CONCATENACIONES: Riesgo creciente en el Metro

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Fernando Irala

Un cortocircuito originado por acumulación de basura –según dice la versión oficial— en la vía entre las estaciones Juanacatlán y Chapultepec, originó hace unos días la suspensión del servicio del Metro, además de algunos pasajeros atendidos por intoxicación de humos o por crisis nerviosas.

Es decir, la cosa no pasó a mayores. Pero se trata de uno de tantos incidentes que cada vez se tornan más frecuentes en el transporte citadino, aunado a los cotidianos retrasos en el servicio y las fallas de todo tipo en trenes, vías y equipos.

El metro de Londres, el más antiguo del mundo, tiene ya más de siglo y medio, y los sistemas de otras ciudades europeas y de América del Norte rebasan el siglo, pero aunque la edad de sus equipos y sistemas implica problemas e incidentes, la inmensa mayoría de los servicios opera con eficiencia y exactitud.

En la ciudad de México, el Metro todavía no cumple medio siglo, pero acusa un deterioro lamentable en todos sus componentes, saturación y lentitud en su red, que se acentúa en las llamas “horas pico”. Además, se quedó chiquito, luego de que en los pasados dos décadas sólo se ha construido una nueva ruta, la doce, que además fue mal hecha y ahora funciona parchada y con deficiencias.

El contraste entre los sistemas de la capital mexicana y del mundo parecería inexplicable, pero no lo es. La razón es tan simple como irremediable. Los sistemas ferroviarios eléctricos urbanos, subterráneos o de superficie, son la única solución al transporte masivo de las grandes ciudades, pero son muy caros. Es carísimo construirlos y son muy costosos su operación y mantenimiento.

Y sólo hay dos formas básicas, o una fórmula entre ambas, de solventar el gasto: una tarifa proporcional a los costos de transporte y/o un subsidio gubernamental suficiente.

Aunque existe un universo de modalidades de cobros y reducción de tarifas, en ciudades de Europa y América del Norte el boleto individual para transportarse en Metro cuesta unos cincuenta pesos mexicanos.

En la ciudad de México eso es impensable. Todavía subsiste el trauma del incremento de tres a cinco pesos en el boleto, ocurrido hace dos años.

Las autoridades calculan que actualmente el precio del boleto debería ser de trece pesos. Pero esa cantidad sólo toma en cuenta el costo de operación, y no la necesidad de inversiones, nuevas líneas, cambio del equipo rodante y de las vías, modernización y mantenimiento mayor.

El gobierno de la ciudad no tiene los recursos para subsidiar todo lo que el Metro requiere, y tampoco hay recursos en el gobierno federal para ese rubro.

Así pues, los capitalinos, convencidos de que el Metro debe ser barato, seguiremos, en el mejor de los casos, con un sistema de transporte cada vez más viejo y desfalleciente, insuficiente y riesgoso, apoyado por el metrobús, al que se le ha dado una mejor tarifa pero que evidentemente no resuelve el rezago, y por un escaso parque de autobuses. De los arcaicos “micros” y de otros placebos, mejor no hablamos.

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