martes, julio 23, 2024

El crimen y sus relatores

Por

Rafael Serrano

 

“Resulta más satisfactorio el odio…”

Hans Magnus Enzesberger

 

Es momento de realizar una revisión crítica sobre los trabajos periodísticos sobre el crimen, los delitos y las malevolencias del comportamiento humano que hoy escandalizan a la sociedad y crean un imaginario escéptico, esquizoide  y  a veces paranoide. Son reportes que abrevan en los veneros policíacos y las cloacas sociales y que siempre han creado en los públicos  una curiosidad morbosa sobre las infamias de la sociedad. Estos relatos ahora pueblan el imaginario de la diversión y el espectáculo y no se convierten, lamentablemente, en transformaciones sociales o cambios en la “conciencia” social y menos en la individual.

 

Los trabajos periodísticos sobre el crimen abrevan un charco social maloliente. Pero como decía don Rafael Segovia: en las crónicas policíacas, en las notas rojas, se inscribe la opinión pública, ahí nace y desde ahí se reproduce. Enzesberger, también lo señala, y concluye que esta parafernalia morbosa termina por ser un eficaz instrumento de control social. Basta con revisar Netflix para comprobarlo: el relato de breaking  bad o de Los Soprano se vuelve paradigma de la ira/enojo social que transita hacia  la decepción y la resignación más que  convertirse en una fuerza transformadora libertaria.

 

Se  admiran las cualidades de los delincuentes, al fin y al cabo desnudan a los malos gobiernos; pero las audiencias quedan con un placebo mental esquizoide que ofrece una mirada escéptica que inmoviliza más que conmueve. Los dichos de la relatora  más conspicua de la delincuencia organizada, Anabel Hernández, nos los muestran cuando describe el objetivo de su libro “El Traidor”; “…cuyo argumento principal era (es) la complicidad del Cártel de Sinaloa con altos funcionarios del gobierno de México y algunas instituciones que durante años les han dado protección”, claro ayudados por las oscuras maniobras de la DEA y de los mafiosos americanos, que por cierto, Hernández toca tangencialmente o las evade.

 

En las arenas movedizas de la corrupción ser bueno o malo es pasto seco para incendiar los relatos; parábolas confusas pero atractivas que aceptan que un delincuente o asesino tiene su encanto y hasta sus razones para matar y cobrar venganza. Nos recuerdan que cada uno de nosotros, en el fondo de su alma, trae un lobo de Wall Street o un Chapo de Sinaloa. El existencialismo nihilista de hoy diría que en los 30 episodios de la temporada 31 los malos al final pierden y son castigados con la muerte o la cárcel pero no sin antes haber vivido a todo tren: con dinero, mansiones desoladas, automóviles de lujo, mujeres trofeo y sexo durante la mayoría de los episodios. Son la nuevas vidas ejemplares.

 

Hacerse malo no está del todo mal, los antihéroes son personajes noticiosos puestos a disposición de las granjas informativas de la posmodernidad para lograr fama y robustecer la autoestima y escandalizar con una retórica  estridentista; la cual es retomada por los mediadores informativos, periodistas/comentaristas/influencers, y por algunos actores políticos tanto de la oposición como algunos que apoyan al actual gobierno: los casos de los mediadores tipo  Brozo, Loret, Gómez Leyva, Denise Dresser, Lord Molécula, Vicente Serrano  o de los políticos como  Lily Téllez, Sandra Cuevas, Gabriel Quadri o Xochitl Gálvez, ya paradigmáticos. Un existencialismo perverso y ramplón.

 

En este imaginario social donde impera la disolución y la confusión de los valores y de los marcos morales, los públicos o las “audiencias” evaden o no se dan cuenta que el mal habita su vida y está instalado en sus hogares como huevo de la serpiente y que todos los días convivimos con ese mal: una conciencia neurótica, esquizoide resignada que anida la cultura patriarcal hoy tan recurrida y fuente real de la violencia y de la corrupción; y en ese cultivo, aparecen los relatos y los relatores, los medios y los mediadores informativos que constituyen un aparato de control social más que de vigilancia y crítica de los desmanes del poder y del crimen organizado. Tenemos “Prensa inmunda” porque “es lo que hay” y corresponde o tiene su correlato en una ciudadanía esclerótica, analfabeta y enculturizada en los mantras individualistas de la sociedad de consumo cuyas narrativas pueblan el ciberespacio ampliando la Ciénaga moral de la que hablaba Kraus.

 

No olvidemos esto, sobre todo cuando nos envolvemos en la bandera de la libertad de expresión: el mediático es un sistema, un orden social, en manos de poderes económicos. Todorov lo menciona claramente: los medios son estructuras de poder y están en manos de los poderes económicos  que usando el mantra de la libertad de expresión, decir lo que se les pegue la gana, pueden derrocar gobiernos legal y democráticamente constituidos y construir imaginarios perversos donde las amenazas y los yerros de los políticos son producto de lo poco confiable que es hacer política; actividad que ya no tiene el aura de respeto que exige la representación popular.

