CONCATENACIONES: Aguas: sin plan y sin dinero

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Fernando Irala

Diez días después de la tragedia en la Huasteca, originada por las intensas precipitaciones pluviales, apenas se puede tener un esbozo de la estela de destrucción y muerte ahí ocurrida.
Más de un centenar de víctimas fatales, entre muertos y desaparecidos; comunidades aisladas, caminos arrasados, deslaves y daños a todo tipo de infraestructura, conforman el cuadro que vive la región.
No podía saberse con antelación la magnitud de las tormentas, se dice en Palacio Nacional, contra la evidencia pública de los reportes diarios de la Comisión Nacional del Agua, que alertaron de la intensidad de lo que venía.
En ese punto radica la mayor gravedad del asunto. En un país que año con año sufre uno o varios embates meteorológicos, donde en algún tiempo hubo un fondo específico para atender los desastres y protocolos bien definidos, el actual régimen vive ignorante y desdeñoso de los riesgos, hasta que se materializan.
Incluso cuando ocurren, se generan reacciones como la de la gobernadora de Veracruz, que calificó el desmadre del río Cazones como un ligero desbordamiento, o la jefa de Gobierno de la ciudad de México, para quien las inundaciones de varias alcaldías fueron “espejos de agua”.
Nuestros gobernantes se creen dioses, y por ello sienten que son responsables de la furia de la naturaleza y procuran minimizarla. Parte de ello es que no se previene a la población, no se le invita a desalojar las áreas de riesgo, no se abren albergues antes de los meteoros, sino hasta después de que ocurren.
Luego viene esa estrategia de secuestro de las áreas siniestradas, en las que se impide el acceso a los voluntarios que llevan víveres o intentan prestar cualquier tipo de ayuda.
Ahora ocurrió, aunque se intente negarlo, y la evidencia es que se ensayó hace un par de años en Acapulco, en que la autopista fue cerrada, primero por el peligro innegable, pero luego para monopolizar en las manos del gobierno, y en particular de las Fuerzas Armadas, el auxilio a la población.
Fluyen entonces, las cajas y bolsas de despensa de color guinda, los cobertores guindas, el mensaje encriptado en forma cromática.
Mientras así sea, seguiremos repitiendo la misma historia de imprevisión, improvisación y manejo político de catástrofes letales.
Muy lejos estamos de un verdadero plan hidráulico nacional, no como el oficial que es un plan para la escasez, de quienes no se han dado cuenta que nuestro territorio es seco en el norte pero se inunda de su cintura hacia el sur.
Captar el agua, almacenarla, derivarla, distribuirla, aprovechar los diluvios para que todos tengan agua, no es tan difícil de imaginar. Requiere, sí, grandes inversiones, que el actual gobierno no tiene interés alguno en hacer ni dinero para intentarlo.
Sale más barato salir a caminar en el lodo, sobre la desgracia de los afectados.

 

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