DESDE FILOMENO MATA 8: Y nosotros seguimos poniendo los muertos

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Por Mouris Salloum George*

Pongámosla de este tamaño: Si al año, procedentes de territorio estadunidense, entran a México 250 mil armas de fuego –cuernos de chivo, ametralladoras, granadas, cohete y lanzacohetes, etcétera-, ¿cuántas suma la importación en una década? Dos millones 500 mil.

Se nos están dando cifras de los artefactos. Sin ser especialistas, uno puede imaginar cuantos miles de toneladas de parque se requieren para que esos arsenales cumplan sus fines específicos.

Nos falta otros datos: 1) Los envíos desde otros países, 2) Esas adquisiciones se atribuyen sólo a los cárteles de la droga. ¿Y otras organizaciones del crimen organizado y de la delincuencia común; de las Fuerzas Armadas y las corporaciones policiales públicas; las agencias de seguridad privadas y los clubes de caza “deportiva”?

El tercer dato para medir el tamaño del mercado: El valor en dólares de esas compras.

Ya desde el inicio de la cruzada de Felipe Calderón, en los departamentos de Guerra y de Estado de los Estados Unidos los peritajes de inteligencia hablaban de que la de México se inscribía en el rango de guerra de baja intensidad, ¿en qué grado estamos ahora?

Por favor, no permitamos que mister Trump se incomode

Solo para la estadística de un año: ¿Cuántos convoyes de trailers o trenes del ferrocarril se requieren para transportar esa carga y cómo allanan sus cruces y revisiones por las aduanas fronterizas mexicanas? Desapercibidos no pasan. El otro enigma: Desde las aduanas y puentes fronterizos, ¿cómo llegan esos embarques a los compradores?

No podemos obviar un hecho: Ya con Calderón se sabía que las Fuerzas Armadas mexicanas obedecían a logísticas y operaciones conjuntas con el Comando Sur de El Pentágono. Con Enrique Peña Nieto, ya fue del dominio público que era el Comando Norte la fuente de autoridad estratégica sobre las milicias mexicanas.

Lo que resulta de esas revelaciones (su núcleo se lo debemos a Ana Langer y Gustavo Castillo/ La Jornada 11-VIII-2019), es que no sorprende la estadística de los asesinatos con arma de fuego que diariamente conocemos aquí, sino el temor de que a los sicarios les parezcan pocos los ejecutados con tanta capacidad de fuego instalada.

Si el gobierno mexicano no quiere incomodar a Donald Trump ni malograr las muy buenas relaciones con su gobierno, quiere decir que no hay delito que perseguir. Ni siquiera fiscal. A dormir tranquilos, mexicanos.

*Director General del Club de Periodistas de México, A.C.



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