fbpx

revolución 1CIUDAD DE MÉXICO, 20 de noviembre (Al Momento Noticias).- La mala situación económica, la opresión, la carencia de educación, salud, y desarrollo de la mayoría de los mexicanos; aunado a un sistema político autoritario y la ausencia de opciones políticas, fueron el caldo de cultivo ideal para que se suscitara el movimiento revolucionario de 1910.

Su trascendencia alcanzó una proporción internacional, ya que significó el primer movimiento armado de carácter social del siglo XX.

Pero, ¿a qué aspiraba la revolución de 1910? El fundamento principal de la lucha armada se plasmó claramente en el Plan de San Luis, que llamaba a retomar el ejercicio de los derechos políticos y sociales del pueblo, terminar con la dictadura de Porfirio Díaz, poder formar partidos políticos y conseguir elecciones libres.

Se buscaba también una verdadera división de poderes, y que estos no estuvieran supeditados al Ejecutivo, como lo estaban también los gobiernos de los estados.

El principal anhelo de Francisco I. Madero era conformar un régimen democrático, pero su intención de impedir la revolución armada, se vio truncada por la negligencia de un Porfirio Díaz que decidió permanecer en el poder, ignorando el clamor popular.

Conmemorar la Revolución mexicana, no tendría ningún sentido si no se reconocen sus logros. Hoy nuestro país puede presumir que se respetan las libertades y la decisión de los ciudadanos. En México ha consolidado un régimen de elecciones democráticas, señala la diputada Karina Sánchez Ruiz del Grupo Parlamentario Nueva Alianza.

revolución 2“Claro que enfrentamos retos en este aspecto, para Nueva Alianza lograr los objetivos de la reforma educativa, es una tarea en proceso. Sin embargo, es necesario reconocer que en su creación fueron incorporadas diversas posturas, voces y opiniones, todo con un mismo objetivo: conseguir una educación de calidad. El compromiso está pendiente, pero la transformación ha iniciado y nada ni nadie la podrá detener. Nos hemos dado instituciones democráticas, una verdadera división de poderes, seguridad social para los trabajadores, y un sistema de salud que es perfectible, sin duda, pero que busca que ningún mexicano o mexicana sea excluido. Nuestro país ha evolucionado, hemos conseguido libertades que hace 105 años parecían impensables, y sin embargo sabemos que aún existen muchos retos que enfrentar”.

En 1910 la población se dividida en tres clases sociales. La clase alta, representaba el 0.6% de la población total y concentraba el poder y la riqueza. La clase media, el 8.3% de la población del país, estaba compuesta por burócratas, artesanos, pequeños propietarios de fincas urbanas y rurales, etc. El resto, conformaba la clase baja; era la más numerosa y explotada, integrada por jornaleros, peones, obreros, empleados del comercio y negociaciones, y el grueso del ejército.

Lamentablemente, estos porcentajes no se han modificado de la forma en la que quisiéramos en más de un siglo.

Según datos del INEGI, hasta 2010 el 1.7% de la población pertenecía a la clase alta, un 39.16% a la clase media y un 59.13 % a la clase baja.

Llegar a una verdadera equidad en el desarrollo, sin importar si se nació en Nuevo León o Guerrero, es un reto que ha impulsado a nueva alianza desde su creación.

revolución 4Sin embargo, es urgente terminar con la brecha de desigualdad que sigue siendo una realidad en el país.

Oxfam reveló en el 2014 que 85 personas alrededor del mundo poseen la misma riqueza que la mitad de la población mundial. Para enero del 2015, el número se había reducido a 80. Desde entonces, hemos iniciado un movimiento global en el marco de la campaña IGUALES para alertar a los líderes políticos, a los empresarios y a la ciudadanía que la desigualdad extrema esta limitando los avances en la lucha contra la pobreza.

Este año, Oxfam México se suma a ese llamado, abriendo un espacio a un destacado economista mexicano, para que nos alumbre sobre la verdadera magnitud de la desigualdad que se vive en nuestro país. Lo que encontramos en este texto de Gerardo Esquivel es que en las últimas décadas, México ha experimentado un crecimiento de la desigualdad extrema mientras la economía se ha estancado. El crecimiento económico es magro, los salarios promedios no crecen, la pobreza persiste pero la fortuna de unos cuantos sigue expandiéndose.

