CIUDAD DE MÉXICO.- Con la imagen del monstruo de Frankenstein usando pintalabios rojo y sombra de ojos azul, Leah Muñoz –bióloga, maestra en Filosofía de la Ciencia por la UNAM y especialista en feminismos, plasticidades y biopolítica– inició su ponencia: “Lo trans como monstruosidad tecnológica”.
El evento, auspiciado por el Seminario Universitario de Historia, Filosofía y Estudios de las Ciencias y la Medicina (coordinado por la doctora Ana Barahona), propuso reflexionar sobre las intersecciones entre la tecnología y los discursos de odio como la transfobia y la tecnofobia.
De acuerdo con Gaceta UNAM, Muñoz expuso que las problemáticas actuales ante el ascenso de la ultraderecha global, los discursos transodiantes y las crisis del capitalismo y la tecnología no están aisladas. Al contrario, se amalgaman en una masa que se alimenta del miedo, la incertidumbre y agendas políticas difusas.
Resulta curioso cómo la metáfora de lo ajeno y lo desconocido, materializada en el monstruo, sigue vigente. Esta figura –cuyo único espacio ha sido el arte– es el recipiente por excelencia de nuestros miedos culturales; el límite que transgrede y ayuda a diferenciar lo “natural” de lo que no lo es. El monstruo no es natural: es creado en laboratorios con tecnologías avanzadas, es repudiado y obligado a dejar su territorio porque su existencia se ve como un fallo que se debe eliminar. ¿Qué pasa, entonces, cuando los imaginarios sobre lo trans suenan muy parecidos a los de la monstruosidad tecnológica?
Ficciones de la vida real
Estos imaginarios son utilizados políticamente por movimientos antigénero, entrelazando la figura del monstruo con la incertidumbre ante el acelerado desarrollo tecnológico. Aquí es donde introducen el transhumanismo, un movimiento intelectual que busca “mejorar” las capacidades humanas para superar limitaciones biológicas mediante tecnologías afinadas, pero que no tiene relación real con la vivencia trans.
Los movimientos antigénero apelan al “transgenerismo” como la ideología base de la agenda LGBTIQ+, señalando al transhumanismo como su extensión instrumental. Sin embargo, a diferencia de la ultraderecha, las personas trans no operan bajo una agenda corporativa; de hecho, como mencionó Muñoz, “las personas trans han peleado por el acceso a estas tecnologías hormonales y quirúrgicas”.
Transgrediendo el orden natural de las cosas
Diversos grupos toman como objetivo a las personas trans para vaciar en sus cuerpos los miedos generados por la crisis capitalista. Muñoz nos invita a analizar cómo los discursos antigénero articulan tecnofobia y transfobia. Para ellos, lo trans altera el orden del cuerpo sexuado, oponiéndose exclusivamente a las tecnologías que transgreden el orden cisheteronormativo, reproductivo y el modelo de la familia tradicional.
Estas narrativas convergen con sectores (incluso autodenominados de “izquierda”) que acusan a las personas trans y al transhumanismo de negar la realidad, promover la artificialidad, el “borrado de mujeres”, la experimentación con infancias y la crisis ecológica. Asimismo, afirman que estas corrientes son la vía para que las élites se enriquezcan mediante la mercantilización del cuerpo de las mujeres para el consumo de la comunidad LGBTIQ+.
Contradicciones
Dichos argumentos, cargados de desinformación, evidencian una crisis profunda donde pocos conocen el rumbo de la tecnología, controlada por quienes poseen los medios de producción. Resulta contradictorio pensar que las élites se aliarían con un grupo históricamente vulnerado. Magnates como Donald Trump o Elon Musk son abiertamente transfóbicos y atentan contra los derechos de una comunidad que ha tenido que luchar por el acceso a avances médicos básicos.
La “manosfera” también refleja esta ironía. Comunidades de internet como los ínceles o los looksmaxxers –obsesionados con alcanzar la masculinidad hegemónica– utilizan activamente las mismas tecnologías corporativas (hormonas, cirugías) que las personas trans emplean en sus transiciones.
Escuchar las voces trans
La incertidumbre ante el futuro es inevitable en un contexto de crisis ecológica y violencia. La tecnología puede ser un pilar de opresión en el capitalismo –como el armamento militar utilizado en Palestina–, demostrando agendas claras de borrado cultural. Sin embargo, la ultraderecha redirige selectivamente este malestar sistémico hacia una minoría.
La ponencia de Leah Muñoz fue vital para reconocer que la ciencia y la tecnología nunca son neutrales ni ajenas al acontecer social. Informarnos y escuchar las voces trans evita caer en reduccionismos de odio porque, como concluyó Muñoz: “Una sociedad en la cual hay libertades sexuales, difícilmente acepta el autoritarismo”.
AM.MX/fm




