Polarización caduca

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Federico Berrueto
La presidenta Sheinbaum es quien emprendió la defensa de la iniciativa de reforma política; no cobró presencia las consideraciones de la dirigente de Morena, Luisa María Alcalde; de la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez; ni de los coordinadores parlamentarios, el diputado Ricardo Monreal y el senador Ignacio Mier. La defensa corrió por cuenta —y al costo— de la propia presidenta, con todas sus implicaciones. Como sucedió con su antecesor, la mañanera tiene el indeseable efecto de despojar de responsabilidad a colaboradores y líderes, además de debilitar el sentido de equipo que requiere una expresión institucional del ejercicio del poder.
El debate legislativo se vuelve intrascendente en términos de impacto de opinión. La presidenta es la voz e imagen del régimen.
Se esperaría que quien detenta la presidencia mostrara prudencia y comedimiento frente a quienes disienten. Respondió con molestia y enojo cuando se le pidió su reacción al posicionamiento presentado por dos excandidatos presidenciales, Diego Fernández de Cevallos y Francisco Labastida Ochoa, por el diputado Manlio Fabio Beltrones y por un reconocido experto en temas electorales, Jorge Alcocer Villanueva, director de la revista Voz y Voto.
Optó por la descalificación. No atendió el contenido de lo que ellos proponían; recurrió al insulto y a la calumnia. El documento por ellos suscrito contiene planteamientos dignos de respuesta. Sin embargo, la reacción fue el escarnio y la injuria, que se ha vuelto marca del obradorismo. Conviene recordar que la presidenta Sheinbaum reaccionó de manera similar cuando el expresidente Ernesto Zedillo manifestó su inconformidad con la iniciativa de reforma judicial sin responder al contenido de la crítica, invocando el Fobaproa y pidiendo al titular de la UIF abordara el caso. La presidenta pide lo que no da, argumentos y respeto.
Fernández de Cevallos respondió como era de esperarse: fuerte y directo. Ninguna sorpresa; más bien, congruencia, presente en sus colaboraciones de los lunes en Milenio Diario. La presidenta Sheinbaum se dio por ofendida y exigió razones, las cuales han sido presentados por los aludidos. Incluso numerosos analistas y voceros de la oposición —y hasta aliados como representantes del PT y del PVEM— han señalado que se trata de un intento por establecer un régimen de partido de Estado. No hay respuesta ni debate; la mañanera se ha convertido en un ejercicio de imposición y propaganda, a la vez que el debate parlamentario intrascendente.
La deliberación pública está por el suelo porque la mañanera presidencial marca, más que el contenido, el tono y el modo del debate. Si la presidenta descalifica, calumnia e insulta, ¿por qué no habrían de hacerlo los demás, o en el mejor de los casos, guardar silencio? La realidad es que decisiones fundamentales para el país —como en su momento la reforma judicial y ahora la reforma política— obligaban a un debate serio, sin insultos ni descalificaciones.
El régimen tiene una imagen de sí mismo que no corresponde con la realidad. Es evidente que se vive bajo un esquema cercano al de un partido de Estado. Desde 2018, el gobierno no representa al país en su conjunto, sino al grupo en el poder. No se habla por todos ni se abre espacio a la crítica. El opositor es repudiado por su condición y quien disiente del gobierno o mantiene una postura independiente es arrojado a la hoguera del desprestigio. A lo largo de estos siete años y medio, prácticamente todos los intelectuales y periodistas independientes han sido objeto de agresión presidencial.
La intolerancia es apenas uno de los problemas derivados de la conducción facciosa del gobierno. Más que un asunto estético, es un problema de calidad política. Resulta preocupante porque que esta dinámica lleva al país a extremos de impunidad, dejando expuestos tanto a enemigos internos —el crimen organizado y aquellos que, desde actividades empresariales, funciones políticas o cargos públicos, se asocian con él— como a presiones externas. Particularmente las provenientes del presidente Donald Trump, quien desde Miami, acompañado por presidentes de doce países del hemisferio, insinúa la intervención militar para enfrentar al narcotráfico, cuyo epicentro es México por la incapacidad de las autoridades de combatirle.
El régimen no ha entendido que la tragedia nacional se ha hecho presente con un país dividido. Resulta inaudito que esta fractura sea promovida por el gobierno. La presidenta Sheinbaum no advirtió que la polarización tenía fecha de caducidad; al ignorarla terminó volviéndose contra México.

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