Fernando Irala
Finalmente, se fue la CNTE.
Luego de casi un mes de movilizaciones, protestas y estropicios, en ciudades como Oaxaca, Tuxtla Gutiérrez, la capital de la República y otras urbes donde tienen arraigo y presencia, la llamada Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación levantó su huelga y sus integrantes regresaron a sus lugares de origen.
Su enfrentamiento radical con el régimen del que alguna vez fueron aliados no les dio los resultados que esperaban. No lograron su demanda de décadas de un incremento salarial del cien por ciento. Y señaladamente no obtuvieron la derogación de la Ley del ISSSTE, ese añorado regreso a las pensiones contributivas, esa promesa que la 4T les hizo en el pasado régimen y en el actual, pero que ha chocado con la realidad financiera del país y del gobierno. No hay dinero que alcance para sostener el viejo esquema pensionario, y se ha aplicado el clásico principio del derecho: nadie está obligado a lo imposible.
Su tosudez hizo que desde Palacio Nacional se les calificara reiteradamente de provocadores, y que se rompiera uno más de los pactos que han apuntalado el dominio del partido en el poder.
Ahora, el régimen ha prometido una consulta nacional en cada escuela, para definir cuales son las “verdaderas necesidades” de los mentores y el futuro de la educación.
Por su parte, los rijosos disidentes anuncian que su retiro es estratégico, para volver con “más fortaleza, entereza e inteligencia”.
Ha trascendido, sin embargo, que detrás del levantamiento del plantón hubo una negociación por la que se otorgaron 800 millones a la CNTE. El secretario de Educación, Mario Delgado, se ha apresurado a precisar que no se trata de un soborno, y que esos dineros no irán a parar a los liderazgos de los incoformes, sino que se trata de recursos que se ncanalizarán después de una negociación y un “diagnóstico serio” para atender el rezago educativo en cada estado.
A nadie escapa las enormes carencias que en los planteles de muchas regiones deben sufrir los docentes y el alumnado.
Aunque en el caso de las zonas controladas por la CNTE el verdadero rezago es el producido por décadas en que los profesores y sus líderes han privilegiado los plantones y la lucha callejera, que ha implicado el abandono de los escolapios a su suerte. En Oaxaca, por ejemplo, los alumnos registran el menor número de días de clase y el peor desempeño educativo del país, al que de por sí ha dejado de irle bien en las evaluaciones internacionales.
Ahora mismo, es sospechosa, no sólo la negociación en lo oscurito, sino la coincidencia entre el llamado receso de su lucha, y el hecho de que se aproxima el fin del ciclo escolar y el inicio del largo periodo vacacional de verano.
La lucha es la lucha pero las vacaciones son las vacaciones.
Su adios, por supuesto, no es definitivo. Retornarán el próximo ciclo lectivo, con sus demandas reiteradas, para volver a poner en jaque el gobierno federal.
Esta vez lo supusieron vulnerable ante la posibiidad de echarle a perder la fiesta del Mundial de Futbol. El siguiente año habrá elecciones federales y en el río revuelto esperarán encontrar ganancias en su pesca.
Los que seguirán condenados a la deficiente educación, la suspensión recurrente de sus clases y la frustración de su futuro, son los alumnos de los estados donde la CNTE es ley.
Pero eso, a nadie parece importarle.




