ALGO PARA RECORDAR: Guerra social y de exterminio de los mayas (1847-1901)

Fecha:

Luis Alberto García / Mérida, Yucatán

*Vasta bibliografía de Paoli, Ancona, Sierra, Carrillo y Baqueiro.
*Los jefes mayas detuvieron su avance y volvieron a sus tierras.
*El dictador Santa Anna envió armas a cambio de reconocimiento.
*Estado paralelo de los rebeldes cruzoob de Chan Santa Cruz.
*El general Ignacio Bravo llevó la “pax porfirista” a la península.

Como los consignan Francisco José Paoli y otros autores ilustres como Eligio Ancona, Justo Sierra, Crescencio Carrillo, Serapio Baqueiro y más historiadores reconocidos, en meses, la rebelión maya había tomado dos tercios de Yucatán, y para la primavera de 1848, las huestes indígenas estaban a las puertas de Mérida, cuando el gobernador Miguel Barbachano ya preparaba un decreto de evacuación de la ciudad.
Lo que salvó a Mérida -la “blanca”, porque era casi exclusiva para los no indígenas- no fue el ejército mexicano, que estaba en el norte, entregando y perdiendo la contienda contra Estados Unidos, ni la valentía de sus defensores.
Fueron las langostas, las hormigas voladoras, que en la cultura maya señalan el inicio de las lluvias y el momento de sembrar, de suerte tal que los jefes mayas detuvieron su avance y regresaron a sus milpas porque si no lo hacían, no habría cosecha y sus propias familias morirían de hambre.
Mientras los mayas sembraban, Yucatán pidió socorro a quien se lo quisiera dar: a España, a Inglaterra, al gobierno de México; pero el único que respondió fue éste, que envió 50 mil fusiles y dinero a cambio de que Yucatán reconociera y regresara a la federación después de haberse declarado república independiente, como lo exigía Antonio López de Santa Anna.
Cuando la presión militar aumentó en 1850, el líder mestizo José María Barrera encontró una pequeña cruz tallada en un árbol de caoba cerca de un cenote en las selvas del oriente, y declaró que era un milagro, que la cruz había hablado y les ordenaba seguir luchando.
Fundó un santuario y una ciudad: Chan Santa Cruz, “el gran pueblo de la Santa Cruz,” hoy Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo, de modo que la Cruz Parlante se convirtió en el ícono espiritual y militar de la rebelión: sus intérpretes dictaban estrategia en su nombre y los mayas que la seguían se llamaron a sí mismos los cruzoob, “los de la cruz.”
Desde Chan Santa Cruz, los mayas construyeron un Estado paralelo con gobierno propio, ejército, sistema jurídico y relaciones diplomáticas con el Reino Unido, que los reconoció porque hacían negocios muy rentables de palo de tinte con las Honduras Británicas -British Honduras- hoy Belice.
Entre 1853 y 1899, los cruzoob lanzaron medio centenar de ataques armados contra poblaciones yucatecas, y no fue sino hasta 1901 que el general Ignacio Bravo y el ejército de Porfirio Díaz entraron sin oposición, imponiendo así la “pax porfirista”, a Chan Santa Cruz.
No se esmeraron demasiado en continuar el exterminio ordenado por la dictadura, porque los mayas ya habían huido hacia la selva y fundado nuevas aldeas donde el Estado mexicano no podía llegar, y así hasta 2021, los gobiernos de México y Guatemala pidieron perdón al pueblo maya por la guerra social del siglo XIX, de la que, en parte, fueron responsables y protagonistas
La ironía perfecta es que el estado que se creó para ocupar el territorio que los mayas habían controlado durante medio siglo hoy se llama Quintana Roo, y su capital es Felipe Carrillo Puerto, que es el nombre que hoy tiene Chan Santa Cruz, sitio recreado magníficamente en el libro de Paoli.
Fotografías, documentos, mapas, obras pictóricas, dibujos, grabados, cartas, notas y biografías entran en esa cronología de horrores infinitos ilustrada por Gilberto Castro Pacheco, acompañada además por unas sentidas, tiernas además, palabras sobre el origen de ese drama humano en la presentación que escribió el gran maestro Ermilo Abreu Gómez.
Por numerosos textos del presente y del pasado se perfilan textos e historias sobre esa tierra asombrosa, legendaria y heroica del faisán y del venado, como llamó a Yucatán uno de sus grandes inteligencias, el escritor Antonio Mediz Bolio, también cronista de esas desgracias.

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