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“No hay mayor esclavitud que apasionarse a desear y poseer lo indiviso, para oprimir, probarlo todo y no participar nada”

 

Víctor CORCOBA HERRERO/ Escritor

corcoba@telefonica.net                          

 

                El mundo necesita líderes coherentes, con andanzas responsables y testimonios veraces, que vivan y se desvivan por hacerlo en serio en cualquier situación que se hallen; y, para ello, hemos de poner espíritu auténtico de donación, cesión incondicional, valor para saltar todas las barreras y valía para ofrecer el mejor ejemplo a partir de uno mismo. Los tiempos vividos nunca han sido fáciles, necesitan del coraje social colectivo, bajo guías que hayan tomado la enorme constancia de actuar con franqueza, en un proceder de fidelidad a lo armónico y de lealtad permanente hacia sus análogos. Ciertamente, somos gente en camino, cada cual con sus necesidades, dispuestos a mirar hacia el futuro, centrándonos en la misión principal, en protegernos para poder subsistir como linaje. Esta es la línea que hemos de seguir, aunque nos inunden mil incertidumbres, pues la fuerza del planeta ha de residir en su soplo humanístico, que es donde habita realmente la capacidad de discernimiento, para llevar a buen término ese equilibrio general que toda atmósfera requiere para sentirse bien.

 

Juntos aprendemos unos de otros y nos ayudamos a salir de cualquier crisis. No hay otro modo para rehacerse, que levantarse como pueblo, abrazados a ese horizonte celeste que nos apiña. Por eso, actitudes como la de Estados Unidos que haya anunciado la suspensión de los fondos, a la Organización Mundial de la Salud, en un período de tantas dificultades, no es una postura muy acertada. Toda unión es poca para los esfuerzos en la lucha contra el coronavirus COVID-19, máxime cuando la citada institución está en primera línea apoyando con orientación, capacitación, equipos y servicios concretos para salvar vidas, especialmente a los más vulnerables. Ojalá se retorne a esa unidad. No hay otra forma de detener esta pandemia y sus devastadoras consecuencias.

 

Tras un liderazgo que nos hermane como humanidad, en el que podrá haber diversos enfoques,  sí que hemos de ser conscientes de tomar una senda de crecimiento sostenible, no vayamos a ahorcarnos en sociedades putrefactas, endiosadas hasta el extremo de no respetar las diferencias. Creo que es el momento de que prevalezca lo veraz, frente una desinformación sangrante de noticias falsas que nos dejan sin aliento; el turno de los grandes científicos y pensadores, de los hombres de palabra, que son los que verdaderamente han de ganarnos la confianza. Jamás perdamos el respeto entre la ciudadanía, tampoco la defensa de los derechos humanos, y aún menos el aguante, el combate y la vigilancia, el sentido del humor y la luz naciente del verdadero amor. Nadie puede ignorar las injusticias de este mundo. Seguramente todos podemos hacer algo más por el prójimo. Esas voluntades que excluyen,  que caminan sin ética alguna, que reducen su vida a un mero consumo, quizás sean los primeros que hemos de recuperar, pues la mentira en la que viven es tan extensiva como cruel, pues suelen terminar sus vidas en deseos posesivos. No hay mayor esclavitud que apasionarse a desear y poseer lo indiviso, para oprimir, probarlo todo y no participar nada. A esta infernal situación no podemos adaptarnos; los desposeídos tienen un mundo que les pertenece, que les han usurpado y que tienen que ocupar.

 

A propósito, decía el inolvidable escritor colombiano Gabriel García Márquez (1927-2014),  “que nunca era demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra”; personalmente creo que no le faltaba razón, pues todos estamos predestinados a obligarnos a diseñar un futuro mejor. Sería bueno, que nos dejáramos recrear por ese mundo que ha dejado de ser un campo de batalla para convertirse en un territorio de quietud. Tomemos el impulso en común para no fracasar, que cada cual sume sus posibilidades vitales, esto nos debería entusiasmar y dar fuerza a cada cultura para darlo todo por los demás, para crecer hacia ese proyecto único e irrepetible de donación que nos fraternice. Claro que sobran fronteras y frentes. Si tienes autoridad, destierra de ti las corazas y pon corazón, renuncia a tus intereses personales y lucha por el bien colectivo. Sin duda, son los pequeños gestos de cada día los que nos hacen crecer interiormente. Lo importante es dejarse transformar, salir de las enfermizas coyunturas, no abandonando nunca el camino de la escucha, ya que si en verdad queremos que el corazón del mundo se haga luz para todos, antes han de cambiar los latidos de cada cual. Quizás debiéramos pensar que aún no hemos sabido organizarnos, y así a veces nos sentimos como un extraño en el camino que nosotros mismos hemos trazado. De ahí; lo trascendente que es no perder el tiempo y disfrutar de ese espacio que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar morar, ofreciéndolo.

 

Se dice que los niños son la esperanza del mundo, y bajo ese anhelo, hemos de dejar de estar ociosos, y pelear hondo por salir del arcaico “ojo por ojo”, que lo único que nos hace es que acabemos ciegos de odio. En efecto, otro mundo ha de ser posible cuanto antes.  Para una persona de paz, todo el mundo es su tronco. El desafío pasa por salirse de ese ámbito dominador, que todo lo avasalla y subyuga a su antojo, por vivir la propia entrega de tal manera que los esfuerzos tengan un sentido de vínculo de familia, de lugares fraternos, donde resuenen más los silencios celestes del alma que los ruidos terrenales del cuerpo. Tal vez tengamos que apuntar más alto para reconquistar otro universo más vivo, más humano y también más divino, al despojar de nuestra torpe existencia toda mística poética: un Dios sin verso, un verso sin palabra y una palabra sin pulso. Así, los del pedestal de esta torpe naturaleza, prefieren esconder las lágrimas, ignorar las situaciones dolorosas, esconderlas y encubrirlas. Saber llorar con los demás, esto sí que es compasión. Reaccionar ante lo injusto con sencilla mesura y clemencia, esto también es comprensión. Al fin y al cabo, todos nosotros somos una tribu que hemos de absolvernos recíprocamente, pues el abecedario de las apariencias ha dominado nuestros andares hasta ahora. Conservar la pulsación que soy, con esa inocencia de crío, esto sí que es en suma POESÍA, que nos eleva y purifica. Dejémonos ascender.

 

Víctor CORCOBA HERRERO / Escritor

corcoba@telefonica.net

 

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