ALGO PARA RECORDAR: Primavera del 72: Colonia, Ámsterdam y París sin escalas / IV

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Luis Alberto García / Cdmx

*El viaje de regreso al México-Tenochtitlan.
*Las rubias del Sep´s con Thomas Fervers.
*Biografía del Willy Brandt con dedicatoria cariñosa.

Y así llegó la vuelta a México y, con más cervezas Kolsch de por medio, nos retratamos y nos despedimos de Chema llore y llore en el aeropuerto de Porz-Wahn, para vernos en Tenochtitlan hasta marzo de 1973, cuando, con su cuñado Thomas Fervers, nos fuimos al Sep´s de la avenida Michoacán y Tamaulipas para bebernos unos cuantos tinacos de cheves rubias para rememorar los buenos ratos del año anterior.
En esas estábamos, en medio de las lágrimas del “hasta luego”, cuando, de pronto, José María extrajo de la bolsa de su abrigo forrado con piel de zorro, un libro en formato pequeño que abrió mostrando la dedicatoria: “Al par de reporteros estrellas, felices creadores de mi fugaz aliviane. Con cariño, Chema”.
Se trataba de La larga marcha de Willy Brandt de Hermann Otto Bolesch y Han Dieter Leicht, una biografía del Canciller alemán con treinta fotos, un apéndice documental y un prefacio de Herbert Wehner, editado en Basilea, Suiza, en 1970 por Horst Hermann, cuatro años antes de que el personaje a cuyo gobierno debíamos nuestra gira venturosa, caería debido a que un espía de la República Democrática Alemana infiltrado en su gabinete como secretario particular -Günther Guillaume- lo obligaría a renunciar por tan siniestra razón.
Muy serio, José María nos explicó que esa historia describía en 165 páginas el camino de un hijo de trabajadores del puerto de Lübeck en la política, el exilio y su arribo al máximo cargo de la nación en la década de 1970, luego de una existencia luminosa que, además de la presidencia de la Internacional Socialista, lo conduciría a los primeros planos de la política mundial contemporánea.
Con los años, Chema, que nos apodaba así –“el par de rufianes”-, se divorció de Bárbara Fervers, se casó con Lilia Rossbach, produjo cuatro novelas nostálgicas y deslumbrantes -La difícil costumbre de estar lejos, El imperio perdido, Tu nombre en el silencio y La profecía de la memoria- y numerosos ensayos.
Asimismo representó a la editorial Surkamp en México, estuvo entre los fundadores de La Jornada en 1984, dirigió el Canal 22, fue embajador en Portugal y finalmente se enroló como ferviente pejelagartista y lopezobradorista.
Jamás olvidaremos que, el 6 de julio de 2006 -una noche de lluvia bíblica con el abogado Javier Quijano y Francesc Relea, corresponsal español- nos fotografiamos a su lado con caras de preocupación, cuando protestamos por los resultados preliminares de la elección de ese día en el vestíbulo del Hotel Marquis de Reforma: luego quiso ser Canciller de Andrés Manuel López Obrador, hasta que una enfermedad lateral amiotrófica, esclerosis ósea, lo abatió.
Sin embargo él -lo sabemos, Rafita- está con frecuencia en nuestros pensamientos, y por supuesto también en nuestros corazones sesenta y ocheros que, sin duda, laten juntos desde hace más de medio siglo.
Hay que acotar que, hasta aquí iba yo escribiendo esta crónica de viaje -hacia las 11 de la mañana del domingo 26 de mayo de 2013-, cuando me enteré en el noticiario de un canal de televisión, que el doctor José María Pérez Gay había fallecido pocas horas antes.
Impactado, estremecido, proseguí escribiendo y recordando que alguna vez nos reunimos con él en el cuarto de azotea que habitaban en las Lomas de Barrilaco el poeta y músico uruguayo Roberto Darvin y Celia Garza: ella, norteña de Torreón, apodada la Celiouer y él, originario de Montevideo, nacido en el principio y fin de la mar.
En alguna tarde aburrida, Chema nos acompañó hasta ese último piso, en el que tuvo la puntada de refinarse unas estrofas de Gustav Mahler: “Oh Mensch, gib Acht”, cantaba a gritos sin que supiéramos que quería decir aquello.
En mayo de 1973 anduvimos por El Mante, Jaumave, San Fernando y otros lares tamaulipecos que hoy son territorio comanche -del narco pues- con Gregorio Laventmann y Rubén Illoldi en un viaje de negocios para preparar la salida de nuestra revista Sesgo.
El asunto iba en serio, y luego vinieron reuniones editoriales, juntas e invitaciones a colaboradores, discusiones sobre contenidos y presupuestos, desveladas, desmañadas y un coctel de presentación en un salón elegante del hotel Fiesta Palace antes de llamarse Fiesta Americana.
Otros episodios se iniciarían a lo largo de un semestre, en que hicimos aparecer los seis primeros números de la publicación mensual, en una labor de romanos en la que, todos, unimos esfuerzos e ideas para ejercer libremente la información, el análisis y la crítica del México a ese tiempo. (Continuará).

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