Nuestro país está inmerso en un ciclo vicioso de desigualdad, falta de crecimiento económico y pobreza. Siendo la decimocuarta economía del mundo, hay 53.3 millones de personas viviendo la pobreza. La desigualdad ha frenado el potencial del capital físico, social y humano de México; haciendo que en un país rico sigan persistiendo millones de pobres. ¿En dónde está esa riqueza mexicana? En términos de renta y capital, se encuentra concentrada en un grupo selecto de personas que se han beneficiado del poco crecimiento económico del que ha gozado México en las últimas dos décadas. Así, mientras el PIB per cápita crece a menos del 1% anual, la fortuna de los 16 mexicanos más ricos se multiplica por cinco, señala Gerardo Esquivel Hernández en su estudio Concentración del Poder Económico y Político.

revolución 3Vemos con preocupación la excesiva e indebida influencia de los poderes económicos y privados en la política pública y la interferencia que esto implica para el ejercicio de los derechos ciudadanos. Las personas más afectadas por esto son las personas más pobres. La lucha que debemos emprender es por esas personas, que se han quedado excluidas, sin voz, sin capacidad de participar en las decisiones que afectan sus vidas y las de sus hijos. La desigualdad limita el desarrollo del capital físico, social y humano necesario para mejorar las condiciones de vida y el bienestar de las personas.

Es hora de cambiar las reglas del juego, tanto económicas como políticas, que benefician a unos cuantos. La desigualdad se puede revertir a partir de la colaboración entre actores políticos, sociedad civil y sector privado. México necesita un gran pacto nacional por la IGUALDAD en donde la acción de la ciudadanía es clave para la construcción de un Estado más eficaz. México necesita un Estado que trabaje para los muchos y no para los pocos, en donde se gaste con sentido en educación, salud y servicios básicos. Que impulse políticas para que las personas no trabajen para seguir siendo pobres, para que paguen más los que más tienen y para hacer un Estado más transparente.

En enero de 2014, Oxfam revelo que las 85 personas más ricas controlaban tanta riqueza como la mitad más pobre de la población mundial. Para enero del 2015, el número se había reducido a 80. La profundización de la desigualdad económica es la tendencia más preocupante para 2015, según en Foro Económico Mundial. Resulta, pues, imperativo hablar del tema en México, en donde más de veintitrés millones de personas no pueden adquirir una canasta básica, pero que alberga a uno de los hombres más ricos del mundo. Ahora bien, esta desigualdad que caracteriza a México no sólo tiene implicaciones sociales: las implicaciones políticas juegan un rol preponderante.

Uno de los aspectos más graves de esta desigualdad es la distribución del ingreso. Dada la escasa recopilación de indicadores, saber qué tan desigual es México respecto a otros países resulta una tarea compleja. No obstante, la Standardized World Income Inequality Database refiere que México está dentro del 25% de los países con mayores niveles de desigualdad en el mundo.

El problema se ha incrementado con el tiempo. Dos bases de datos han arrojado datos para las últimas tres décadas: la Socio-Economic Database of Latin America and the Caribbean (SEDLAC) y la Income Distribution Database (OECD). Hay dos resultados: entre mediados de los noventa y 2010, la desigualdad de ingreso disminuyó. Sin embargo, la desigualdad es mayor a la que había en los ochenta. Estamos, pues, frente a dos eventos contradictorios: ha crecido el ingreso per cápita, pero se han estancado las tasas de pobreza en el país. Lo anterior se produce porque el crecimiento se concentra en las esferas más altas de la distribución.

revolución 6La obtención de datos oficiales de lo que ocurre en las clases más altas es cuasi imposible, de ahí que se recurra, por ejemplo, a las declaraciones fiscales. Así, de manera indirecta y por medio de métodos estadísticos, autores como Campos, Esquivel y Chávez (2014, 2015) han obtenido estimaciones de lo que sucede en ese México, podríamos decir, desconocido: al 1% más rico le corresponde un 21% de los ingresos totales de la nación. El Global Wealth Report 2014 señala, por su parte, que el 10% más rico de México concentra el 64.4% de toda la riqueza del país. Otro reporte de Wealth Insight afirma que la riqueza de los millonarios mexicanos excede y por mucho a las fortunas de otros en el resto del mundo. La cantidad de millonarios en México creció en 32% entre 2007 y 2012. En el resto del mundo y en ese mismo periodo, disminuyó un 0.3%.

