domingo, marzo 3, 2024

DE ENCANTOS Y DESENCANTOS: Leonorcita

*Mónica Herranz

 

-¿Leonor?-. No, no doctora, soy Leonorcita y no es un diminutivo, así es mi nombre.

 

-Fue imposible dejar de percibir el desasosiego con el que lo decía, había en sus palabras un dejo de fastidio y notorio cansancio por tener que hacer constantemente tal aclaración. Más tarde lo entendí, había sido la historia de su vida-.

 

Leonor se llama mi madre, de hecho en realidad se llama Leonora, y ojo dónde la llamen Nora o Leonor, es algo que la puede crispar. Siempre corrige sin importar de quien se trate, eso sí, sin perder la compostura. De forma aparentemente cálida, pero  con un toque entre burlón y sarcástico, suele decir a quien se equivoca: Leonora, con A de adorable al final, ¡hay que lavarse esas orejitas ehhhhh! o algún comentario similar.

 

Aún no entiendo por qué papá dejó que me llamara así, aunque bueno, papá siempre hizo lo que Leonora decía. Sí, Leonora, no se asombre porque la llame así. Nunca le he dicho mamá, desde pequeña me enseñó a llamarla por su nombre, decía que no quería perder su identidad por haberse convertido en madre, que Leonora era y Leonora morirá.

 

Algunas veces, frente a ciertas personas me pedía que la llamara mami, pero en realidad era porque ella necesitaba que la llamara así para que vieran cuánto yo la quería por lo extraordinaria madre que ella era.

 

En ocasiones también hacía que nos vistiéramos iguales, pero no por compartir algo conmigo o porque le gustara o lo disfrutara, sino porque había algún interés de por medio, algún beneficio por obtener, por ejemplo, el reconocimiento al extraordinario gusto que tenía para vestirnos a las dos. Eso si, llegando a casa me decía:  ya ve a quitarte la ropa, la vas a echar a perder con tu sudor y es carísima.

 

Y es que sí, yo sudaba muchísimo cuando ella me vestía como “muñequita” porque entonces tenía que comportarme como tal y no podía haber margen de error. Si algo que ella considerara inconveniente sucedía, solía decirme ¡ay hijita!, contigo empiezo a creer en eso de que la mona vestida de seda mona se queda, ¿es que es tan difícil seguir mi ejemplo de refinamiento?. Me angustiaba la sola idea de arrugar un vestido o una falda, de que una mota de polvo cayera en mis lustrosos zapatos, de quitarme el suéter por más calor que hiciera porque entonces descomponía el conjunto o podía despeinarme al quitármelo y eso podía ser aun peor. Sudaba de pura angustia, y el alivio que sentía al llegar a casa y oír que podía quitarme la ropa era inmenso, aunque eso me hiciera acreedora al desdén de Leonora.

 

Incontables veces busqué su afecto y aprobación, pero parece que sin importar qué haga o cuánto me esfuerce nunca lo voy a lograr. He tratado de satisfacerla de diferentes maneras, desde cosas mínimas como adquirir sus gustos musicales o culinarios para tener algo que compartir con ella, hasta cosas muy relevantes como la elección de mi carrera o la de mi esposo. Estudié medicina porque ella siempre quiso ser médico, me casé con el marido que tengo por que fue el único candidato que a ella le satisfizo  y aun así no es suficiente, porque continuamente está pendiente de señalar en lo que estoy en falta, si…en lo que me falta para ser como ella.

 

Y es que la falta la llevo hasta en el nombre, es como si no hubiera merecido, desde el nacimiento, ser yo por completo, como si estuviera destinada a ser una parte diminuta de ella, a no brillar por mi y a sólo ser para ella, a sentirme siempre menos, siempre poco, pequeña, diminuta, condenada… ¿Quien que se llame Leonorcita podría llegar a ser LeonorA?.

 

Y por eso estoy aquí queriendo iniciar terapia, he leído sobre madres narcisistas y sin duda la mía es una de ellas. Hay dos temas por los que quisiera empezar, uno es que quiero cambiarme el nombre y el otro es que estoy embarazada, y sé que no lo estoy porque me haya movido el deseo de la maternidad, sino por que quiero joderla y quiero que mis hijos la llamen abuela, pero a la par, por más que quiera joderla, no quiero ser una madre como ella, me resisto a convertirme en ella…

 

 

Las madres narcisistas tienen a menudo las siguientes características:

 

Ideas grandiosas de sí mismas, de sus logros y sus talentos.

Necesidad constante de admiración, reconocimiento y aplauso por parte del entorno.

Obsesión ilimitada con ideas de éxito, poder o belleza.

Sentimiento de que deben ser tratadas de forma especial porque es su derecho, sólo por ser quienes son.

Utilizan a los demás y no dudan en ser manipuladores y/o chatajistas cuando así conviene.

Carecen de empatía, no reconocen los sentimientos y necesidades de los otros.

Con frecuencia envidian a los demás y creen que los demás las envidian.

Muestran arrogancia, actitudes o modales altaneros.

 

Lo que suele provocar en los hijos:

Desgaste emocional severo.

Olvido de sus propias necesidades y deseos para satisfacer los de la madre.

Tratar por todos los medios posibles de obtener la aprobación de la madre sin lograrlo.

Enfocar sus acciones sólo a complacer a la madre para obtener su afecto.

Convertirse en un reflejo del deseo de la madre.

Que la vida de los hijos gire en torno a la de la madre.

Dificultad para generar vínculos saludables y estables.

 

Sigmund Freud afirmó, “infancia es destino” y sí, sin embargo, también creó el psicoanálisis y de ahí deriva la psicoterapia psicoanalítica, porque es destino más no sentencia. Si tienes una madre narcisista, temes convertirte en una o eres hij@ de una y sientes que te vendría bien trabajar en ello, no lo dudes, ¡asiste a terapia!.

 

*Mónica Herranz

Psicología Clínica – Psicoanálisis

facebook.com/psiherranz psiherranz@hotmail.com

 

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