Gabriela Riveros recuperó la memoria de un hombre cercano a su familia para crear Don Florencio de Polvorín, libro ilustrado por Isabel Go. Guízar que construye un homenaje a la lectura, los pueblos del norte de México y las personas que dejan una huella difícil de borrar.
Inspirándose en Don Quijote de la Mancha, la escritora presenta a un personaje idealista, culto y profundamente lector que habita en Polvorín de los Nogales. Desde ese pueblo ficticio, Don Florencio comparte historias y despierta entre sus habitantes el interés por conversar sobre libros.
La obra reúne referencias a títulos como Mujercitas, Harry Potter y El jorobado de Notre Dame. Sin embargo, su principal punto de partida se encuentra en el personaje creado por Miguel de Cervantes y en la voluntad de Riveros de imaginar un Quijote mexicano, norteño y pueblerino.
Más allá de la inspiración literaria, el origen de la historia está ligado a Florencio Torres, padrino de la autora, cuya personalidad, vida y última petición permanecieron en su memoria.
Florencio Torres dejó la semilla emocional de esta historia
Don Florencio está basado en una persona real. Florencio Torres nació en Chihuahua, posteriormente se trasladó a la Ciudad de México para estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México y después regresó a vivir al norte del país.
Gabriela Riveros lo recuerda como un hombre culto, interesado en los libros, la música y la naturaleza. Su manera de conversar, su vocación lectora y su deseo de mejorar el mundo facilitaron la transformación de su personalidad en un personaje literario.
“Florencio existió y es Florencio Torres. Y por eso es que me resultaba muy fácil adecuarlo. Florencio Torres, que es mi padrino en la vida real, así como cuenta la niña, que soy como yo la que está narrando. Él nació en Chihuahua, luego vino a estudiar a Ciudad de México en la UNAM. Era un gran lector”, explicó Riveros.
La escritora también trasladó al relato la figura de Musa, la perrita chihuahueña que acompaña al protagonista. El animal existió en la vida real y posteriormente fue incorporado al universo narrativo de la autora.
Florencio y Musa ya habían aparecido en otras partes de su obra. Ambos están presentes en la novela Estierros, publicada en 2019, mientras que los pueblos, el polvo y los paisajes del desierto también forman parte de otros libros escritos por Riveros.
Una petición final convirtió el recuerdo en literatura
El impulso emocional de Don Florencio de Polvorín surgió de una de las últimas conversaciones que la escritora y su familia tuvieron con Florencio Torres. Antes de morir de cáncer en 1998, pidió que no lo olvidaran.
Aquella frase permaneció en la memoria de Riveros y, con el paso del tiempo, se convirtió en una respuesta literaria. La autora encontró en el libro una forma de conservar su personalidad, sus conversaciones y el lugar que ocupó dentro de su historia familiar.
“Cuando fuimos a verlo por última vez dijo: ‘Pero no se vayan a olvidar de mí’. Y entonces esa es para mí la semilla del cuento, o sea, ¿cómo crees que nos vamos a olvidar de alguien como tú? O sea, alguien que fuera de serie. Entonces yo creo que, de alguna manera, el libro es una respuesta a esto”, explicó.
Riveros considera que muchas familias conocen a una persona que parece irrepetible. Puede tratarse de una abuela, un profesor o alguien cuya manera de mirar el mundo permanece en quienes convivieron con ella.
En Florencio encontró a un hombre con cualidades quijotescas: un lector dispuesto a conversar, compartir conocimiento e imaginar que todavía era posible mejorar su entorno. Esa combinación le permitió construir un personaje inspirado en Cervantes, pero arraigado en el norte de México.

Don Quijote inspiró un personaje mexicano norteño y pueblerino
La idea de escribir esta historia surgió a comienzos de la década de 2000, cuando Gabriela Riveros pensó en realizar su propio homenaje a Don Quijote de la Mancha. En lugar de reproducir directamente al personaje cervantino, decidió apropiarse de su espíritu y trasladarlo a un paisaje conocido.
La escritora combinó el idealismo de Don Quijote con la memoria de Florencio Torres. El resultado fue un protagonista norteño que encuentra en los libros una manera de conocer otros mundos, formar una comunidad y enfrentar las dificultades que aparecen en Polvorín de los Nogales.
