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Carlos Galguera Roiz/

4b1f622490c781421f1e645496312cbcNo se trata de construir los mecanismos, siempre siniestros, de la venganza, aceptando nuevos inocentes asesinados. Se trata de responder con civilización ante la barbarie. En el fondo es la contestación más inteligente que existe. La única defendible.

Pocos acontecimientos puntuales marcarán, muy probablemente, la historia de la humanidad, como los atentados terroristas del pasado 11 de septiembre en Nueva York, Washington y Pennsylvania.

Los sangrientos sucesos son de difícil análisis sereno y de misteriosas proyecciones futuras.

Sin embargo, un río caudaloso y variopinto de noticias, manifestaciones, entrevistas, interpretaciones, reflexiones, imágenes, reportajes… ha invadido los espacios periodísticos, radiofónicos y televisivos, en todos los rincones del mundo.

Lo que sí queda claro es que los terribles atentados sucedidos son irreversibles y los culpables directos de ellos han sido capturados, pero están muertos, junto con sus víctimas.

En estas circunstancias, sólo se pueden hacer dos cosas. En primer lugar perseguir a los culpables indirectos: instigadores, protectores, financiadores… de manera rigurosa, eficaz y ética. Hay que poner en marcha un aparato de justicia auténtico, ante la ciudadanía inocente sacrificada. No se trata de construir los mecanismos, siempre siniestros, de la venganza, aceptando nuevos inocentes asesinados, como parece opinar un alto porcentaje de norteamericanos. Se trata de responder con civilización, ante la barbarie. En el fondo es la contestación más inteligente que existe. La única defendible.

En segundo lugar, es preciso reflexionar a fondo sobre los marcos de las sociedades que hicieron posible este baño de sangre, aparentemente absurdo, demencial. Hay que analizar antecedentes y profundizar en el panorama global. Es necesario incursionar en las raíces de los males crecientes que aquejan a nuestro mundo, inundado de contrastes terribles. Es preciso meditar sobre las masacres pasadas y que no han tenido publicidad de alto impacto, como ésta. No olvidemos 150 mil personas degolladas en Argelia, ni 300 mil seres humanos muertos en Irak en la operación “Tormenta del Desierto”. Tampoco los 700 mil tutsis asesinados en Africa…

Pero ¡¡cuidado!!, no caigamos en el argumento peligrosamente simplista, de que sacar a la luz todas estas tragedias es justificar, de algún modo, a los terroristas del 11 de septiembre. No aceptemos, gratuitamente, la sentencia maniquea -fundamentalista- de que el que no está con el dictamen y métodos del presidente Bush y sus “aliados”, está con los terroristas. No seamos víctimas de este chantaje estúpido y peligroso.

Lo que ocurrió el “martes negro” puede ser una flecha sangrienta, en la que van incluidos muchos ingredientes. No se trata sólo de encontrar un culpable, o un grupito de ellos, ajusticiarlos e irnos a dormir tranquilamente a casa, con la conciencia del deber cumplido. Aunque esto hay que hacerlo -como señalamos-, con justicia civilizada, el tema de fondo es mucho más complejo y sería de una superficialidad criminal evadirlo.

Pensemos. Podríamos estar abriendo un inquietante capítulo para nuevas guerras de la vieja humanidad. Podríamos estar presenciando la emergencia de resentimientos históricos, que no se han podido disolver, frente a la globalización salvaje, paradójicamente selectiva. Quizás está surgiendo la furia de tribalismos, arrinconados pero vivos, peleando contra la soberbia, infinitamente egoísta, de los mercados sin fronteras.

En fin, estamos navegando sobre un mundo hirviente y en medio de una patética ausencia de canales reales de comunicación, entre segmentos numerosos de la raza humana. Quizás estamos sufriendo la desaparición del viejo principio físico de los vasos comunicantes…

Tantas cosas podríamos vislumbrar, rastrear, ante el injustificable -pero posiblemente explicable- drama terrorista. En todo caso, un estilo de violencia, como el que está prevaleciendo hoy en nuestro castigadísimo mundo, sólo se combate cuando se atacan con inteligente honestidad las causas de fondo, no sólo los sucesos destacados, por muy dolorosos que sean. Estos pueden encubrir tumores sociales profundos, a los que hay que enfrentar, si queremos vivir la auténtica salud, no sólo la neblina de los narcóticos.

Por otro lado hay en todo este “apocalipsis” que estamos viviendo, un factor muy importante, al que se cuestiona poco y puede representar un papel clave en el trasfondo de la crisis planetaria que se nos ha instalado en el mundo. Me refiero a las altas estructuras religiosas, que están en los timones de todas las religiones.

Estas cúpulas, en mucho casos y en demasiados momentos, están dirigidas por auténticos fundamentalistas -primos hermanos de los ejecutores del terror-, perfectamente disfrazados del Dios, omnipotente y único según ellos. Así las consignas, o la influencia, de ciertas manipulaciones “religiosas” pueden generar entre afiliados a cada uno de los credos, resultados devastadores… Y no pensemos solamente en organizaciones con “turbante”.

Las religiones importantes en nuestro mundo de hoy no han sido capaces de establecer puentes reales y sinceros de comprensiones mutuas. No han luchado por plantear visiones del mundo realmente divinas. No han querido perder influencias humanas. Nadie dice que Alá tiene que ser como el Dios cristiano y los de muchas otras religiones, expresión del ¡Dios Grande!, que está en la esencia de este inmenso y todavía incomprensible universo cuántico. Expresiones todas respetables, yo diría compatibles.

Han pasado unos días desde la pesadilla del 11 de septiembre. Aún cierro los ojos y veo entrar un avión, ligeramente ladeado en la fachada de la segunda torre gemela. Aún adivino el terror de los pasajeros, instantes antes del impacto, y el de los ciudadanos sentados en sus despachos del edificio gigante, ante la ola de muerte que se les acerca.

No quiero imaginarme los siguientes terrores. Los niños despedazados por la réplica de la venganza… la impotencia de pobres inocentes, ante los terribles bombardeos, con sofisticadas tecnologías.

Actuemos con justicia, sin calificativos hollywoodenses; analicemos el mundo en el que estamos situados, detectemos los problemas de fondo y planteemos salidas humanas, dialogadas, solidarias para esta castigada y atónita humanidad del siglo XXI.

Busquemos a Dios. Al Dios de todos.

AMN.MX/cgr/ogm

 

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