Bautismo de Eréndira recreado por Eduardo Ruiz Álvarez

Fecha:

Luis Alberto García / Pátzcuaro, Mich.

*El episodio religioso es un episodio clave.
*Se cuenta como recibió la princesa las aguas bautismales.
*”Ya soy cristiana”, exclamó ella, y fray Martín alzó su corazón al cielo.

“Padre —le dijo Eréndira Ikikunari— te he seguido a todas partes; te buscaba mi alma, y mis ojos no podían encontrarte. Vas bautizando a mis hermanos, ¿por qué a mí sola me has abandonado?
“Es verdad Eréndira, me haces recordar que tú no has recibido aún las aguas del bautismo: ¡Dios te mandará con ellas la gracia que tanto necesitas!
“Que tanto necesito yo también -pensó el sacerdote Martín de la Coruña-, empapó la cabeza de la joven, y alzando su propio corazón hasta el fondo del cielo, murmuró:
“Te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!.
“¡Ah! Ya soy cristiana —gritó Eréndira- y ya puedes amarme. Ya no huirás de mí. ¡Ya tenemos un mismo Dios!
Ruiz no dice qué nombre cristiano le impuso fray Martín a Eréndira; extrañamente, ya bautizada siguió identificándose con su nombre pagano. Ésta es una clara señal de que estamos ante una ficción y en modo alguno ante datos históricos.
Asombraría que, teniendo el significativo poder de renombrarla, borrar su pasado pagano y darle una nueva marca de identidad religiosa y cultural, el sacerdote dejara intacto su viejo nombre.
Según Ruiz, fray Martín se eleva a la santidad al rechazar la relación con Eréndira a quien tenía desnuda a su lado, apasionada y ya bautizada:
De improvisto, el fraile se desprendió del lado de Eréndira, se puso de rodillas en medio del aposento, puso sus brazos en cruz, e inclinando su frente, elevó al cielo una plegaria tan fervorosa, despegó de tal manera su alma de los deleites de la tierra, que Dios coronó sus sienes con la diadema de su amor y lo colmó de bendiciones.
“Le quitó los impulsos de la carne y lo dejó tan puro, que obraba estando en ella como si no estuviera”; pero cuando Martín se levantó del suelo había dejado de ser hombre y se había convertido en ángel.
Eréndira, postrada en el lecho, vertía abundantes lágrimas y sollozaba tan lastimosamente, como si el corazón se le estuviese haciendo pedazos.
En aquel momento la bóveda celeste se cubría de estrellas, y la luna se alzaba en el horizonte como una hostia de castidad.
Fray Martín de la Coruña en Pátzcuaro en 1557, y Eduardo Ruiz finaliza el relato acoplando su ficción romántica a la “historia oficial” de Alonso de la Rea sobre de la santidad del franciscano:
“Era el mes de agosto. Eréndira Ikikunari cogía millares de luciérnagas que, envueltas en capullos de algodón, llevaba a la iglesia: abría el sepulcro, vestía de blanco el cadáver, lo circundaba de aquellas luces animadas, encendía cirios y permanecía largas horas contemplándolo.
“Y dos veces —asienta el cronista— los clérigos de la ciudad y otros vecinos de ella, le vieron vestido de vestiduras blancas. Y en otra ocasión muchas personas lo vieron sobre el sepulcro, cercado de mucha luz y resplandor”.
“Después, Eréndira se desvaneció en la inmensidad de los tiempos, como se desvanece una hermosa nube en el azul del cielo”, concluyó el autor su historia conmovedora.

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