Rajak B. Kadjieff / Moscú
*La cadena de víctimas y victimarios nunca se acaba
*Una nómina casi inagotable de personajes trágicos.
*Hay dudas razonables como en las novelas de suspenso.
*Las diferentes jerarquías de los autores intelectuales y materiales.
La muerte encontró a Stepan Vagánov- otro de los personajes participantes en Ekaterinburgo en la masacre de la familia Románov- en mismo año de 1918, cuando el ejército blanco de Alexander Kolchak tomó esa población; pero no escapó, sino que se escondió en un sótano, donde lo encontraron durante la toma de la ciudad.
Lo mataron en el acto quizás sin obedecer órdenes, porque podría haber dado un testimonio interesante y valioso si caía en manos de los investigadores que se dedicaron a aclarar el destino de la familia imperial: el hecho es que Vagánov murió violentamente y no de causas naturales.
Pavel Medvédev resultó ser no sólo otro de los asesinos, sino también ladrón, y posteriormente recordaría, que tras los acontecimientos recorrió las habitaciones, encontró seis vales de crédito de diez rublos debajo del libro Закон Божий -La Ley de Dios – y se apropió de ellos. También tomó unos anillos de plata.
Medvédev, a diferencia de Pyotr Ermákov, cayó en manos de las tropas de Alexander Kolchak, huyó de Ekaterimburgo, y acusado en estos términos: “De asesinato por conspiración previa con otras personas y de la apropiación indebida de los bienes de sus víctimas, el ex emperador Nicolás II, su esposa Alejandra Fiódorovna, el heredero de Alexei y las grandes duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia”.
Así como también de robar pertenencias del médico Evgueni Botkin, de su asistente Anna Demidova, del cocinero Valeri Kharitonov y del mozo Iván Troupe: en 1919, Medvédev murió en prisión a causa de tifo; sin embargo, su viuda afirmó que fue asesinado por la Guardia Blanca.
No fue casualidad que otro de los multihomicidas, Sergei Broido, estuviera de guardia en la casa Ipátiev, y que también participara en el asesinato de la familia imperial por órdenes de Yákov Yurovski y sus superiores.
Está confirmado que Mijáil Medvédev también participó en los asesinatos, y se sabe que Broido -junto con Ermákov y Philip Goloschekin-, llegó en coche a la casa Ipátiev la víspera de los asesinatos, y se cree que, debido a la falta de hombres decididos a llevar a cabo la ejecución, fue reclutado de último momento por orden de Yurovski”.
El 8 de marzo de 1937, Broido fue condenado en primer lugar en virtud del artículo 58 del Código Penal de la Unión Soviética por ser trotskista, y posteriormente fusilado.
El regicida más joven fue Víktor Netrebin, que en el momento del crimen, solo tenía quince años; pero desapareció en 1935 antes de las grandes purgas estalinistas, lo mismo que el mercenario letón Jan Cemles, aunque también hubo quienes voluntariamente organizaron los asesinatos de la familia imperial y sus sirvientes.
Entre ellos se encontraba Shaya Itsikovich, considerado uno de los organizadores, y se le atribuye haber planificado las ejecuciones, llegando incluso a viajar a Moscú para discutir sus planes con Vladímir Lenin y Yákov Sverdlov, sin que estuviera presente durante los hechos; pero sí participó en la remoción y destrucción de los restos.
El 15 de octubre de 1939, Goloshchekin y Broido, fueron arrestados por simpatizar con los trotskistas, enemigos mortales de Iósif Stalin, y otro hecho de su biografía es particularmente relevante:
Tras su arresto, y durante el interrogatorio, el Comisario del Pueblo para Asuntos Internos, Nikolai Yezhov, despiadado por naturaleza, fusilado, victimario y luego víctima del sistema al que sirvió, afirmó haber mantenido una relación amistosa con Goloshchekin, quien no escapó de ser ajusticiado el 28 de octubre de 1941 en Samara.
Un autor intelectual y otro de los organizadores de las muertes de los zaristas integrantes de la familia imperial, Yakov Sverdlov, describió a los asesinos: “Estuve con algunos de ellos; están muy mal. Unos se han vuelto locos, desquiciados y neurasténicos”.
Entre paréntesis, hay que decir que Sverdlov, uno de los más importantes dirigentes del movimiento revolucionario de octubre de 1917 no murió de causas naturales, sino a causa de la gripe española, que asoló al mundo al finalizar la Primera Guerra Mundial.
Aunque existe otra segunda versión, según la cual los obreros de la población de Oryol mataron a Sverdlov y que murió a causa de las heridas sufridas, y por otra parte se menciona a Pyotr Voikov como organizador y participante en el asesinato de Nicolás II y su familia.
El diplomático desertor Grigori Besedovsky, quien conocía personalmente a Voikov, recordó: “Como comandante de los acontecimientos en la casa Ipátiev, la ejecución del decreto se le encomendó a Yurovsky.
Durante la ejecución, Voikov debía estar presente para dar testimonio oficial de la masacre y como delegado del comité regional del partido, médico forense, científico y químico, recibió instrucciones para elaborar un plan para la destrucción total de los cuerpos.
También se le ordenó leer el decreto de ejecución a la familia imperial -con una justificación de varias líneas-, que se aprendió de memoria para leerlo con la mayor solemnidad posible, creyendo que así pasaría a la historia como uno de los principales participantes en esta tragedia.
Voikov fue asesinado en Varsovia en junio de 1927 por el monárquico emigrado ruso Boris Koverda, en cuyo interrogatorio declaró sobre los motivos de su acto: “Vengué a Rusia en nombre de millones de compatriotas”.
Koverda pasó diez años en prisiones polacas y fue amnistiado, y tras su liberación en 1937, vivió otro medio siglo para fallecer en Washington, capital de Estados Unidos, a la edad de ochenta años de edad, poco antes de su fallecimiento expresó:
“Este enorme listado de individuos no solamente cometimos un regicidio, sino que también contribuímos a sumergir a Rusia en un baño de sangre. Hoy, afortunadamente, calles, plazas e incluso estaciones de metro de ciudades rusas llevan el nombre de algunos de nosotros”.
Para Borís Koverda la tragedia de la casa Ipátiev y lo ocurrido a sus protagonistas, los vivos y los muertos, conforman un hecho trágicamente real; pero pocos dudan de que sus nombres quedarán grabados para siempre en la historia de Rusia, los mismo los asesinados, y con relevancia especial los asesinos.



