AMLO, el arribo

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Federico Berrueto

Es común en los presidentes pensar en su legado, mucho más en el tercer tercio de la gestión, como ahora ocurre con Andrés Manuel López Obrador, quien es de obsesiones, legítimas y hasta encomiables en la medida en que sirvan al país. A partir de los resultados, no de las intenciones, hay razones sobradas para anticipar un sombrío legado al que aspiraron él mismo, su grupo y sus votantes. Que el presidente se considere como un punto de quiebre en la historia política del país tiene tres consideraciones:

Primero, la persistencia. Llegar de Macuspana a Palacio Nacional no es cualquier cosa. No pudo ganar la elección de gobernador de Tabasco, sí la del gobierno del corazón del país, como segundo gobernante democráticamente electo, al tiempo que se dio la alternancia en la presidencia. Desde allí con paciencia y disciplina cultivó y acarició la idea de llegar a la Presidencia de la República. Sus cuentas no fueron malas y el desafuero lo victimizó a manera de ganar aceptación. La candidatura presidencial de Roberto Madrazo, del PRI, le atrajo muchos votos, aunque buena parte de su élite fue funcional a la candidatura de Felipe Calderón. Perdió por mínima diferencia, derrota amarga, frustrante y traumática. En los estados con resultados más adversos sus representantes no vigilaron las casillas. 2012 repite, segundo lugar con mayor diferencia, pero significativo apoyo. La tercera fue la vencida, una épica que acredita singular carácter y perseverancia.

Segundo, la debacle del régimen. La presidencia de Enrique Peña Nieto significó el desastre de su propio gobierno por corrupción, frivolidad e indolencia. Aunque él y su partido condensaban el descontento social, en realidad el conjunto del sistema económico, social y político estaba desacreditado. Muchos de los votantes tenían la convicción de que el sistema no daba más. Mediocre crecimiento, violencia creciente, ausencia de autoridad y, sobre todo, incapacidad para generar esperanza entre amplios sectores de la población excluidos, marginados e ignorados. El poder no vio que desde 2015 la alternancia era el signo de los nuevos tiempos, muestra inequívoca del descontento, especialmente en los sectores urbanos, en las clases medias. Las instituciones propias de la democracia, partidos, funcionarios electos y legisladores tendrán la mayor desconfianza y rechazo; y la legalidad será vista con desdén y como base para el abuso, no para la justicia ni para garantizar derechos.

Tercero, la narrativa disruptiva. La polarización no la creó López Obrador, pero su discurso embonó de manera perfecta con el estado de ánimo de una considerable parte de los mexicanos. Ganó credibilidad con los símbolos del colapso del sistema vigente y la consistencia del mensaje del candidato, centrado en el combate a la corrupción como origen de todos los males nacionales. Ganar la elección presidencial con sobrada mayoría absoluta y una participación superior a 63% constituyó un éxito sin precedente y mandato para un cambio profundo. La oposición se dividió en partes iguales, no hubo un segundo lugar, más bien dos terceros, a más de 30% de diferencia. Una derrota estructural de los dos partidos que habían dominado la escena política nacional en el nivel parlamentario y gobiernos locales. Más aún, el PRI con 16% de los votos se perfilaba hacia una grave crisis que hacía pensable su desaparición, especialmente, por el enorme descrédito y la empatía de su base social con el ganador.

Pronto, muy pronto, entendió López Obrador que su tarea primaria en el poder sería desmantelar lo existente, al asociar las instituciones a la venalidad y privilegios del régimen anterior. Suspender la construcción del hub aeroportuario de Texcoco fue una decisión emblemática de su determinación por romper con el pasado y dejar en claro que gobernaría sin someter el poder presidencial a nada ni nadie. Fue una decisión muy costosa y un mal mensaje para los factores de la economía, pero las prioridades estaban en lo político y en construir una nueva relación con la llamada oligarquía. Que no hubiera la menor duda de quién manda y de su autoridad única en el ejercicio del poder. La decisión le dio resultado y de allí en adelante la representación empresarial y las grandes empresas, con singulares excepciones, marcharon alineadas al presidente.

Los atributos y virtudes para arribar al poder se volvieron en su contra en el ejercicio del gobierno. Los resultados lo constatan. Lo histórico de López Obrador quedará en lo primero; en perspectiva revelará que los hechos de su gobierno conspiraron contra sus intenciones.

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