El número de multimillonarios en México, no ha crecido mucho en los últimos años. Al día de hoy son sólo 16. Lo que sí ha aumentado y de qué forma es la importancia y la magnitud de sus riquezas. En 1996 equivalían a $25,600 millones de dólares; hoy esa cifra es de $142, 900 millones de dólares.

revolución 5Ésta es una realidad: en 2002, la riqueza de 4 mexicanos representaba el 2% del PIB; entre 2003 y 2014 ese porcentaje subió al 9%. Se trata de un tercio del ingreso acumulado por casi 20 millones de mexicanos.

Para darnos una idea de la magnitud de la brecha en México veamos este ejemplo: para el año 2014, los cuatro principales multimillonarios mexicanos podrían haber contratado hasta 3 millones de trabajadores mexicanos pagándoles el equivalente a un salario mínimo, sin perder un solo peso de su riqueza.

Las implicaciones de lo anterior no son sólo de índole social. Carlos Slim en la telefonía, Germán Larrea y Alberto Bailleres en la industria minera y Ricardo Salinas Pliego en TV Azteca, Iusacell y Banco Azteca. Los cuatro han hecho sus fortunas a partir de sectores privados, concesionados y/o regulados por el sector público. Estas élites han capturado al Estado mexicano, sea por falta de regulación o por un exceso de privilegios fiscales.

Uno de los grandes problemas reside en que nuestra política fiscal favorece a quien más tiene. No es de ninguna manera progresiva y el efecto redistributivo resulta casi nulo. Por gravar consumo por encima del ingreso, las familias pobres, al gastar un porcentaje más alto de su ingreso, terminan por pagar más que las ricas. La tasa marginal del ISR—una de las más bajas de los países de la OCDE—, el que no haya impuestos a las ganancias de capital en el mercado accionario, y el que tampoco los haya a herencias, entre otras cosas; son ejemplos de cómo el sistema tributario beneficia a los sectores más privilegiados.

La constante desigualdad y la captura política por parte de las élites tienen consecuencias económicas y sociales graves que resultan, además, excluyentes. El mercado interno se ve francamente debilitado. Ante la escasez de recursos, se recorta el capital humano y se pone en juego la productividad de los pequeños negocios.

PobrezaLa política social asimismo ha sido un rotundo fracaso: al día de hoy, esa lógica de que el crecimiento se filtra de las capas altas a las bajas simplemente no ocurre en México desde hace décadas. Uno de los dolorosos ejemplos es el salario mínimo: si un mexicano percibe esta cantidad y mantiene a alguien, a ambos se les considera pobres extremos. La política salarial que en algún momento se concibió como mecanismo de contención inflacionaria, ya no tiene razón de ser. Hoy en día, el salario mínimo mexicano está por debajo de los umbrales aceptados de pobreza.

Otros aspectos que han detonado o que son en sí mismos consecuencias de la desigualdad extrema en México y que están pendientes en la agenda pública son:

  • La población indígena, cuya tasa de pobreza es 4 veces mayor a la general.
  • La educación pública versus la privada
  • La violencia a causa de la marginación.

 

Persisten las condiciones de inequidad, desigualdad, y despojo

 

Luis Juventino García Ruiz, adscrito al Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales (IIH-S), sostuvo que al igual que hace más de 100 años, en la nación persisten las condiciones de inequidad, desigualdad, despojo, falta de acceso a oportunidades y una democracia irreal.

“Mientras prevalezcan estas condiciones siempre habrá reclamos que harán referencia a la Revolución Mexicana, aunque ya no en términos de un lenguaje político-demagógico que ayudó a sustentar la ideología del Estado mexicano durante el siglo XX.”

Resaltó que a lo largo de los años este acontecimiento histórico ha sido mitificado y, por lo mismo, se ha pensado que el detonante principal fue únicamente la desigualdad social que se vivía a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

En realidad, precisó el también profesor de la Facultad de Historia, el estallido armado surgió por una combinación de factores sociales, económicos y políticos que se vivían en el México porfiriano.

Empobrecimiento y movilización política

El investigador explicó que los antecedentes de la Revolución Mexicana están en la etapa del Porfiriato, que abarca de 1876 a 1910, cuando inició el movimiento.

A principios del siglo XX el país registraba un crecimiento económico propiciado por el incremento en las exportaciones, gracias a que se vivía un ambiente de relativa calma; ya no había guerras civiles ni pronunciamientos militares que lo desestabilizaran.

“Había un ambiente propicio para los negocios, creció la red ferroviaria, se construyeron obras públicas de gran envergadura como el puerto de Veracruz, la red telegráfica, el drenaje de la Ciudad de México, entre muchas otras.”

