Afinidades y diferencias

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Federico Berrueto
Pablo Gómez disputó en su momento a López Obrador la candidatura a jefe de Gobierno de la Ciudad de México, reclamaba que no cumplía con el requisito de residencia. No hubo reconciliación, sino algo más importante: Gómez se ganó el respeto de alguien muy poco dispuesto a otorgarlo. López Obrador vio en el viejo luchador comunista atributos singulares desde su singular mentalidad, propensa a privilegiar la disciplina, y el sometimiento ciego a la causa, como también ocurriría en la presidencia con los militares. Algo similar sucedió con Claudia Sheinbaum. Vio en ella carácter, lealtad total a la causa e intransigencia.
Así como Trump tiene debilidad por los autócratas —Putin, el coreano Kim Jong-un o López Obrador—, también López Obrador tiene afinidad hacia los autócratas. La mente del dictador está habitada por el miedo a la traición, y nada ofrece mayor confianza que las personas de lealtad incondicional a la causa. Maduro se rodeó de una guardia pretoriana cubana: los suyos no merecían crédito y tuvo razón; su detención no se explica sin la traición de los militares venezolanos.
En su pretensión de suceder a López Obrador, la suerte de Ebrard estaba escrita. Claudia ofrecía, por mucho, lo que hoy confirma: lealtad a toda prueba, en toda circunstancia. No es la mejor presidenta del mundo ni de la historia nacional, como afirma López Obrador, pero le ha demostrado una lealtad auténtica e inquebrantable. La causa, por encima de todo. Lo mismo ocurre con Pablo Gómez; por ello encabezó la Unidad de Inteligencia Financiera, entidad de Estado para el combate al crimen utilizada por López Obrador para el espionaje financiero y la persecución política.
Muchos asumieron que Gómez fue retirado de la UIF por desconfianza. No fue así. En la nueva circunstancia del obradorismo simplemente dejó de ser funcional. Omar García Harfuch necesitaba acceso directo a las operaciones financieras en la renovada embestida contra el crimen organizado. Además, Gómez no era el interlocutor adecuado ante las autoridades de Estados Unidos. Por eso fue enviado a donde se le necesitaba y resultaba útil para los fines del régimen. Convergen su visión estalinista y la de la presidenta: la construcción de un partido de “vanguardia revolucionaria”. Se equivocan quienes creen que el excomunista se excedió en su cometido; al contrario, expresa fielmente lo que se quiere. El verdadero reto es si ese proyecto puede materializarse, pues requiere del voto de aquellos que se pretende eliminar: PT y PVEM.
También se equivocan quienes perciben fisuras en la relación entre la presidenta y su antecesor. No las hay. Son diferentes, sí, pero ella no le disputa la autoridad ni su condición de referente privilegiado en la definición y conducción del proyecto. Lo ha dicho una y otra vez. El problema es López Obrador porque le resulta difícil comprender la compleja situación que enfrenta la presidenta: heredó una economía descompuesta por la desconfianza y la deuda; una estructura de poder desprestigiada, pero eficaz para imponerse como se vio en la aprobación de la reforma judicial; una corrupción desbordada como muestra el contrabando de combustible; un Trump II mucho más amenazante que Biden o Trump I; y, además, un diseño sucesorio imposible de cumplir. Andy es inviable; no para López Obrador, empeñado en lo impensable. El trayecto de Macuspana a Palacio Nacional le parece más largo y azaroso que el de la Secretaría de Organización de Morena al mismo destino. No entiende que el nombre y apellido no bastan, que la corrupción que envuelve al vástago lo descalifica y lo anula en lo que fue el recurso mayor de López Obrador para llegaral poder.
López Beltrán, en la realidad o en el imaginario colectivo, es lo opuesto a López Obrador: beneficiario del nepotismo y emblema de venalidad. No que el expresidente sea honesto, como muestra la adicción al dinero en efectivo que ha acompañado a su proyecto, acentuada de manera dramática ya en el poder mediante el contrabando de combustibles. El punto, en la percepción socializada y en la evidencia pública, el hijo representa la negación del padre, pese a la reiteración de que el nombre es aval suficiente.
Las afinidades se reafirman en el ejercicio del poder; y, a juzgar por los hechos, las diferencias se diluyen, como demuestra el aval concedido desde la más alta oficina, primero, a Félix Salgado Macedonio y Cuauhtémoc Blanco, y ahora a Layda Sansores, entre otras finas personas.

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