TEXTOS EN LIBERTAD: Cuando Alan García vino a México

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José Antonio Aspiros Villagómez

Cuando le faltaba poco más de un mes para cumplir 70 años, el ex presidente de Perú Alan García se quitó la vida y los sobornadores de Odebrecht, tan tranquilos. Fue gobernante durante los periodos 1985-1990 y 2006-2011. Hace 32 años, en su primer mandato, visitó México y escribimos la siguiente reseña para los anuarios de la Editorial Tiempo y Lenguaje, de los hermanos Joaquín y Aurora Díez Canedo:

El presidente de Perú, Alan García Pérez, estuvo menos de 72 horas en México en visita oficial, pero deben haberle bastado para comprender que allí no tuvo eco su presunto protagonismo como nuevo líder de América Latina, por mucho que su partido, el APRA, y sus banderas ideológicas del antiimperialismo yanqui y la unidad del subcontinente, hayan tenido una cuna mexicana en 1924, durante el exilio de Víctor Raúl Haya de la Torre.

Desde que bajó del avión de la Fuerza Aérea Peruana el 23 de marzo por la noche -retrasado dos horas por la muerte de su abuelo materno- hasta su partida el día 26, un marco de curiosidad y asombro rodeó su estancia en la capital mexicana, pues el presidente-cantor había llegado dos sexenios tarde. El Alan García populista, estridente en sus discursos, incisivo en sus mensajes tercermundistas, contrastó radicalmente con el tono mesurado y austero de la administración de su interlocutor Miguel de la Madrid, que salvo su liderazgo de facto en el Grupo Contadora, poco ha querido destacar en el concierto internacional, a no ser por su estilo de resolver la deuda externa.

La noche de su arribo, García abrió el fuego retórico con la sentencia de que “América Latina ha comenzado ya un camino sin retorno… sólo tiene por destino su revolución, su unidad y libertad”. Todos sus discursos fueron incendiarios y, entre uno y otro, se dio tiempo para la obligada visita al Tepeyac, santuario de la Virgen de Guadalupe.

Alan García alcanzó un éxito efímero en el Congreso mexicano, donde diputados y senadores olvidaron la circunspecta actitud con que reciben a su propio jefe del Ejecutivo, y se le entregaron de pie, entre aplausos, lágrimas y vivas, después que los invitó en tono exaltado a “hacer juntos la revolución latinoamericana para romper con los tutelajes”.

Mucha histeria, pero ningún apoyo concreto, y sí en cambio muchas críticas de la prensa. El prestigiado colaborador de Excélsior, Gastón García Cantú, escribió que “no hubo en la historia contemporánea, demagogos semejantes a Mussolini y a Hitler”. El hombre de la calle reaccionó con indiferencia, y sólo pequeños pero ruidosos grupos lo siguieron a varios sitios con gritos de “América unida, la banca está perdida”, “Alan, amigo, México está contigo” y “haremos historia, declaración moratoria”, y con una manta que rezaba: “Ni Kissinger ni Gorbachov, viva Alan García”.

El día 25 los dos presidentes emitieron un comunicado conjunto. Advirtieron que “en Centroamérica está en juego la independencia y la soberanía de todas nuestras naciones”; acordaron convocar a una reunión de los ocho presidentes de los grupos Contadora y de Apoyo; suscribieron convenios de intercambio comercial y tecnológico, y reconocieron sus compromisos con la banca mundial, que cumplirán -dijeron- sin sacrificar el bienestar de sus pueblos. Empero, lo harán apegados a los caminos diferentes que cada uno se había trazado desde antes: México cumpliendo “a ultranza” -según el semanario Proceso– y Perú con su “rebeldía condicionada”.

Por la noche, Alan García y su comitiva se fueron “de parranda” a la típica zona de Garibaldi. El presidente peruano cantó entre otros corridos su favorito El rey -significativo por aquello de “con dinero y sin dinero… hago siempre lo que quiero… pero sigo siendo el rey”-, como lo había hecho dos veces antes al finalizar ceremonias oficiales. A la mañana siguiente declaró que “el que no canta no siente… no expresa sus sentimientos… no tiene nada que comunicar”, y luego se despidió, subió a su avión y, excepto la entrega de los congresistas, regresó con su liderazgo invicto.

“Fue una visita para el lucimiento personal… un viaje de relaciones públicas redondo”, escribió Proceso, mientras que un articulista de derecha publicaba en el semanario Siempre!, que “el liderazgo y frivolidad se rechazan… qué lástima que Alan García se quedó en Tenampa, en la bohemia, en la canción… en la nada”.

         Descanse en paz quien eligió quitarse la vida antes que ser detenido.

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