Riveros explicó que tomó a un hombre cercano a su familia, a quien consideraba profundamente quijotesco, para imaginar una versión mexicana del personaje de Cervantes. El nuevo Don Florencio conserva el deseo de transformar el mundo, pero su aventura se desarrolla entre el desierto, los nogales y las dinámicas propias de un pueblo pequeño.
La historia también incorpora referencias a diferentes experiencias literarias. Los habitantes comentan obras, se preocupan por los personajes, imaginan finales y construyen interpretaciones propias. La lectura se convierte así en una actividad compartida y no solamente en una experiencia individual.
Isabel Go Guízar llevó el desierto hacia las páginas
La propuesta visual fue desarrollada por Isabel Go. Guízar, cuyas ilustraciones combinan tonalidades púrpuras, amarillas y cafés. Su trabajo permitió representar a los personajes, las construcciones y los paisajes abiertos del norte del país.
Riveros participó de manera cercana en el proceso editorial. Después de observar los portafolios de diferentes artistas, eligió el trabajo de Go. Guízar. Posteriormente revisó distintas propuestas para definir la apariencia de Don Florencio y Musa.
“A mí me gustó muchísimo el libro. Este trabajo que hizo Isabel Go. Guízar me fascinó. Yo he escrito varios libros para niños. Empecé a publicar literatura infantil en el año 2000, más o menos, y nunca me había tocado trabajar tan de cerca con la ilustradora. Digo, a la fecha no la conozco, pero pues estuvimos en contacto”, comentó.
Riveros explicó que los pueblos norteños suelen tener construcciones bajas, calles rectas y cielos amplios. En esos lugares, las estrellas, los atardeceres y la luminosidad del desierto mantienen una presencia que suele perderse dentro de las grandes ciudades.
Las observaciones de la escritora llevaron a realizar modificaciones en las ilustraciones. El resultado incorporó campanarios, caminos, arena, vegetación y elementos relacionados con el paisaje de Chihuahua.
“Incluso es tan lindo que el desierto hasta se metió en el libro. Pudiste ver que las páginas tienen polvo, tienen arena del desierto. Entonces sí tiene una ilustración muy bonita. Hay vasijitas de Paquimé para separar los caminitos. Entonces todos estos elementos hacen que sea un trabajo muy bonito que invita mucho a la lectura”, destacó.
El pueblo y la lectura construyen una memoria compartida
La comunidad ocupa un lugar central en Don Florencio de Polvorín. Para construirla, Riveros recuperó recuerdos de sus visitas a Ciudad Jiménez, Chihuahua, donde vivían sus abuelos paternos.
La autora observó que las relaciones dentro de una población pequeña son distintas a las que se establecen en una gran ciudad. Personas con diferentes condiciones económicas pueden compartir la misma escuela, recorrer las mismas calles, acudir al mismo parque y encontrarse en los espacios cotidianos.
Esa cercanía se refleja en Polvorín de los Nogales. Los habitantes se convierten prácticamente en otro personaje, pues escuchan las historias de Don Florencio, comentan sus lecturas y establecen vínculos alrededor de los libros.
“Leer es, hoy en día, como un acto de resistencia porque tienes que poner un alto. Es una delicia la experiencia individual de leer porque se detiene el universo y de pronto te sumerges en la lectura, pero también leer en comunidad es muy lindo, es decir, tener con quién comentar lo que ya leímos”, afirmó Riveros.
La escritora se identifica con su protagonista debido a su experiencia como lectora, profesora y promotora de la lectura. A lo largo de su trayectoria ha colaborado con escuelas públicas, colegios y programas desarrollados en comunidades vulnerables.
En el libro, la literatura es presentada como un espacio para conversar, jugar e inventar. Los personajes imaginan posibles finales, se preocupan por aquello que sucede dentro de las historias y construyen interpretaciones que fortalecen sus relaciones.
Don Florencio de Polvorín funciona de esta manera como una respuesta a la última petición de Florencio Torres. También es un homenaje a Cervantes, a los pueblos norteños y a la capacidad de los libros para conservar la memoria de quienes dejaron una huella.
AM.MX/CV




