ESCARAMUZAS POLÍTICAS

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Gloria Analco

  • Fin de la hegemonía estadounidense: Irán, Rusia y China reescriben el tablero global

John Mearsheimer, uno de los intelectuales más influyentes de Estados Unidos en el ámbito de las relaciones internacionales, no dudó en lanzar una crítica demoledora contra la conducta de Donald Trump y Benjamín Netanyahu, sugiriendo que sus acciones podrían ser objeto de juicios al estilo de los Juicios de Núremberg por crímenes de guerra y agresión.

Sus declaraciones, difundidas en el podcast del juez Andrew Napolitano y ampliamente reproducidas en redes sociales, generaron un fuerte impacto al poner sobre la mesa la dimensión ética y legal de las decisiones tomadas por Washington y Tel Aviv. En solo dos días ya habían alcanzado más de un millón de visualizaciones.

La contundencia de estas palabras no puede entenderse como un hecho aislado. Refleja un clima político cada vez más tenso dentro de Estados Unidos, donde sectores académicos, mediáticos y parte del propio aparato estratégico comienzan a cuestionar abiertamente el rumbo de su política exterior.

Lejos de producirse en el vacío, la escalada contra Irán ocurre en un contexto de desgaste político interno para Trump.

Desde el inicio de su segundo mandato, el 20 de enero de 2025, su administración ha enfrentado crecientes tensiones tanto a nivel doméstico como internacional, erosionando parte del capital político con el que llegó al poder.

En este escenario, diversos analistas han señalado la influencia del complejo militar-industrial y de los grandes intereses financieros -históricamente ligados a Wall Street- como factores que presionan para mantener la primacía global de Estados Unidos, particularmente en el control de los mercados energéticos.

“Decidimos atacar a los iraníes sin provocación. Hemos participado en asesinatos de líderes mundiales. Esto es genocidio…”, recalcó Mearsheimer.

La gravedad de esta acusación no solo apunta a responsabilidades legales, sino que revela el nivel de fractura interna en la narrativa estadounidense.

Lo que parecía un conflicto regional se ha transformado en un enfrentamiento de mayor escala.

En los hechos, Estados Unidos disputa hoy su influencia en Oriente Medio frente a potencias como China y Rusia, ambas con intereses estratégicos en Irán.

Hoy, Oriente Medio comienza a redefinirse: la pérdida relativa de control estadounidense, la emergencia de un sistema multipolar y los movimientos hacia una transición energética que cuestiona la centralidad del dólar marcan el inicio de una etapa en la que ningún país puede imponer unilateralmente su voluntad.

El resultado es evidente: el desgaste del dominio absoluto en la región y el derrumbe de la antigua percepción de invencibilidad estadounidense.

En este contexto, algunas interpretaciones han sido particularmente reveladoras.

El comentarista Tucker Carlson sostuvo que cuando Trump sugirió que “otros se hagan cargo del estrecho de Ormuz”, en realidad estaba reconociendo implícitamente el fin de la hegemonía estadounidense.

La dificultad para imponerse en ese punto estratégico se convirtió, en los hechos, en una señal de ese límite.

Más allá de la interpretación, lo cierto es que la incapacidad para garantizar el control pleno de un punto de esa magnitud evidencia límites que antes no eran visibles.

La guerra en Irán no ha hecho sino precipitar ese desenlace.

El mundo cambia, los imperios enfrentan límites, y Estados Unidos comienza a experimentarlos de manera pública y cada vez más evidente.

La escalada alcanzó un punto crítico cuando Trump publicó en sus redes sociales la fecha exacta de un ultimátum dirigido a Irán: “¡Martes, 20:00 horas, hora del Este!”.

La advertencia, lanzada sin detalles adicionales, estuvo acompañada de amenazas explícitas que elevaron la tensión a niveles inéditos, sin conseguir que Teherán modificara su postura.

En declaraciones a medios estadounidenses, el mandatario afirmó que, de no alcanzarse un acuerdo, consideraría “volarlo todo por los aires” y atacar infraestructura clave del país persa, incluyendo plantas eléctricas y puentes.

Incluso llegó a insinuar la posibilidad de apoderarse del petróleo iraní, en una afirmación que provocó alarma por sus implicaciones en el derecho internacional y la estabilidad global.

El tono del discurso es de una brutalidad asombrosa y proyecta la imagen de un liderazgo dispuesto a escalar el conflicto.

Trump, visiblemente irritado, llegó a declarar que devolvería a Irán “a la edad de piedra”, sorprendiendo por la dureza de sus palabras.

Estamos ante una guerra extraordinariamente violenta, donde quienes han iniciado la ofensiva se presentan como agraviados al no alcanzar sus objetivos y responden con ataques contra infraestructura civil.

Este tipo de lenguaje no solo refleja la gravedad del momento, sino también la lógica de confrontación que domina el escenario actual: una combinación de presión militar y ultimátums públicos que evidencian la profundidad de la crisis.

La reacción internacional no se hizo esperar. Rusia, a través de su canciller Serguéi Lavrov, lanzó un mensaje directo a Washington: abandonar el lenguaje de los ultimátums y regresar a una negociación seria.

El posicionamiento, emitido tras conversaciones con Irán, no solo buscó desescalar la tensión, sino que evidenció un cambio significativo en la dinámica global.

Por primera vez en mucho tiempo, una potencia desafía abiertamente -y en el terreno diplomático- la forma en que Estados Unidos intenta imponer condiciones.

Lo que antes se asumía como liderazgo incuestionable, hoy comienza a ser respondido, matizado y, en algunos casos, rechazado, dando paso a un equilibrio de poder más distribuido.

Sin embargo, más allá del discurso, el punto central es otro: la creciente dificultad de Estados Unidos para imponer su voluntad en escenarios complejos.

Y lo mismo comienza a perfilarse en el caso de Israel, ante el riesgo de que el fracaso en sus objetivos estratégicos en Medio Oriente lo empuje a considerar escenarios extremos.

La advertencia de Rusia a Israel sobre el uso de armas nucleares -planteada como una línea roja de consecuencias impredecibles- refuerza la fragilidad estratégica de Occidente.

Andrei Martyanov, reconocido analista ruso, sostiene que estas limitaciones y advertencias rusas evidencian la existencia de contrapesos reales frente a cualquier intento de escalada mayor.

La combinación de resistencias regionales, alianzas estratégicas y nuevas capacidades ha reducido significativamente el margen de maniobra de Washington.

En el terreno económico, este reacomodo se expresa en iniciativas que buscan diversificar los mecanismos de comercio energético, debilitando progresivamente la hegemonía del dólar y abriendo el paso al petroyuan.

En el plano geopolítico, consolida la transición hacia un mundo multipolar.

En síntesis, estamos ante un momento de inflexión histórica. La soberbia de quienes asumían un poder sin límites comienza a enfrentarse con una realidad distinta.

La advertencia de Mearsheimer no solo apunta a responsabilidades éticas o legales: también funciona como una señal de alarma sobre los riesgos de una estrategia que ignora los cambios del equilibrio global.

 

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