lunes, mayo 27, 2024

El general invierno venció a Francia y a Napoleón

Luis Alberto García / Vladivostok, Rusia

* Bonaparte ocupó y se retiró de Moscú sin poder vencer.
* Tras Austerlitz vino la endeble paz de Tilsit con Alejandro I.
* Espías franceses y polacos prepararon la invasión de 1812.
* “Nunca nadie conquistó tanto territorio ruso”: Octave Aubry.
* Acuchillados por el enemigo y devorados por los lobos.
* Final trágico en el regreso de la Grande Armeé.

El proyecto ambicioso de Napoleón Bonaparte de dominar el mundo tropezó con el imperio ruso de Alejandro I, al que ya había derrotado en 1805, en Austerlitz; pero después continuó subyugando a los Estados europeos y creando gobiernos bajo su dominio y arbitrio.

En 1808 Napoleón hizo la paz con Rusia; pero tras de varios intentos fallidos de casarse con una princesa rusa, empezó a hablar abiertamente de “aplastar a Rusia”, cuyo zar, Alejandro I, se negó a apoyar el bloqueo continental del comercio británico alentado por los franceses.

Los acontecimientos del ataque de 1812 y sus consecuencias para Rusia solamente se pueden valorar en toda su dimensión en el contexto de una sociedad cuyas clases cultas, reaccionarias y riquímas eran profundamente francófilas y, en apariencia, al margen de posiciones políticas.

A fines del siglo XVIII y principios del XIX, Rusia había mantenido una actitud vacilante ante la presencia arrolladora de Francia, que conquistaba una nación tras otra y, cuando Alejandro I y Bonaparte firmaron una paz endeble en Tilsit en 1807, nadie se sintió seguro de una alianza que apenas daba un respiro a situaciones sumamente tensas en Europa.

En 1812, tras varios meses de preparativos, que incluyeron una severa y fuerte vigilancia de los asuntos internos rusos por parte de espías de Francia y Polonia –con Josef Poniatowski como único mariscal no francés en el ejército napoleónico, de 26 que tenían ese rango militar-, comenzó lo que los rusos llamaron la primera gran Guerra Patria.

Napoleón no fue capaz de contar con el apoyo de Suecia ni de Turquía, que habían supuesto que esa campaña se convertiría en el ocaso del imperio francés y de Napoleón quien, sin embargo, no obstante el fracaso que significó la invasión, aún sobreviviría hasta la derrota final en Waterloo el 18 de junio de 1815, con Arthur Wellesley, duque de Wellington, convertido en héroe y vencedor.

El ejército francés contaba con más 600.000 soldados de varias nacionalidades cuando entró en Rusia en el verano de 1812 y, en lucha contra los elementos climáticos, se vio atrapado en el otoño y definitivamente derrotado por el invierno que se le venía encima, a pesar de haber vencido en Borodinó antes de llegar a Moscú.

En esa batalla que no fue definitiva, en la cual el general Mijaíl Kutúzov intentó impedirle tomar Moscú, el ejército de Francia contaba con tropas combativas –que se fueron reduciendo significativamente al final de la invasión-; pero el comandante zarista los atrajo y le tendió una trampa, pues tenía dos ventajas a su favor: operaba en su territorio y tenía apoyo popular.

De la historia de la guerra de la invasión francesa de 1812 a Rusia se han ocupado autores tan notables como Octave Aubry; quien escribió que, desde la época de los mongoles, nunca nadie había conquistado tanto territorio ruso como los franceses; sin embargo, el gusto le duró poco al emperador Bonaparte, quien tras la ocupación de Moscú, regresó atravesando las estepas con la derrota sobre los hombros.

A pesar de que tomó Moscú –incendiado por sus habitantes-, ya en octubre de 1812 el emperador francés entendió que su ejército estaba atrapado, sin suministros ni alojamiento, en una tierra desconocida y hostil.

