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Carlos Galguera Roiz

Dejo mi coche en la plataforma costera de Pimiango, pueblín mítico en el Oriente de Asturias, por La Robla, punto de acceso a una franja amplia, escarpada de esta zona Cantábrica, irregular, bellísima, peligrosa, indescifrable…

Camino, como suelo en mis aventuras por la Naturaleza, con mochila, silla portátil, bastón y, en este caso, guantes; así entro en una pista ancha, inclinada, deteriorada, grietas incómodas, piedras sueltas, molesto tramo, donde los haya; no hay agarres disponibles, voy bajando con precaución, fácil resbalar, concentración, reflejos permanentes en juego, estrategias de seguridad, alerta continua…

Llego a lo alto de una plataforma amplia, inclinada, pastos abundantes, rabiosamente verdes, vacas pastando; allí se abre una vista hacia el este, rocas y acantilados en un semicírculo irregular, belleza profunda, trágica, donde bate el Cantábrico con furia terrible en los temporales…

Pero no, no es este mi camino en la jornada de hoy. Resulta que antes de entrar en este paraje, por la izquierda aparece una minúscula senda, apenas reconocible, bastante tomada por la maleza, muchas espinas por la ruta, numerosos escalones irregulares, peligros evidentes, en una bajada donde apenas puedes verificar tus pisadas…; es el inicio de la aventura para acceder a Cuevas Coloradas, la Playa Salvaje mítica de esta incomparable zona costera…

En mi adolescencia, veraneos familiares durante muchos años, decir Cuevas Coloradas era sinónimo de peligro, precipicios, desniveles vertiginosos, agarres escasos, inseguros…; ahora, desde mi regreso de México, casi 20 años ha, he bajado por esta endiablada vertiente muchas veces, la ultima hace muy pocos días, te cuento.

Voy marchando por la senda, yerba alta engañosa, disfraza muchas veces hoyos más o menos profundos, en cualquier caso indetectables hasta que tu pie va aterrizando en estos terrenos, misteriosos, potencialmente traicioneros…

El bastón resulta imprescindible, voy dando pasos y tanteando el terreno que piso, pasos cortos, breves descansos, tensión alta, pocos descansos, a veces me detengo un instante para ver el camino descendido, animándome con estos pequeños logros y sintiendo que el posible retorno se va haciendo cada vez más difícil y el avance una incógnita indescifrable, extrañas sensaciones…

Este tramo, día hoy esplendoroso en Asturias, me está haciendo sudar, no tanto por los esfuerzos como ante las tensiones para abordar infinitas irregularidades, pero mi concentración cierra el paso a posibles distracciones, no existen preocupaciones más allá de los 3 ó 4 metros siguientes.

Llego a una especie de sitial, algo así como pequeño refugio, flanqueado por una pared rojiza, de ahí su nombre Cuevas Coloradas, con tierra y piedras aglutinadas, sin evidentes consistencias; el paso por este extraño púlpito, siempre me ha inspirado inquietud, apenas toco las piedras del muro por donde voy pasando. El derrumbe de este murallón, siento, intuyo…podría ser posible, algún día lo será, la salvación sería muy remota…

Cruzo este paso con cierta celeridad y otra vez estoy en la senda casi imperceptible, menos vegetación y mas piedras, casi todas sueltas, algunos amagos de resbalar pero el bastón acude siempre para equilibrar la tortuosa marcha…, el instinto de supervivencia, que he cultivado en mis correrías, se ha convertido en movimientos reflejos salvadores, me ayudan a superar esta zona, bajada cada vez mas vertiginosa, apoyándome a veces, guantes protectores, en numerosos y fuertes manojos con espinas, ramas de salvación que inesperadamente aparecen en el precipicio…

Llego a una pequeña plataforma, aproximadamente mitad de este descenso peliagudo; me detengo unos momentos, frente a mi aparece la playa salvaje Cuevas Coloradas, abajo mismo; mas allá un conglomerado de rocas, por todas partes el profundo azul cantábrico, animado por cadenas de olas interminables, intermitentes…al fondo la mole del Castro de Santiuste, islote emblemático de esta parte costera. Armonía insuperable en un día tranquilo, fuerte sol otoñal voy sintiendo en mi empapada camiseta deportiva…

Sigo. Ahora aparecen tramos con escalones irregulares, sin apenas nada para sujetarte, solo el bastón; inseguridad, ante lo empinadísimo de este descenso, ya bastante abajo, sigo dando pasos, cortos, asegurando las pisadas, pero llega un momento, estoy llegando a la parte final, que es terriblemente vertical. En este momento decido sentarme en el estrecho caminito y voy así deslizándome. Bajo este endemoniado plano inclinado y de pronto veo la parte final de este precipicio, que estoy casi superando…

La sensación de triunfo se abre paso en mi subconsciente, pero me queda el tramo final, el terreno esta desgajado, tierra, piedras, nada confiable hasta que llego a una gran roca, la primera de un grupo de ellas, que son el paso previo para saltar a la arena de Cuevas Coloradas, la gran meta de hoy…

Superar esta ultimísima dificultad no es fácil, pero la sensación de conquista domina sobre el instinto de peligro; busco resquicios confiables en estas últimas dificultades, voy destrepando estas rocas que me separan de la playa,¡¡¡ la arena está aquí !!! tras un pequeño salto…


Estoy empapado de sudor, recorro la playa, placer indescriptible, de cuando en cuando miro la enorme grieta rojiza que acabo de traspasar, siento una sensación especial, imposible contarla, desde muy dentro me sale este grito ¡¡¡ amo este lugar !!! , donde he tenido que superar miedos, inseguridad, peligros, algunos resbalones…; pero ya estoy abajo, fantástico panorama delante de mí y por todos los costados….m Sensación de plenitud inmensa, única…

Camino con lentitud, disfrutando el momento con intensidad, me acerco a unas rocas, tengo bien calculada la marea, abro mi silla portátil y me dispongo para darme un baño, se bien que esta parte costera puede ser peligrosa por sus fuertes corrientes, el agua está muy fría pero ante el esfuerzo realizado, mas mental que físico, un chapuzón me genera una impresión de bienestar inenarrable…

Saco fotos, me siento, abro la mochila, bebo agua, lo cual he venido haciendo regularmente durante el descenso; siempre llevo libros, papel y boli en mis alforjas; difícil concentrarme en estos momentos, pero alcanzo a entrar en ciertas inmersiones, que llevo tiempo estudiando, breve rato pero saboreo algunas ideas que aparecen…, aunque sobre todo disfruto el momento, intensidad máxima…

Me voy acercando a la senda de Bendía, una gran Z rasga el monte del mismo nombre, trazado fácil pero algo duro, que estoy disfrutando a tope. Voy a mi ritmo tranquilo, después de superar 165 metros de desnivel vertical, equivalentes a un edificio de 55 plantas, llego arriba, un madero para descansar y sentirme feliz ante el fantástico panorama, sacando fotos, alguna verás…

Solo queda recorrer una pista de tierra llana, para volver a mi coche, disfruto este retorno, los Picos de Europa por mi flanco derecho, allá al fondo el mítico Pico Uriello, Naranjo de Bulnes, que dibuja hoy, día sin nubes en Asturias, circunstancia poco usual, su figura cilíndrica perfectamente dibujada…

Mi coche está a la vista, siempre doy un grito cuando aparece, especie de reconocimiento a mi viejo Ford; vuelvo para Llanes escuchando la Pastoral de Beethoven en el casete de mi coche, la vida, si, está llena de resonancias, algunas geniales, reconocer estos momentos puede ser uno de sus secretos…

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