Gloria Analco
- El eco medieval en dos advertencias
El Pentágono habla como un señor feudal que amenaza con sanciones al vasallo que se atreve a tomar decisiones propias. En su visita a Guantánamo, el secretario de Guerra Pete Hegseth advirtió que Cuba no debe adquirir drones militares ni armas de alcance -supuestamente comprados a Rusia e Irán- que pudieran golpear la base o incluso territorio estadounidense. Es un lenguaje disciplinario, como si la isla fuera una extensión de su casa.
Ese mismo eco resuena en la advertencia de Trump hacia México: al presumir que el mar ya está bajo control, anuncia que la frontera terrestre será el nuevo campo de batalla contra el fentanilo. México aparece no como socio, sino como territorio vigilado, como feudo donde se decide la estrategia de un poder mayor.
Sin embargo, el discurso de Trump omite deliberadamente que el gobierno de Claudia Sheinbaum ha mostrado resultados concretos: reducción de homicidios dolosos en más de un tercio, incautaciones masivas de drogas, extradiciones de capos hacia Estados Unidos y operativos conjuntos de inteligencia reconocidos incluso por Washington.
La información está en sus manos, pero se convierte en pretexto: se reconoce en privado y se niega en público, porque lo que se busca no es cooperación, sino presión.
Hegseth se coloca como guardián de quién puede o no acceder a armas, como si tuviera el monopolio legítimo de decidir qué es “permitido”.
Eso recuerda a la época en que solo el rey podía autorizar la espada.
Al hacerlo en forma de mensaje endurecido, busca no solo presionar a Cuba, sino enviar un aviso a terceros: “miren lo que pasa si se salen del guion”.
Es un mecanismo de control político, casi tribal.
En vez de relaciones modernas basadas en acuerdos, lo que se ve es una vuelta a la lógica de la fuerza bruta y la intimidación, como si el tiempo no hubiera pasado desde el medioevo.
Dos advertencias, un mismo patrón
Cuba castigada por comprar armas; México sometido a vigilancia en la frontera. En ambos casos, la voz que se impone no es la de un vecino ni la de un aliado, sino la de un tutor medieval que decide qué se permite y qué se prohíbe.
Lo que se presenta como política de seguridad es, en realidad, una regresión histórica: la vuelta al tiempo en que el poder se justificaba por sí mismo, sin contrapeso.
No es la primera vez que ocurre. En los años ochenta, la “guerra contra las drogas” fue usada como palanca para intervenir en América Latina bajo la Doctrina Monroe.
Hoy, el fentanilo y la migración cumplen el mismo papel: excusas para disfrazar de seguridad lo que en realidad es estrategia de extracción y control.
Los números lo muestran: al Pentágono le bastó con prohibir a Cuba la compra de 300 drones militares, y Trump presume que el 97% de las incautaciones de fentanilo se hicieron en el mar para justificar que ahora la frontera terrestre sea su nuevo feudo de vigilancia.
El espejismo del “America First”
Para Trump, “Estados Unidos primero” no es una fórmula de prosperidad compartida, sino un mandato de exclusión: que se jodan todos los demás.
Esa consigna, presentada como defensa nacional, se traduce en una política de saqueo hacia afuera. Cuando el frente de Irán se le cierra -porque China y Rusia bloquean su intento de apropiarse del petróleo-, la mirada se desplaza hacia América Latina.
La región se convierte en válvula de escape:
Recurso inmediato: si no puede controlar el crudo iraní, busca exprimir minerales, energía y mercados latinoamericanos.
Pretexto discursivo: el fentanilo y la migración funcionan como excusas para endurecer la presión, disfrazando de seguridad lo que es estrategia de extracción.
Ruptura del decoro: ya no hay diplomacia, solo advertencias y amenazas abiertas, como las que vemos hacia Cuba y México.
Continuidad histórica: cada vez que Estados Unidos enfrenta límites en otros frentes, recurre a América Latina como “patio trasero”, repitiendo el patrón de intervención y control.
“Estados Unidos primero” significa, en la práctica, que todos los demás quedan relegados al papel de vasallos. Es la consigna medieval disfrazada de modernidad: un mundo reducido a feudos bajo la sombra de un solo señor.
Estas actuaciones no pueden prosperar ni tener éxito porque se sostienen en la mentira, en la intimidación y en la negación de los hechos.
Ningún poder que se funda en el miedo y en la manipulación logra estabilidad duradera: tarde o temprano se enfrenta a la resistencia de la verdad, a la fuerza de los pueblos y al límite de la historia.