Desde el punto de vista económico, acotó, se atravesaba por un amplio crecimiento que derivó en el desarrollo de varios ramos de la industria –principalmente el textil y metalúrgica– y en el inicio de las exploraciones petroleras, gran parte de ellas realizadas en la región de la Huasteca veracruzana.

Sin embargo, en el plano social se reflejaban contradicciones muy marcadas, pues el crecimiento económico deterioraba paulatinamente las condiciones sociales de las clases populares, e incluso de la clase media.

En estos años, describió, la clase media mexicana creció rápidamente, sobre todo en las grandes ciudades debido al aumento en los índices de educación, lo que permitió gente con mayor preparación que empezó a formar parte de la burocracia; al mismo tiempo aparecieron diversidad de profesiones: médicos, abogados, periodistas, profesores, entre otros.

Pero en el campo no sucedió lo mismo, mientras la industria y las exportaciones agrícolas de café, tabaco, azúcar, algodón y henequén crecían, las condiciones laborales y salariales de los campesinos empeoraban pues dejaron de operar los mecanismos de reciprocidad que habían existido y que de alguna forma protegían a esta población.

A esto se sumaban las comunidades campesinas indígenas que perdieron sus tierras por la aplicación de leyes privatizadoras, dijo García Ruiz.

Todo lo anterior generó tensiones sociales. Por un lado, estaban las clases medias que se dieron cuenta que no tenían espacios de representación, y creció la percepción de que había una élite política que se reproducía y acaparaba el poder.

“Cada vez era más constante la necesidad de que el régimen político debía abrirse ante la inminente ausencia de Porfirio Díaz, quien para comienzos del siglo XX era una persona de edad muy avanzada. Por otro lado, la gente con ideología liberal se dio cuenta de que la Constitución era una ficción, que se no cumplía, que no había realmente una legalidad en términos efectivos; por ello la gente empezó a alzar la voz para que las cosas cambiaran.”

Y fue en este ambiente sociopolítico y económico que en 1908 Díaz concedió una entrevista al periodista James Creelman, la cual fue publicada en la revista Pearson’s Magazine en marzo de ese mismo año, donde declaró que México estaba preparado para una transición democrática.

“En este contexto es que se aceleró la movilización política y la crítica periodística; se radicalizaron los círculos liberales y los ateneos empezaron a circular periódicos como Regeneración, se creó el Partido Liberal Mexicano.”

Además, “se agudizó más la crítica política y crecieron las movilizaciones sociales de protesta contra el gobierno de Porfirio Díaz, siendo representativos los acontecimientos de Cananea y Río Blanco”.

Si a todo esto se le suma la crisis económica de principios del siglo XX, se generaban más las condiciones para el estallido revolucionario que se dio en noviembre de 1910.

Recapituló que la combinación de factores políticos, sociales y económicos (la situación denigrante de las clases populares en el campo, el empobrecimiento en las ciudades, una clase media que no se sentía representada y una movilización política pujante) dieron lugar al movimiento armado.

Caminos diferentes

Los caudillos revolucionarios y líderes políticos sí abanderaron las verdaderas causas del pueblo mexicano, ejemplo de ello es que tuvieron demandas concretas a favor de los campesinos, de los obreros y de la clase media, planteó Luis Juventino García.

Expuso que los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón pensaron que primero se debían crear las condiciones para una verdadera transición democrática, y posteriormente desarrollar las reformas sociales que se necesitaban para mejorar las condiciones sociales, políticas y económicas del país.

En cambio, Francisco Villa y Emiliano Zapata, principalmente este último, pugnaban por el reparto de las tierras que estaban en manos de los grandes hacendados que sólo explotaban a los campesinos.

“Zapata buscó que se hiciera justicia y se devolvieran las tierras a sus dueños originarios, y por eso se sumó a la lucha revolucionaria, siguiendo la promesa vertida por (Francisco I.) Madero en el Plan de San Luis acerca de que se revisarían los casos de aplicación tergiversada de la Ley Lerdo, mediante la cual se habían privatizado las tierras.”

Pese a que estaban comprometidos con atender y resolver los problemas que aquejaban a la mayor parte de los mexicanos, el investigador del IIH-S dijo que los líderes iban por caminos y causas diferentes, no hubo algo que los uniera, de ahí que exista la controversia de si hubo o no una Revolución Mexicana.

