CONCATENACIONES: Envejecimiento prematuro del Metro

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Fernando Irala

Cumplió medio siglo de haberse inaugurado el Metro, y la efeméride ha sido ampliamente difundida.

No es para menos. El transporte subterráneo –que desde el inicio integró tramos de superficie, y luego hasta elevados— llegó de manera tardía a la capital de la República, pero con su puesta en servicio resolvió temporalmente los principales flujos de viajantes en una ciudad que empezaba a ser demasiado grande.

Luego pasaron dos cosas, la primera que la ciudad siguió creciendo hasta convertirse en una mancha de asfalto y concreto mucho más allá de sus límites estatales, y que los cambios políticos tres décadas después tuvieron un impacto inusitado: a los nuevos regímenes imperantes en la capital dejó de interesarles construir nuevas líneas; más tarde incluso ocurrió lo inusitado, cuando hace una docena de años intentaron reanudar el crecimiento de líneas, habían olvidado cómo hacerlo.

Así, se construyó la línea doce con fallas que no han podido subsanarse del todo, y luego la ampliación de las rutas hacia el poniente ha tardado tanto que se han convertido en proyectos transexenales, y no se ve para cuándo terminen.

De tal forma, a lo largo de cincuenta años el Metro pasó de ser un medio de transporte ágil y cómodo, adecuado a la gran ciudad, a envejecer prematuramente, con mil dolencias resultado de la falta de mantenimiento, y saturado, muy saturado, hasta el grado de entorpecer su funcionamiento y volverlo riesgoso para los pasajeros.

Nunca hay dinero suficiente para afrontar las inversiones costosísimas que requeriría su ampliación, e incluso el mantenimiento se hace al mínimo posible por la misma razón.

En cambio se ha vuelto tradición mantener su tarifa como una de las más baratas del mundo, con lo que lo recaudado no alcanza ni siquiera para sus elementales gastos de operación.

Las razones son puramente políticas, pues los gobernantes no quieren perder simpatías populares. Y se genera entonces un círculo vicioso de pobreza insuperable en el sistema.

Entre males mayores y menores, el Metro da un servicio insustituible a la gran ciudad.

Ojalá algún día tengamos una administración que resuelva con planes sustentados y con sentido común la necesidad de ampliar y conservar el Metro como la espina dorsal del transporte público citadino.

Aunque no se ve para cuando.

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