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Muchas advertencias pero poca acción ante el calentamiento global

Por: Dra. Bertha Eugenia Sotres Mora

Desde finales de la década de los 50, a la vez que se daban los debates en torno al concepto de RSE, los movimientos sociales -sus líderes e ideas- enfocados a los derechos civiles, de las mujeres, de los consumidores y del medio ambiente, influyeron en un cambio social que propiciaría atender la RS, por parte de las empresas.

Sería en 1962 cuando la bióloga Rachel Carson demostró los graves daños causados por el uso indiscriminado de los pesticidas y herbicidas en la flora y la fauna de EE.UU.; los hizo públicos en su libro La Primavera Silenciosa.

A partir de los años setenta, el descubrimiento de la tecnología derivada de la ciencia y cuyo poder se multiplicó con la explosión económica global, dejó patente como el afán productivo de las empresas era capaz de producir cambios fundamentales y tal vez irreversibles en el planeta Tierra. Si bien se había logrado evitar una guerra nuclear globalizada entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, no era tan fácil escapar de los subproductos del crecimiento científico.

En 1965 se creó el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Se utilizaría como catalizador, defensor, educador y facilitador para promover el uso sensato y el desarrollo sostenible del medio ambiente global. El Programa inició su trabajo en siete áreas prioritarias: cambio climático, desastres y conflictos, manejo de ecosistemas, gobernanza ambiental, productos químicos y desechos, eficiencia de recursos y medio ambiente bajo revisión.

En 1970, el Club de Roma1 (asociación privada), encargó a un grupo de investigadores del Massachusets Institute of Technology (MIT), bajo la dirección del profesor Dennis Meadows, un estudio sobre las tendencias y los problemas económicos que amenazaban a la sociedad global.

En 1972 por primera vez se plasmaba la grave crisis ecológica que afectaba a la Tierra: estaba en riesgo una gran parte de la vida en este nuestro hábitat. Por primera vez también se introducía en la agenda política internacional, la dimensión ambiental como acondicionadora y limitadora del modelo tradicional de crecimiento económico.

En 1973 el mexicano Mario Molina y el estadounidense Frank Sherwood Rowland, fueron los primeros en darse cuenta de que los clorofluorcarbonados, ampliamente empleados en la refrigeración y en los nuevos y populares aerosoles, destruían el ozono de la atmósfera terrestre. No es de extrañar que este fenómeno no se hubiese percibido antes, ya que cuando apenas despuntaba la década de los cincuenta, la emisión de estos elementos químicos (CFC 11 y CC 12) no superaba las cuarenta mil toneladas, mientras que entre 1960 y 1972 se llegaron a emitir a la atmósfera más de 3,6 millones de toneladas. 2

Para entonces, al parecer, todas estas advertencias no era aún suficiente como para que se tomaran medidas drásticas para regular la destrucción galopante del planeta.

Continuará…

1 El Club de Roma investiga sobre la problemática ambiental e interrelacionar los distintos aspectos demográficos, energéticos y alimenticios, entre otros, con los aspectos políticos con visión a los próximos 50 años.

2 Eric Hobsbawn (2003), Historia del siglo XX, ps. 544-545.

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