ESCARAMUZAS POLÍTICAS

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Gloria Analco
EL FANTASMA DE FIDEL EN LA NEGOCIACIÓN TRUMP-XI
Mientras numerosos analistas internacionales consideran que Donald Trump acudirá a su próximo encuentro con Xi Jinping sin cartas realmente fuertes de negociación, quizá estén pasando por alto una pieza geopolítica de enorme peso simbólico y estratégico que Washington parece que colocará deliberadamente sobre la mesa: Cuba.
La atención internacional se concentra casi exclusivamente en los aranceles, la guerra tecnológica, los semiconductores, Irán,Taiwán o las disputas comerciales entre Washington y Pekín.
Sin embargo, las grandes negociaciones entre potencias nunca se limitan a un solo tema. Siempre incluyen cartas paralelas, piezas laterales del tablero y mensajes estratégicos dirigidos mucho más allá de los asuntos más visibles.
Y precisamente ahí aparece Cuba.
En las últimas semanas, Trump ha endurecido nuevamente su discurso y sus medidas contra la isla. Apenas hace unos días fueron anunciadas nuevas sanciones dirigidas a incrementar la presión económica sobre La Habana.
Al mismo tiempo, comenzaron a aparecer declaraciones particularmente agresivas provenientes de Washington, incluyendo mensajes tan contundentes como “después de Irán sigue Cuba”.
Muchos observan esos movimientos simplemente como otro episodio más dentro de la larga confrontación histórica entre Estados Unidos y Cuba.
Sin embargo, quizá el significado sea mucho mayor, porque resulta difícil ignorar que esta nueva escalada ocurre precisamente antes del esperado encuentro entre Trump y Xi Jinping, y después de que el mandatario chino declarara públicamente que China brindará a Cuba todo el apoyo necesario.
Desde esta perspectiva, la secuencia política parece demasiado significativa para ser casual.
Y ahí surge una hipótesis geopolítica que parece no estar siendo considerada.
Más allá de las opiniones que pueda generar, Trump ha demostrado en distintos momentos poseer una considerable agudeza política y una notable capacidad para detectar puntos sensibles dentro de las grandes negociaciones internacionales.
Y probablemente comprende perfectamente que Cuba ocupa un lugar muy especial dentro de la memoria política y estratégica de China y del propio Xi Jinping.
Porque Cuba no representa únicamente una pequeña isla del Caribe.
Cuba posee un peso simbólico desproporcionadamente superior a su dimensión territorial o económica.
Durante décadas se convirtió en referencia política mundial para movimientos anti hegemónicos, gobiernos de izquierda y países enfrentados históricamente a la influencia occidental.
Al mismo tiempo, su figura colocó de manera constante a Estados Unidos en un estado de atención estratégica permanente, atento a cada movimiento de Cuba y a la expansión de su influencia política en distintos escenarios internacionales.
La presencia de Fidel Castro obligó a Washington a reaccionar de forma sistemática para contener o contrarrestar su proyección, no sólo en América Latina, sino también en otros teatros internacionales como África, donde Cuba desplegó una activa política exterior con implicaciones militares y geopolíticas de gran alcance.
Y buena parte de ese enorme simbolismo internacional fue construido alrededor de la figura de Fidel Castro.
Incluso después de haberse retirado formalmente del poder, Fidel continuó proyectando una influencia política internacional extraordinaria.
Durante los años en que escribía sus célebres Reflexiones, numerosos jefes de Estado y dirigentes internacionales continuaban visitándolo en La Habana.
No eran visitas protocolarias vacías.
Aquellas reuniones reflejaban el reconocimiento mundial hacia una figura que, más allá de simpatías o críticas, había acumulado durante décadas una inmensa autoridad política, estratégica e histórica.
Y una de esas escenas adquiere hoy un significado particularmente revelador.
En 2014, en un mismo periodo, Vladimir Putin había visitado La Habana y se había reunido con Fidel Castro, en el marco de su gira por América Latina.
Pocos días después, el 21 de julio de ese mismo año, llegaba a Cuba Xi Jinping, acompañado por toda una importante comitiva china para reunirse con Fidel Castro, ya retirado del poder y convertido en una figura histórica viviente.
Dos años después, Fidel moriría.
Vista desde hoy, aquella visita parece condensar algo mucho más profundo que un simple gesto diplomático.
Xi no iba únicamente a visitar a un antiguo gobernante retirado. Iba a rendir reconocimiento a una figura histórica cuya influencia política y simbólica seguía teniendo enorme significado para China y para buena parte del mundo emergente.
Y de algún modo eso parecía ocurrir alrededor de Fidel.
Ya no gobernaba directamente. Apenas aparecía públicamente. Pero el peso histórico de su figura seguía atrayendo presidentes, dirigentes y estrategas internacionales que buscaban escucharlo.
Fidel Castro, en reacción a las visitas de Putin y Xi en tan corto periodo, publicó en Granma un artículo.
Rusia y China son “dos países llamados a liderar un mundo nuevo, que permita la supervivencia de la humanidad, si el imperialismo no desata una guerra criminal y exterminadora”, escribió Fidel Castro, quien en esos momentos tenía 87 años.
Resultaba imposible no percibir en aquellas visitas la proyección en el tiempo de la enorme dimensión geopolítica alcanzada por Fidel Castro.
Lo más sorprendente es que esa influencia simbólica parece continuar incluso después de su muerte, ocurrida en 2016.
Porque cada vez que Washington endurece su presión sobre Cuba, el impacto trasciende inmediatamente el ámbito bilateral.
El mensaje se proyecta hacia América Latina, hacia Rusia, hacia China y hacia todos aquellos actores que observan a la isla como símbolo histórico de resistencia frente al poder estadounidense.
Por eso quizá Cuba reaparece hoy como una de las piezas silenciosas dentro del nuevo reacomodo multipolar.
Y precisamente ahí podría encontrarse una de las cartas de negociación más importantes que Trump llevaría realmente a su encuentro con Xi Jinping.
Algo así como… ¡dejo en paz a Cuba a cambio de…!
Naturalmente, esta interpretación pertenece al terreno del análisis geopolítico.
Pero en el complejo ajedrez de las relaciones entre grandes potencias, muchas veces las piezas aparentemente secundarias terminan revelando su enorme valor estratégico.
Tal vez algunos crean que Fidel Castro pertenece definitivamente al pasado.
Sin embargo, cada vez que Cuba reaparece en el centro de una disputa estratégica entre grandes potencias, es como si Fidel volviera silenciosamente a sentarse en la mesa.

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