 

Sobre la perdida de respetabilidad de los “políticos” (credibilidad/confianza), Walter Benjamin en sus “Iluminaciones” sobre la historia del capitalismo tardío nos había alertado: la despolitización es una nueva politización encarnada en un narcisismo colectivo enredado en sus perjuicios y rencores de clase; el Pedro Páramo que todos traemos dentro y que ahora se visibiliza en las redes. Parafraseando a Norbert Elías: las redes virtuales nos han quitado el velo de la hipocresía y nos han puesto el del cinismo y la desvergüenza.

 

Los periodistas, escritores  y públicos habitamos este nuevo velo de la ignorancia. Las redes virtuales secularizan definitivamente el mundo y visibilizan creando una nueva opinión pública que se apropia de  todos lo aconteceres, públicos y privados, los mezcla. Y esta mezcla, “melting pot”, crea lo mismo movimientos “estéticos” (Galindo dixit)  que movimientos esperpénticos (Valle Inclán dixit). Ahí, en esta olla social candente llamada internet o “redes”, re-habitan ahora  los periodistas y viven esa complejidad. Y cabe decir,  no son espíritus luminosos buscando la transparencia en las tinieblas del poder. Como diría Henry Miller: su literatura, buena o mala, está atravesada por la realidad, son parte interesada e ideologizada del mundo. Por tanto, no deben hacer ideología ni hipostasiar su trabajo: no deben escudarse en la “objetividad” que la igualan con la luz de la “verdad” pero que la oscurecen con el anonimato de sus “fuentes”. Los periodistas se escudan en un viejo y tradicional axioma de la iglesia: el secreto de la confesión: “tu me dices y yo callo; yo te protejo  pero queda la “objetividad” de lo que dices para que todos,  con la luz de tu dicho, veamos la novedad, cruenta y apocalíptica”.

 

Este es el discurso subyacente de los libros que  hoy proliferan y venden “verdades” que revelan y dan transparencia a las cloacas del poder. Habría que hacer una crítica a este “método” de trabajo o por lo menos no otorgarle grado de “verdad” cuando en realidad es una interpretación de un sujeto sobre lo que sabe o simplemente un soplón o soplones  que se llaman “informantes confiables” o “gargantas profundas”. De eso están hechos lo libros de la Og Mandino de la criminalidad, Anabel Hernández. Y ha hecho escuela.

 

Al leer los libros de Anabel identificamos  una narrativa acerada con un fuerte carga ideológica que lo sustenta en intervenciones mediáticas envueltas en una dramaturgia paranoide basada en sus fobias y en sus intereses no necesariamente muy transparentes; baste ver como ha utilizado las crisis de estos años para continuar con un discurso catastrofista, inundado de prejuicios, disgustos, enunciados vitriólicos y estridencias de lavadero. Lo lamentable es que la que fue una periodista independiente atacada por el poder y el crimen se ha convertido en una periodista que habita el mundo, la caverna, de los trascendidos; que como tales, pueden ser ciertos o falsos pero que generan abatimiento y despolitización más que movilizar o cambiar conciencias.

 

Hernández vive en el “exterior” y viene a México de vez en cuando; cuenta con una red de “informantes” que bien podría suponerse provienen, más que de sus virtudes periodísticas, de sus  buenas relaciones con la DEA y las organizaciones criminales que ahora sabemos la han convertido en su vocera.  Sus intervenciones son muy polémicas y muchas veces sin sustento, sobre todo las que se refieren a su participación en la Deutsche Welle donde es una febril productora de fakes mala leche. Ahora forma parte de la oposición o más bien siempre ha sido una “opositora” porque el leit motiv de su práctica profesional es alejarse del “maligno” poder y ser una Atenea de las verdades encontradas en los trascendidos que difunde y en los documentos que le filtran las gargantas profundas, cuando lo que hace la asemeja a una pepenadora de medias verdades en la ciénaga del crimen.

 

Pienso que los escritores, opinadores y los medios (ejemplo paradigmático: “Proceso”) han o hemos olvidado principios básicos del periodismo. Por ejemplo: decir explícitamente desde donde se dice lo que se dice, por qué se seleccionó este acontecimiento y no  otro,  qué interés tengo en defender un grupo o criticar o apoyar a un gobierno; de qué lado están y no hacerse a un lado o volverse metafísicos con la hipocresía de que se está por encima del acontecimiento. No debe haber supremacismos éticos. Eso sería lo verdaderamente ético: la honestidad y la humildad de tener una opinión dentro de la diversidad. Recordar que el periodismo bueno y útil es aquel que nace de la comprensión y no de la denostación. No significa exponerse a ser baleado o perseguido sino simplemente ser franco ante lo impreciso del actuar humano. Los periodistas no deben esa franqueza.

 

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