“Algunos plantearon crear condiciones políticas para un cambio, otros tenían ideas populares, como Villa y Zapata, quienes pensaron que primero había que mejorar las condiciones de los campesinos. Inclusive (José) Vasconcelos planteaba (que) primero (era necesario) hacer una transformación cultural de México.”

Antes y después de la Revolución

La pregunta constante y que ha generado polémica entre los estudiosos de la historia mexicana, es si realmente hubo una Revolución en México. A decir de García Ruiz, sí se dio un movimiento revolucionario.

“Se nota el rompimiento entre el México de finales del siglo XIX y el México de principios del siglo XX, la muestra clara de ello es la Constitución Política de 1917, que en la época fue de las más avanzadas en términos sociales.”

Detalló que en esta Constitución se reconocen garantías para la clase trabajadora, el derecho a la educación, permite a la población el acceso a la propiedad de una tierra vía ejido o pequeña propiedad, garantiza el Estado laico.

En el terreno agrario también hubo garantías, que empezaron con la Ley de Restitución de Tierras, del 6 de enero de 1915, hasta el Código Agrario de 1940, sin dejar de lado el artículo 27 constitucional.

“El problema vino después, al no dotarse de las herramientas, el conocimiento y la asesoría necesaria para hacer productivas las parcelas. En ese sentido, no mejoraron sustantivamente las condiciones de los campesinos.”

En el caso de los obreros, comentó que se consiguieron importantes logros como el establecimiento de una jornada laboral de ocho horas, derecho a huelga, derecho a la asociación en sindicatos, entre otras garantías de las que no gozaban durante el Porfiriato.

Proceso inconcluso

Aunque la Revolución trajo consigo la creación de la Constitución Política de 1917, la más innovadora y moderna en su época, lo cierto es que quedaron muchas deudas pendientes, “se debe pensar y actuar en torno a lo que se dejó de hacer”, consideró el investigador.

Puntualizó que la pregunta oportuna es: ¿qué dejó instituida la Revolución que se ha venido desmontando? Dijo que a partir de la aplicación de las políticas neoliberales, los problemas que no habían sido resueltos –como las desigualdades o la falta de un Estado democrático– se acentuaron más.

El historiador planteó que la Revolución Mexicana fue un proceso inconcluso, o al menos quedaron inconclusas las principales causas que abanderó. “Lo que se había logrado se ha comenzado a deconstruir, como la garantía de que el Estado aporte beneficios sociales”.

Actualmente, acotó, los derechos de los trabajadores han sufrido una ofensiva con la flexibilización de los contratos laborales.

En el caso de la educación, progresivamente marcha hacia una mercantilización, es decir, cada vez está más sometida a las reglas del mercado, y pese a las constantes reformas educativas (que han sido muchas) no se ha logrado abatir el rezago educativo.

Después de concluido el movimiento armado, el campesino empezó a ser movilizado para satisfacer intereses políticos y de grupos, a través de la conformación de corporaciones campesinas y poco a poco se fue desatendiendo lo realmente importante: no era suficiente con los subsidios, eran necesarias asesorías, conocimientos, herramientas o fertilizantes.

“Durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari se dio por terminado el reparto agrario, ya no hubo más tierras que dividir y se abrió la posibilidad de que los ejidos se convirtieran en propiedades privadas.

”El Estado se desatendió del campo y la población quedó a su suerte; aparecieron fenómenos como la migración, desempleo, empobrecimiento, inseguridad y otros.”

García Ruiz expuso que el movimiento planteó objetivos precisos en los planes políticos de los diferentes líderes; además, quedaron instituidos a nivel constitucional y fueron establecidos en los planes nacionales. Esto muestra que en ningún momento se renunció a la intención a darles cumplimiento, sin embargo fue desatendida su concreción.

“En cierta forma es un proceso inconcluso, porque legalmente estaban puestas las condiciones pero hubo intereses políticos o de grupo que no lo permitieron.”

Por ello, remarcó, es importante continuar el estudio de la Revolución Mexicana como un proceso de cambio social, político y económico, que da pie a reflexionar e incidir en políticas sociales. Esto con el fin de mejorar las condiciones que prevalecen hoy en día en el país.

“Es todavía poco lo que conocemos sobre la Revolución. A nivel de investigación histórica se ha quedado inconclusa, es necesario volver a ella para poder explicar nuestra sociedad contemporánea, así como sus problemas y soluciones”, concluyó.

AMN.MX/fm

Comentarios

comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *