fbpx

 

Fernando Irala/

No han pasado ni diez días de que Donald Trump asumió la Presidencia de Estados Unidos, y ya ha confrontado a todo el mundo.

Debe anotarse que tiene una especial predilección por atacar a nuestro país, pero no somos los únicos: China, la Unión Europea, países del Medio Oriente y la región cercana son también blanco de sus agresiones. El reciente discurso de la representante norteamericana en las Naciones Unidas, es una pieza de amenazas y menosprecio al mundo.

En ese contexto, los preparativos del encuentro pactado con el Presidente Peña Nieto y el arribo previo de los secretarios de Hacienda y Economía a Washington, le sirvieron al magnate metido a gobernante para tender una emboscada en la que los funcionarios enviados previamente cayeron, no se sabe si con inocencia, con miedo o con ganas de capitular ante el imperio.

En curso ya la trampa tendida, la posición firme aunque cautelosa de Peña Nieto, primero, y luego el anuncio de la cancelación de su visita, aunado a las medidas tomadas para defender a nuestros migrantes, han sido base para generar un sentimiento de unidad nacional y una conciencia de que será necesario resistir el embate del gobierno vecino. Esto no ocurría en México por lo menos desde la expropiación petrolera.

Más allá de las reacciones inmediatas, lo importante empieza ahora. No será fácil y no tendrá un desenlace cercano.

La necedad, la grosería y la arrogancia de Trump no son sólo sus atributos personales. Es lo que el sistema y una parte sustancial de la población de ese país convirtieron en su gobierno, porque piensan que así saldrán de su decadencia.

No lo lograrán, pero entretanto ya han hecho del planeta un lugar menos grato, en el que todos estamos perdiendo.

En medio de todo ello, los mexicanos ganamos en la semana al bajarle el nivel a nuestros pleitos internos, y al darnos cuenta de que la amenaza real a nuestro futuro tiene nombre y apellido, despacha en la Casa Blanca, y no está dispuesto a entender razones.

 

Comentarios

comentarios