LECTURAS CON PÁTINA: Napoleón quiso ser el heredero de César y Carlomagno

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José Antonio Aspiros Villagómez

 

         Napoleón Bonaparte eligió ser emperador y no rey, porque sus modelos eran César y Carlomagno, y porque a su juicio los franceses estaban más apegados a la monarquía que a la quimérica república, pero ya no querían a los Borbones. Y, además, porque él mismo detestó los crímenes de la Revolución aunque no se arrepintió “ni un ápice” de ella, pero se propuso a la vez “llevarla hasta el fin y ponerle fin”. Quiso que el imperio fuera la ‘entronización de la república’.

         Según el genio militar corso, había una tercera vía para reemplazar la de la realeza –“a cada cual según su cuna y su rango”- y la de los revolucionarios –“la igualdad o la muerte”-, y consistía en dar “a cada cual según su talento”.

         Así lo hemos leído en un breve pero espléndido libro -95 páginas- titulado ‘La conversación’ (Editorial Edhasa, primera edición, 2012), encontrado al azar, con la funda ya agrisada por el polvo y a poco de fallecido su autor, en la librería ‘Rulfo’, que al parecer es la única existente en Tequisquiapan, Querétaro, frente a los mercados de artesanías y muy cerca de donde fue maestro del pueblo el bisabuelo de este tecleador en el siglo XIX.

         Jean d’Ormesson, un exitoso novelista francés que se inició como periodista y dirigió el diario conservador Le Figarodespués de trabajar en París-Match, escribió un diálogo imaginario en las Tullerías en 1803 o 1804, entre el primer cónsul Napoleón Bonaparte y su incondicional admirador, el segundo cónsul Jean-Jacques Régis de Cambacérès, futuro duque de Parma, a quien le confió su deseo de ser emperador.

Aclara el autor -a quien usted recordará por su Historia del Judío Errante (Planeta, 1991)- que todas las palabras atribuidas a Bonaparte sí fueron dichas por él en una u otra circunstancia, o proceden de relatos, historias y memorias.

          De manera que no debería ser sorpresa encontrar en estas páginas sobre el trato que Bonaparte les tenía reservado a los jacobinos, a los monárquicos, al ejército, a los sacerdotes y a los franceses en general, una vez coronado. En particular, en esta “conversación” se refiere a que “devolví a los franceses una Iglesia destinada a servirme… nombré a los obispos con… la idea de que iban a obedecerme”.

Y, sobre todo, se propuso que el propio papa Pío VII asistiera a su coronación en Notre Dame, ese impresionante e histórico templo de la isla La Cité a mitad del Sena, al que se refieren Víctor Hugo en su novela sobre una gitana y un jorobado (Nuestra Señora de París), y Fulcanelli (seudónimo de un escritor o de un colectivo de alquimistas) en El misterio de las catedrales.

“El papa vendrá de Roma a París para coronarme… y no se enojará por ello”, habría dicho Napoleón. “Le envolveré con tantos homenajes, respeto y honores que no vacilará en proclamarme el elegido de Dios”. Y dijo más: hablaría “al Sacro Colegio y a su jefe” de “las riquezas de este mundo, que a veces tienen la debilidad de preferir a las del cielo”. Como sabemos, Napoleón se coronó a sí mismo, coronó a su esposa Josefina y el pontífice se limitó a bendecir la ceremonia. Y le pidió al pintor Jacques-Louis David que inmortalizara el acto en un cuadro que ahora se exhibe en el Museo del Louvre y una copia en Versalles.

En esta charla imaginaria, que Jean d’Ormesson subtituló “Cuando Napoleón se creyó Napoleón” y fue traducida del francés al español por Manuel Serrat Crespo, el primero y el segundo cónsules platican también de otros temas como el homosexualismo del propio Cambacérès, o los enemigos y conspiradores dentro y fuera de la familia de Bonaparte, y de personajes como Fouché, Talleyrand, quien trabajaba para sí mismo; Bernadotte, futuro rey de Suecia y Noruega; Chateaubriand, fundador del romanticismo francés (“los literatos que han tenido éxito se creen el centro del mundo”), o Madame de Staël, “inteligente, pero intrigante y peligrosa”.

Hay mucho por explorar en este pequeño libro. “Una obra escrita con precisión”, dice la contraportada acerca del trabajo de Jean d’Ormesson (1925-2017) quien como Cambacérès, su personaje real, ocupó un asiento en la Academia Francesa. Escribió 40 libros y cuando falleció, en diciembre de 2017, Radio Francia Internacional lo llamó “el dandy más querido de la literatura francesa”.

Sabíamos poco de este autor. Sobre Napoleón, en cambio, han sido abundantes nuestras lecturas y la de ‘La conversación’ ha enriquecido nuestra simpatía por él.

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