciones discuten derechos sobre el entrenamiento de modelos, licencias, remuneración, declaración de uso y condiciones contractuales, mientras la conversación se fragmenta entre autores, editoriales, plataformas, asociaciones profesionales y tribunales.
No se trata de copiar el modelo de Hollywood. El trabajo editorial tiene problemas propios: entrenamiento de modelos con libros, obras generadas por IA, traducción, corrección, ilustración, audiolibros, contratos y remuneración son cuestiones distintas y no admiten las mismas reglas.
Pero la taxonomía de tres niveles sí es trasladable como ejercicio interno, y no requiere esperar a ningún acuerdo: cualquier sello puede clasificar hoy sus propios usos según esa escalera -herramienta utilitaria, flujo con control humano granular, generación por prompt- y descubrir en qué parte del catálogo está parado.
Lo que Hollywood tardó tres años en construir no fue un consenso sobre la IA, sino un consenso sobre cuál era la discusión. La pregunta que le deja al mundo del libro no es si hace falta un acuerdo de industria, sino algo previo: quién tendría hoy la convocatoria para reunir a autores, traductores, editoriales, libreros y plataformas alrededor de una misma mesa
AM.MX/lm



