ESCARAMUZAS POLÍTICAS

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Gloria Analco
Trump y la rendición tácita que exige a Cuba
Tácitamente, lo que Donald Trump le está pidiendo a Cuba no es simplemente negociar: le exige su rendición, que abandone la Revolución y se someta a un régimen capitalista alineado con Washington.
Cuando ayer lunes habló ante la prensa de un “Estado fallido”, de una “amenaza humanitaria” y de que Cuba debería llegar a un acuerdo, sus palabras dejan entrever un objetivo mucho más ambicioso: Trump quiere ser el presidente que consiga lo que sus antecesores persiguieron y no lograron, acabar con el comunismo en Cuba. Un objetivo histórico que ha desafiado a Washington durante más de seis décadas.
Y, sin embargo, Cuba no está sola. Con sólo estas amenazas, ya se observa una reacción internacional impresionante: flotillas desde Europa cargadas de alimentos y suministros, campañas en la Ciudad de México recolectando donaciones, gestos de apoyo surgiendo en todo el mundo.
Si con apenas palabras y sanciones existe tal solidaridad, ¿qué cabe esperar si Trump se atreviera a ir más allá? La historia y la geopolítica sugieren que un ataque directo sería un desastre político y diplomático para Estados Unidos, con repercusiones globales difíciles de calcular.
¿Y cómo no va a actuar así Donald Trump? Ha tenido como maestro ideológico a Roy Cohn, un hombre cuya historia negra con McCarthy marcó a fuego la política estadounidense.
Cohn fue el arquitecto del McCarthyismo, con listas negras, acusaciones sin pruebas y persecución feroz de comunistas.
Cuando Trump lo conoció en los setenta, Cohn no solo fue su abogado, sino su mentor: le enseñó a no ceder jamás, a confrontar con agresividad y a personalizar cada lucha ideológica.
Su odio hacia la Revolución Cubana y su visión del comunismo como amenaza absoluta calaron hondo en Trump, moldeando la obsesión que hoy lo impulsa a ver a Cuba como un enemigo que debe ser derrotado.


Frente a esa obsesión, las acciones de Trump hacia Cuba son también un mensaje directo a Rusia, China y otros actores globales.
Al señalar que Cuba permitiría la presencia de “capacidades militares y de inteligencia” de estos países, la Casa Blanca busca advertir que EE. UU. sigue vigilando y está dispuesto a actuar si sus intereses se ven amenazados.
Las sanciones y la presión sobre terceros países que puedan suministrar recursos a la isla no solo buscan doblegar a Cuba, sino también disuadir a aliados estratégicos de intervenir.
Rusia y China han anunciado su disposición a ayudar a la isla; Trump los califica tácitamente como enemigos y les advierte: no se involucren.
Esta dimensión geopolítica convierte sus amenazas en algo más que retórica: son acciones de diplomacia coercitiva, donde cada medida económica y cada declaración pública tiene un doble objetivo: presionar al gobierno cubano y enviar una señal de fuerza a quienes podrían respaldar a la isla, recordándoles que cualquier apoyo no deseado podría tener consecuencias.
La combinación de formación ideológica, ambición personal y memoria histórica explica la intensidad de sus sanciones y amenazas. Cada medida busca doblegar la voluntad de un país que ha sobrevivido a más de seis décadas de agresiones. No es solo política exterior; es un objetivo personal y de historia, cumplir lo que otros presidentes no lograron.
Hoy, el mundo atraviesa una etapa crucial de definición internacional con el caso Cuba. Rusia, históricamente ligada a la isla -desde los primeros años de la Revolución hasta la caída de la Unión Soviética en 1991-, está habilitada por la historia para intervenir si se percibe un ataque directo.
China, aunque con otra lógica estratégica, también observa y no permanecerá indiferente.
Esto recuerda la Crisis de los Misiles de 1962, cuando en Cuba, la Unión Soviética y Estados Unidos estuvieron al borde de un conflicto nuclear.
La historia parece repetirse, y la pregunta es inevitable: ¿cómo responderán estos actores hoy, y hasta dónde llegará la obsesión de Trump por derribar lo que ha sobrevivido más de seis décadas?
Frente a esa obsesión, Cuba sigue en pie. Su historia de resistencia, la supervivencia de la Revolución pese al bloqueo y la admiración internacional por haber resistido tantos intentos de derribo la convierten en un símbolo que ningún presidente estadounidense puede doblegar con facilidad.
La Revolución Cubana sigue viva, y con ella, la lección de que dignidad y resistencia no se negocian bajo amenaza alguna.

 

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