Perseguido en la retaguardia por los cosacos y milicias campesinas bien armadas, atrás iban quedando los soldados franceses, víctimas del hambre y fríos mortales, quienes acababan acuchillados por el enemigo o devorados por los lobos, como escribió Aubry en una monumental crónica sobre los triunfos y las derrotas napoleónicas.

“Estaba a punto de llegar el invierno ruso –refirió- y, después de tres intentos infructuosos de concertar un tratado de paz con Alejandro I, la Grande Armeé emprendió la retirada; pero fue completamente destruida por el ejército del zar, los cosacos y los partisanos”.

Así, concluye el enciclopedista, el zar de Rusia se llevó todas las ganancias de Napoleón, sus tropas lo persiguieron más allá de Lituania y Polonia, ayudando a poner las bases que llevarían a la destrucción del imperio que vio su fin la tarde del 18 de junio de 1815 en las colinas Waterloo cercanas a Bruselas, capital de Bélgica.

Por último, Turquía, el imperio otomano poderoso y dueño de una larguísima historia de conflictos militares con Rusia, estuvo en guerra durante siete decenios en total y sus conflictos con los zares abarcaron más de tres siglos y medio, de 1568 a 1918.

Baste decir que hubo doce grandes guerras ruso-turcas -incluyendo la Guerra Oriental y la lucha en el Cáucaso durante la Primera Guerra Mundial-. para que los politólogos e internacionalistas se percataran de las dimensiones de una rivalidad pocas veces conocida en la historia mundial contemporánea.

Rusia ganó siete, perdió tres, y no hubo un claro ganador en dos ocasiones, en batallas y guerras que se libraron predominantemente por el control del mar Negro, el control del Cáucaso Norte y los estrechos turcos, en tierras y mares de importancia geográfica y estratégica fundamentales.

Durante la mayoría de los conflictos, Turquía no logró apoderarse de territorios rusos, porque estaba ocupada protegiendo sus posesiones, que Rusia intentaba conquistar ferozmente para tomar el control definitivo del mar Negro que, hasta hoy, ha considerado de su entera propiedad.

Los turcos lograron tomar Chyryn -capital del estado cosaco de Zaporozhian-, saqueada y destruida en 1678, por lo que solamente fue una victoria inútil, además de que, después de la llamada Guerra del Este, Rusia fue presionada por Francia, Gran Bretaña, Austria y Prusia, para que devolviera a Turquía los territorios anteriormente conquistados.

Sin embargo, algunos de estos territorios fueron retomados por Rusia después de la guerra ruso-turca de 1877-1878, en la cual destacó Zinovi Pétrovich Rozhestvenki, ex cadete de la Academia Naval de San Petersburgo, ascendido a supervisor de artillería y a subcapitán por su desempeño en la defensa de los puertos de Odessa, Ochakov y Kerch..
Ese joven oficial, entonces de 30 años fue quien, en 1905, al llegar a almirante supremo de la II Flota del Pacífico a los 57 años de edad en sustitución de Stepan Makárov, realizó una proeza que conduciría a los buques zaristas hasta Tsushima, en el mar Amarillo, para protagonizar la última batalla naval de la Marina rusa.

Contrario a los deseos absurdos del zar Nicolás II, Rozhestvenski obedeció órdenes, partió del mar Báltico y, nueve meses después –luego de rodear África, llegar a Malasia, Indochina y China- enfrentó a la Armada nipona comandada por el almirante Heihachiro Togo, vencedor final de la Guerra Ruso-Japonesa de ese año que, en adelante, marcaría el destino de la Rusia zarista.

Rusia ganó la guerra contra Turquía en 1878 y algunas posesiones fueron devueltas una vez más a los otomanos después de otro conflicto entre 1918 y 1921 –desarrollado paralelamente a la guerra civil posterior a la Revolución bolchevique de 1917 de “rojos” contra “blancos”- , sin que las rivalidades y ambiciones hayan cesado como en tiempos inmemoriales.

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