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Portada de “Los Niños de Irena”/ Cortesía: Penguin Random House.

CIUDAD DE MÉXICO, 21 de febrero, (AlMomentoMX).- La autora bestseller de The New York Times, Tilar J. Mazzeo nos presenta una historia esperanzadora sobre la vida de Irena Sendler, una mujer que salvó a poco más de 2 mil 500 niños de la muerte y la deportación en Polonia durante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial.

Sinopsis

En 1942, a una joven trabajadora social, Irena Sendler, se le concedió acceso al gueto de Varsovia como especialista en salud pública. Una vez dentro, fue de puerta en puerta para rescatar a los niños de las familias judías atrapadas en el gueto. Empezó a sacarlos a escondidas del distrito amurallado, convenciendo a sus amigos y vecinos de que los ocultaran en sus casas. Impulsada a tomar medidas extremas y con la ayuda de una red de comerciantes locales, residentes del gueto y su amante, perteneciente a la resistencia judía, ella logró salvar a miles de niños de los nazis.
Irena hizo peligrosos viajes a través de las alcantarillas de la ciudad, ocultó a los niños en ataúdes, los colocó bajo abrigos en los puestos de control y los condujo a través de pasadizos secretos en edificios abandonados. Y luego mantuvo listas secretas enterradas en botellas debajo de un viejo manzano en el jardín de la casa de una amiga. En las listas estaban los nombres y las verdaderas identidades de los niños judíos, escritos cuidadosamente con la esperanza de que sus familiares pudieran encontrarlos después de la guerra. Aunque no pudo prever que más del noventa por ciento de estas familias moriría.
La vida de Irena Sendler, sin duda, es mucho más que una muestra de apego a la vida y cariño a los niños: es un gesto deslumbrante de amor a la humanidad.

Fragmento

“Y, de cualquier forma, a pesar de lo represivas que eran las órdenes, la mayoría de los judíos pensaba que estarían más seguros en el gueto, lejos de los alemanes y de sus vecinos antisemitas polacos. Todos estaban seguros de que los cambios serían pequeños. La gente creía que, como en los guetos medievales, las puertas sólo se cerrarían por la noche y durante el día la vida en la ciudad sería la misma. Nos encontraremos en nuestros departamentos, como siempre, se decían. Después de todo, vamos a vivir en la misma ciudad. Si el gueto permanecía abierto, ¿cuál era el peligro? Pero en octubre se empezó a construir un muro de tres metros de altura que separaría a la calle Złota de su vecina al norte, la calle Sienna. Una pequeña parte del muro aún yace de pie ahí, en Varsovia, a unos metros de donde se ubicaba la oficina de Irena, uno de los pocos remanentes de los límites del gueto.
[…] Pronto, los límites estuvieron resguardados con determinación despiadada, y mientras se agotaba la comida los precios de todo dentro del gueto aumentaron de forma catastrófica. Los cargamen­tos eran confiscados e Irena se horrorizó cuando supo que las racio­nes que sus amigos recibían por parte de los alemanes equivalían a 184 calorías por día. De acuerdo con la ley eso era hambruna.

Los contrabandistas, desde luego, organizaron ingeniosas opera­ciones usando niños pequeños y ágiles para saltar el perímetro. Los alemanes respondieron poniendo alambre de púas, botellas rotas en los muros y disparando a los niños. Cada día el muro que separaba a Adam de Irena crecía más y más.

Cuando se dibujaron los límites del gueto, el hospital de la calle Dworska se quedó en el lado ario. Aquellos desafortunados que necesitaran atención médica tendrían que pasar por los puestos de control alemanes. Así también el personal del hospital cada ma­ñana. A Ala le dolía despedirse de su hija con un beso en la frente, en medio de la oscuridad. Sabía que podría no volver por la tarde. Bastó cruzar la frontera un par de veces para entender lo grave de la situación. Pero como jefa de enfermeras no tenía opción, no desde un punto de vista ético. Así que con el resto del personal, compuesto por otros setenta y cinco enfermeras y doctores, se enfren­taba a ese desafío dos veces al día.
Durante todo noviembre el personal del hospital se reunía en la calle Twarda antes de las siete de la mañana para esperar la señal. Ala intentaba no pensar en lo que solía ser esa calle antes de la guerra, en el bullicio feliz de las casas de clase media y las tiendas judías. Ahora los habitantes se hundían en lo más profundo de los edificios, lo más lejos posible de los puestos de control. Los alema­nes convirtieron la calle de la gran sinagoga en una bodega y un establo para caballos. Ala estaba contenta de ver al doctor Ludwik Hirszfeld, cubriéndose del frío de la amarga mañana con su abrigo, con los mechones de cabello blanco saliendo por debajo de su som­brero. Se veía elegante a pesar de estar en el gueto, y después de una noche de desvelo en el cabaret de la esquina que solía frecuen­tar. El médico tenía una pasión por el jazz seductor y las canciones de amor, y la glamorosa prima de Arek, Wiera, era una de las mejores cantantes del gueto.
Mientras el reloj se acercaba a las siete en punto, el personal del hospital se reunía y poco a poco se acercaba al puesto de control en la esquina de las calles Twarda y Złota. La vieja oficina de Irena no estaba lejos, y si Ala levantaba el cuello podía sobresalir por la puerta a la distancia. Pero después de que la revisión de algunos archivos arrojara más preguntas que respuestas, Irena fue transferida a instalaciones periféricas, lejos del gueto. Alrededor de Ala, oficiales de policía indiferentes con cascos ladeados empujaban bicicletas a lo largo de las calles pedregosas, con las armas echadas sobre los hombros. Sólo era el comienzo de un día más en las estaciones del gueto.”

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