CONCATENACIONES: Acapulco: de la torpeza al olvido

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Fernando Irala
A la imprevisión y negligencia previas al huracán siguió la torpeza e improvisación, cuyo momento icónico fue la fotografía del jeep militar atascado en el lodazal de una carretera intransitable; ahora estamos en la negación y el olvido, ante la imposibilidad de resolver de un día para otro, como se quisiera, el desastre en Acapulco y sus alrededores.
Fugazmente, la fuerza de la realidad pareció guiar las reacciones oficiales, cuando luego de una semana se hizo la declaración de emergencia por desastre natural en cuarenta y siete municipios de Guerrero. Poco después se hizo la rectificación incomprensible, sólo dos municipios, Acapulco y Coyuca, permanecieron como merecedores de la asistencia.
Y unos días después, el remate surrealista: la emergencia en la región ha finalizado, según la apreciación gubernamental.
Los reportes oficiales rebozan eficacia y optimismo: ya está restablecida al cien por ciento la red eléctrica y la de agua potable, se reparten despensas y se distribuyen apoyos a la población afectada.
Los testimonios de muchos reporteros y medios de comunicación, y los obtenidos directamente de quienes han estado en el puerto pintan otra situación: hay agua y luz en la Costera, pero basta con adentrarse en las colonias populares de la ciudad, para constatar que tres semanas después del meteoro los servicios elementales faltan, y ni siquiera se ha limpiado el lodo que inundó las calles, no se han retirado los postes y cables derribados y menos instalado otros nuevos, mientras la basura y los escombros se acumulan y saturan el aire de malos olores, con el riesgo sanitario evidente.
La gente duda desde el primer momento de la veracidad de las cifras de muertos y desaparecidos y reclama la omisión que raya en lo criminal: no se ha publicado una lista oficial con nombres de quienes murieron y de quienes no aparecen.
Entretanto la mayoría morenista en la Cámara de Diputados se pintó como ya sabemos, no le movió ni una coma al presupuesto ordenado por el Ejecutivo, ni destinó partidas para atender al puerto y a las poblaciones damnificadas. El colmo ignominioso es el caso de los diputados guerrerenses, incapaces de solidarizarse, así fuera sólo con su voto y con el gesto, con los paisanos que los eligieron y ahora están en desgracia.
Dentro de poco nos dirán que la destrucción del huracán Otis es un invento neoliberal y reaccionario, y que en Acapulco todos son felices y están agradecidos con la protección gubernamental.

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